Liosa Chistiakov, pensativo, coloco la dama de corazones sobre la sota del mismo palo, tendio la mano y subio el volumen de la radio situada encima de la mesa de la cocina porque empezaban a dar las noticias. Nastia se asomo a la cocina y exigio irritada:
– Quita el sonido, haz el favor.
– Pero si quiero oir los informativos.
– Baja la radio.
– Si la bajo, no oire nada, con lo que crepitan las sartenes. Por cierto, si no te has fijado, estoy preparando la comida.
Meticulosamente, fue desplazando los naipes de un montoncito a otro, de acuerdo con las reglas del solitario llamado «La tumba de Napoleon».
– Sabes perfectamente que los ruidos extranos me molestan, que no puedo concentrarme con ese blablabla a mi lado.
Enfadada como estaba, Nastia no se dio cuenta de que el rostro de su companero habia empezado a alterarse, no se percato de que el ambiente del apartamento se habia ido tensando y al fin habia alcanzado ese punto critico que hacia que todas las reclamaciones y caprichos dejaran de ser ridiculos y disparatados para convertirse en peligrosos.
– ?Conque vuestra merced no puede pensar? -pregunto Liosa con sorna elevando poco a poco la voz y recogiendo los naipes de la mesa-. Usted, senora mia, sabe como darse la vida regalada. Se ha traido del pueblo al ninero, el cual le hace tambien las veces de cocinera, y tambien de camarera, y tambien de perro guardian y, de paso, simultanea todo esto con las funciones de enfermera. A usted no le cuesta ni un centimo, me paga en especie. Trabajo para su merced lo comido por lo servido. Por eso puede permitirse, ya que es como corresponde tratar a la servidumbre, no dirigirme palabra durante dias, no verme, tratarme a patadas, incluso colocarme delante del canon de la pistola de un loco que se planta aqui en plena noche. Al diablo con mi trabajo, con mis obligaciones ante amigos y companeros, que te importa encerrarme en tu casa sin dar explicaciones y, encima, exigirme que no ponga la radio. Tengo un doctorando que dentro de una semana presenta su tesis pero debo estar aqui guardando el piso en vez de ganarme mi sueldo de doctor en Ciencias y ayudarle a prepararse. No he ido a una boda a la que me habian invitado hace dos meses, no me he presentado en la fiesta homenaje a mi monitor cientifico, con lo que le he dado un disgusto de muerte al viejo, he faltado a la cita con otro doctorando mio, que vive en el otro extremo de Rusia y ha venido aqui expresamente para verme, tal como habiamos quedado anteriormente, el hombre ha tenido que meterse en el hotel del instituto, los precios de Moscu le comen su magro sueldo de ingeniero, mientras esta esperando con paciencia a que su majestad Chistiakov se digne separarse de su novia y acudir, por fin, al trabajo. Estoy ocasionando molestias y disgustos a mucha gente, tendre que dar muchas explicaciones y salvar relaciones danadas. Y me gustaria saber a santo de que estoy haciendo tantos sacrificios.
Nastia creyo verlas, esas olas de ira, que nacian dentro de aquella cabeza, bajo la cabellera ondulada de color rojo oscuro, que caian sobre aquellos hombros y brazos para deslizarse por los dedos, finos y flexibles, y morir, como en la arena, en los naipes que aquellas manos no dejaban de barajar. Se imagino por un segundo que, si los naipes no estuvieran alli, esa ira largamente contenida se habria escapado de aquellas manos y le habria salpicado la cara. La imagen fue tan viva y verosimil que la hizo estremecerse.
– Liosenka, pero si te he explicado… -dijo Nastia.
Pero el hombre la interrumpio furibundo:
– Eso te lo crees tu, que me has explicado algo. En realidad, tus explicaciones se parecen demasiado a las ordenes que se dan a los perros amaestrados. Y para mi, senora mia, tal situacion es insostenible. Una de dos: o me respetas y me cuentas todas las cosas desde el principio, para que comprenda que rayos esta pasando aqui, o si no, te compras un perro, me dejas en paz y ?hasta nunca!
– ?Te has enfadado?
Nastia se puso en cuclillas delante de Liosa, apoyo la barbilla en sus rodillas, abrazo sus musculosas piernas.
– Te has enfadado, ?verdad? -repitio ella-. Perdoname, Liosik. Tengo toda la culpa, lo he hecho todo mal pero ya me estoy reformando, ahora mismo. No te enfades, te lo suplico, no tengo a nadie mas querido y preciado en todo el mundo, y si nos peleamos, sobre todo ahora, cuando todas las cosas se han complicado tanto, sera muy duro para mi. Anda, dime que me perdonas.
Nastia seleccionaba y pronunciaba las palabras necesarias mecanicamente, el arrebato de Liosa no la habia afectado lo mas minimo. Sabia que tarde o temprano iba a producirse, que Liosa no le iba a consentir por mucho tiempo que le asignase el papel de bobo de una partida de whist y confiaba en que la situacion se resolviera antes de que se agotase su paciencia. Se habia equivocado en sus calculos, y encima el chiflado de Lartsev con sus desmanes le habia metido miedo a Lioska. Claro que estaba asustado, no habia podido evitar sucumbir al terror, tras lo cual era perfectamente logico y natural que tuviera el deseo de enterarse cuando menos de por que iban a pegarle un tiro. «Que bicho -se dijo a si misma mentalmente-, eres un mal bicho, eres una tonta con exceso de confianza en ti misma. Pretendes combatir a un fantasma y al mismo tiempo te olvidas de los sentimientos humanos mas sencillos, entre otros, de los mas poderosos, que son el amor y el miedo. Has metido a Lioska en tu apartamento y ni siquiera te has parado a pensar que, con toda seguridad, siente el mismo miedo que sentiste tu misma aquella primera noche, cuando encontraste la puerta abierta. El haber cambiado la cerradura no ha disminuido el peligro en absoluto, pues si pudieron haberse hecho con la antigua llave, tambien sabran conseguir la nueva. Entretanto, Lioska ha estado aqui durante varios dias, encerrado a solas con su miedo, aunque ponia el gesto de tranquilidad, como corresponde a un hombre. Es mas, la propia situacion permitia ver sin lugar a dudas que te habias metido en un serio lio, y el chico se dejaba corroer por su temor constante por ti, sin poder calmarse hasta que volvias a casa por la noche, pero tu, bicho egolatra, olvidabas descolgar el telefono al mediodia y pegarle un telefonazo para que supiera que seguias sana y salva. El amor y el miedo. Lartsev y su hija. El amor y el miedo. Lena Luchnikova y el canalla de su marido. El funcionario del partido Alexandr Alexeyevich Popov y su hijo bastardo Seriozha Gradov. Y otro funcionario del partido, de nuevo Serguey Alexandrovich Gradov y la hermosa desdichada alcoholica y prostituta Vica Yeriomina. Gradov y el fantasma…»
La maquina analitica instalada en la cabeza de Nastia funcionaba imparable, de modo que incluso cuando reflexionaba sobre sus relaciones con Liosa, sus pensamientos retornaban al asesinato de Yeriomina. De hecho, seria mejor contarselo todo de principio a fin, Lioska sabia escuchar con atencion, sin perder detalle, y no tardaria en descubrir los fallos logicos de su relato.
– Eranse una vez dos jovenes de provincia que habian venido a Moscu a trabajar, Lena y Vitaly… -empezo Nastia, acomodandose detras de la mesa de la cocina y rodeando con los dedos helados la taza llena de cafe caliente.
El relato detallado de los sucesos del ano setenta le llevo casi media hora. Antes de pasar al asesinato de Vica, Nastia le hablo de la editorial Cosmos.
– Segun sus reglas, los manuscritos no se devuelven a los autores. Es decir, el autor puede ir a recoger su obra inmortal en cualquier momento pero si no viene a buscarla, nadie se molestara en enviarle el manuscrito que ha sido rechazado. Asi se ahorran los gastos postales. Los manuscritos que nadie ha reclamado desaparecen nadie sabe donde, y luego unos episodios o ideas aislados, extraidos de esos manuscritos, hacen acto de presencia en los libros del famoso escritor occidental Jean-Paul Brizac, de cuyos thrillers se publican grandes tiradas y cuentan con un publico lector relativamente numeroso. El juez de instruccion Smelakov, que a su edad decidio hacer sus pinitos con la pluma, describio en su novela la epopeya del asesinato de Vitaly Luchnikov y de la ocultacion de los testigos del crimen. Llevo el manuscrito a Cosmos, desde alli lo enviaron derechito al misterioso Brizac y se materializo en forma de la novela La sonata de la muerte. Por supuesto, la novela de Smelakov estaba muy cruda, tratandose como se trataba del primer trabajo de un aficionado, y las manos del maestro Brizac la transformaron en un bombon con envoltura de colorines, pero el hecho de que es un plagio es indiscutible. Sigamos. Una emisora de radio transmite una especie de veladas dedicadas a la lectura, y en una de. ellas se leen, traducidos al ruso, fragmentos del nuevo best-seller. Y Vica Yeriomina tiene la mala suerte de escuchar el programa. Aquello que hacia veintitres anos habia ocurrido en su casa, aquello que el juez de instruccion Smelakov vio con sus propios ojos y luego describio en su novela, se ha trasladado a la obra inmortal del misterioso Brizac como uno de los episodios mas efectistas y espeluznantes de La sonata de la muerte, que fue la novela que, con fines publicitarios, se leyo desde aquella emisora, que emite en ruso. Pero para Vica se trataba de algo completamente distinto. Aquella escena se habia grabado en su cerebro infantil para siempre y, aunque no
