Liosa no tuvo tiempo de terminar la frase porque le interrumpio el sonido del telefono.
– ?Como te encuentras, Stasenka? -inquirio el Bunuelo con voz que rezumaba dulzura.
– Mal, Victor Alexeyevich. Ha estado el medico, me ha dado la baja por diez dias, me ha dicho que guarde cama, duerma y no me preocupe de nada.
– Que suerte la tuya -suspiro Gordeyev con envidia-. A mi, en cambio, me estan poniendo tibio.
– ?Quienes?
– Empezo Olshanski. Ya ves tu, le ha llamado el jefe de la instruccion y le ha puesto de vuelta y media por aquello del caso de Yeriomina. Gritaba que, si no sabian resolver crimenes, tenian que reconocer abiertamente su incompetencia y parar el caso en vez de crear apariencias de actividad. Le dijo que le llevara el expediente, lo leyo personalmente, le restrego por las narices que desde el 6 de diciembre en el expediente no ha aparecido ni un solo documento nuevo, llamo vago a Kostia y le ordeno preparar la conclusion de inmediato. Kostia, faltaria mas, me echo la bronca, y yo le eche otra, como debe ser. Tengo a los detectives trabajando a tope, currando de sol a sol, mientras que los jueces como el no hacen otra cosa que marear la perdiz, no dan un palo al agua, se quedan de brazos cruzados esperando a que los detectives les solucionen el caso. Con estas nos hemos despedido. Luego vino echando humo Goncharov, el de las tareas de seguimiento, tambien para cantarme las cuarenta. Se puso a chillar porque le faltaba gente y me dijo que, si el propio general no me firmaba la orden, me quitaria a todos sus hombres, a los que trabajaban para mi. Asi que todos los vigilados por el caso de Yeriomina se han quedado sin que nadie los siga.
– Pues vaya a ver al general para que le firme la orden, ?cual es el problema?
– Ya he ido.
– ?Y…?
– Y me he quedado como estaba. Encima, he tenido que escuchar cada lindeza sobre mi mismo, sobre ti, sobre la madre de Dios. No se si te has enterado ya, han matado al presidente de la junta del banco Unic, de manera que, a partir de ahora, este sera para nosotros el crimen numero uno, y pondremos todos los medios para su resolucion, porque si tuvieramos que investigar el asesinato de cada furcia, nos quedariamos con el culo al aire y un monton de sanciones. Esta es la situacion, mas o menos.
– Que fuerte -le compadecio Nastia-. Menuda le ha caido.
– Y que lo digas. Pero sabes una cosa, pequena, tengo la impresion de que alguien desde alguna parte esta tocando todas las clavijas para que cerremos el caso de Yeriomina.
«?Adios! -penso Nastia helandose por dentro-. Como diablos se le ha ocurrido sacarlo. No ha entendido nada. O la doctora no le dio mi recado. Ahora todo esta perdido.»
– Y… ahora ?que? -pregunto con cautela.
– Ahora, nada. De todos modos ibamos a cerrar el caso, tu misma me has dicho esta manana que habiais agotado todas las posibilidades, y Kostia Olshanski es de la misma opinion, mas o menos. Simplemente, ni a el ni a mi nos gusta cuando intentan apretarnos las clavijas. Con la edad me he vuelto rebelde. Cuando uno toma una decision por cuenta propia es una cosa, pero cuando se la imponen es otra muy distinta. Ya han pasado a la historia los tiempos en que nos tragabamos esas porquerias con el mismo apetito. Cuando los jefes empiezan a presionarme, me entran ganas locas de hacer lo contrario, para que se chinchen.
– Venga ya, Victor Alexeyevich, dejelo, los jefes de ahora son los mismos que estaban antes, como van a tener nuevas costumbres. Siguen trabajando como siempre. No les haga caso, no merece la pena -le aconsejo Nastia.
– Ya lo se. Bueno, te he llorado mis penas y ya me siento mejor. ?Necesitas algo? ?Tal vez comida o medicinas?
– Gracias, Liosa esta aqui conmigo, asi que no me falta de nada.
– Escucha, ?quieres que te lleve a la clinica de mi suegro, para que te examine? Cuando se trata de problemas con el corazon, ?pocas bromas!
El suegro de Gordeyev, el profesor Vorontsov, dirigia un gran centro de cardiologia y era un medico de prestigio mundial.
– No, gracias, no me estoy muriendo todavia -bromeo Nastia-. Unos dias en cama y se me pasara.
– Bueno, como tu digas. Si necesitas algo, llama.
Nastia colgo y se sento en el sofa esperando calmar el palpito frenetico de su corazon. El Bunuelo habia entrado en el juego. Ahora le tocaba mover pieza a ella, Nastia.
Tras despedirse de Nastia, Yevgueni Morozov se dedico, encantado de la vida, al trabajo por cuenta propia. Antes que nada, decidio que, a pesar de los pesares, tenia que encontrar a Alexandr Diakov -aparentemente, desaparecido sin dejar rastro-, para lo cual se dirigio al distrito Norte, donde Diakov estaba empadronado y donde el propio Morozov contaba con una fuente de informacion segura. La «fuente» atendia por un nombre complicado, Nafanail Anfilogievich, pero todo el mundo le llamaba simplemente Nafania. Con el paso de los anos, el ridiculo diminutivo se adorno con la palabra «abuelo».
El abuelo Nafania habia cumplido una infinidad de condenas pero no pertenecia a la elite del latrocinio, todas las sentencias eran por delitos contra el orden publico cometidos en estado de embriaguez, y en los breves lapsos entre sus ingresos en prision, el hombre trabajaba a conciencia, aunque sin dejar de empinar el codo, tambien a conciencia. La naturaleza habia dotado a Nafania de una salud envidiable y, a pesar de sus continuas borracheras, no se convirtio en alcoholico. Al hacerse viejo decidio instalarse cerca de sus hijos y nietos y, aunque comprendia que la familia podia sentir por el cualquier cosa menos amor, confio en que, cuando llegasen la decrepitud y el desvalimiento, no le dejaria morirse en un arroyo.
Las andanzas del abuelo Nafania por los centros penitenciarios no contaban como actividad laboral con derecho a pension, por lo que, a pesar de la edad, continuaba trabajando, hasta donde las fuerzas se lo permitian, de portero en tres empresas distintas, que pudieron ofrecerle el horario de un dia de guardia por tres libres. Aparte de esto, siempre salia alguna chapucilla sin importancia. Aun tenia que pagar a los que le habian concedido el permiso de residencia en Moscu a pesar de su cantidad de antecedentes penales.
Morozov conocio a Nafania cuando era todavia teniente capitan, por lo que el abuelo seguia llamandole teniente. Sus relaciones eran ecuanimes, tirando a buenas antes que frias. Nafania no le debia nada a Morozov pero de todos los policias que recurrian a los servicios del abuelo, el teniente era el unico que le pagaba, primero, siempre, segundo, en efectivo y, lo mas importante, en el acto, sin dilaciones.
– Hola, teniente -saludo el abuelo Nafania al capitan nada mas reconocer la familiar silueta que se introducia en el vestibulo de la empresa donde ese dia el vejete estaba de guardia.
– Buenos dias, abuelo -le respondio Morozov inclinando la cabeza y sonriendo-. ?Que hay de tu vida?
– La vida es estupenda pero la mia no tanto -recito Nafania su formula de saludo personal-. ?Que te trae por aqui?
– Queria charlar, tomar un te juntos. ?Te parece?
– Y por que no, son buenas cosas. Hoy termino pronto, a la una todo el mundo se va a casa, asi que podremos tomar te en paz y entonces charlaremos. ?O tienes prisa?
Morozov miro el reloj. Eran las doce menos cuarto. Por un lado, una hora y media no cambiaria nada, sobre todo porque su carrera de competicion con la pipiola habia terminado pero por otro… Podia pasar cualquier cosa.
– Prisa no, pero algo apurado si que voy -confeso el capitan.
– Mirale -se rio el abuelo con satisfaccion-. En cuanto teneis algun apuro, todos correis en busca de Nafania, ?que hariais sin mi? Ven aqui, sientate en este sillon, vamos, ?acercate mas!, para que podamos hablar con comodidad y yo pueda alcanzar el telefono. ?Jo, que vida! -El viejo sonrio con aire triunfante-. La policia viene a que le conceda algo asi como una audiencia, y yo les ofrezco tomar asiento. Ni que fuera el presidente del comite ejecutivo de distrito. Venga, teniente, desembucha, a ver ese problemilla tuyo.
La verborrea del anciano no engano a Morozov. Conocia a Nafania desde hacia demasiado tiempo para dar alguna importancia a la ostensible alegria con que ofrecia asiento a los policias. El capitan sabia que detras de la amigable palabreria se ocultaba un pensamiento inquieto y denso: a que habia venido el teniente, que podia y que no podia decirle para no desatar las iras de la parte contraria.
– Busco a un chaval, a Sasha Diakov. Ha desaparecido, no conseguimos dar con el.
– ?Y para que lo buscas? ?Ha hecho ese Diakov alguna fechoria o es pura curiosidad?
– ?Vamos, abuelo, anda ya! Sabes muy bien que mi trabajo consiste en buscar a los desaparecidos.
