transbordo, llego hasta Universidad, la estacion mas proxima a la sede de la Sociedad de Cazadores y Pescadores de Moscu.
Cuando, en cumplimiento de su solicitud, delante de el colocaron una treintena de fichas de mujeres cazadoras, con fotos y domicilios, no tardo en reconocer aquella cara, memorizo en un instante la direccion y el nombre, recogio las fichas y se las devolvio a la empleada de la sociedad sin molestarse en tomar notas.
– ?Ha encontrado lo que buscaba? -le pregunto guardando las fichas en la caja fuerte.
– Lo he encontrado, gracias.
Resumiendo: Dajno Natalia Yevguenievna, avenida Lenin, 19, apartamento 84.
CAPITULO 15
– ?Quieto, Cesar! -dijo una voz autoritaria al otro lado de la puerta cuando Lartsev llamo.
Se oyeron unos pasos y la puerta se abrio de par en par. En el umbral estaba aquella misma mujer.
– Hola, buenas tardes, ?me reconoce? Nos hemos visto en las reuniones de padres del colegio numero 64. ?Se acuerda de mi? Soy el padre de Nadia Lartseva.
La mujer profirio un gemido, se tambaleo y tuvo que apoyarse en la puerta.
– Querra decir su padrastro, ?no? -preciso ella.
– No, no, soy su padre. ?Por que dice que soy su padrastro?
– Pero como es posible… -parpadeo perpleja-. Yo creia que el padre de Nadia…
– ?Que es lo que creia? -inquirio Lartsev con dureza, entrando en el recibidor y cerrando detras de si la puerta.
La mujer prorrumpio en sollozos.
– Perdoneme, por amor de Dios, perdoneme, sabia que esto no iba a acabar bien, lo presentia… todo ese dinero… lo presentia.
Los sollozos interrumpian continuamente su balbuceo inconexo mientras cogia un frasco de valocordin, disolvia unas gotas del clasico remedio contra la taquicardia en un vaso de agua y se lo bebia con tragos espasmodicos. No obstante, al final Lartsev pudo ordenar sus palabras sueltas en algo semejante a un relato. El ano anterior, un hombre se le acerco para pedirle que asistiera a las reuniones de padres del colegio numero 64, en concreto, de la clase donde estudiaba Nadia Lartseva. Dijo ser el padre de Nadia y que se habia separado de la mujer a las malas, hubo un escandalo bestial, la ex no queria ni oir hablar de el y no le dejaba ver a la nina. Pero tenia tantas ganas de saber al menos algo de su hija, de como le iba en el colegio, como se portaba, que problemas tenia, como andaba de salud. Parecia tan sincero, un padre tan devoto y tan dolido, que fue imposible decirle que no. Y menos cuando le ofrecio una buena remuneracion por aquel servicio nada complicado.
– ?Quien es? -pregunto Lartsev.
– No lo se -respondio Natalia Yevguenievna, y se echo a llorar de nuevo.
– ?Como ha dado con usted?
– Estabamos haciendo cola en una tienda. Habia mucha gente, empezamos a charlar, me explico sus problemas familiares… Y nada mas. No he vuelto a verle. Me llama por telefono.
– ?Y como le paga?
– Deja el sobre con el dinero en mi buzon al dia siguiente de cada reunion. Por la noche, despues de la reunion, me llama, le cuento todo aquello de lo que me he enterado y al dia siguiente el sobre esta en el buzon. Tiene que entenderme -sollozo Dajno-, soy cazadora, y cazar cuesta muchisimo dinero. Necesito un coche para llevar el equipo, necesito armas, municiones, licencias… No puedo prescindir de la caza, me moriria. He nacido en Siberia, en una reserva natural, mi padre era montero, me acostumbro a la caza desde que llevaba panales. Si me la quitan, me asfixiare aqui en la ciudad.
Dajno se justificaba, se llevaba cada dos por tres la mano al corazon, tomaba medicinas, sollozaba y moqueaba. Estaban sentados en un salon espacioso pero poco acogedor, lleno de muebles dispares, obviamente comprados en momentos distintos y al azar, y ajenos a cualquier unidad de proposito o de estilo. Todas las paredes del gran piso de tres habitaciones estaban cubiertas de trofeos de caza y armas. En el umbral de la puerta que comunicaba el salon con el recibidor, yacia majestuoso el enorme doberman de purisima sangre llamado Cesar.
– Trate de tranquilizarse, Natalia Yevguenievna -le dijo Lartsev suavizando la voz-. Para empezar, vamos a intentar recordar todo cuanto sabe sobre ese hombre. No tenga prisa, tomese el tiempo que necesite para pensar.
– ?Que interes tiene por aquel individuo? -pregunto Dajno con repentina suspicacia.
– Vera, Natalia Yevguenievna, han secuestrado a mi hija y el es quien ha organizado el secuestro.
– ??Que dice?! -Dajno volvio a agarrarse del corazon-. Dios mio, que horror, que horror -plano hundiendo la cabeza entre las manos y balanceandose en la silla-. Toda la culpa es mia, tonta de mi, como pude ser tan confiada, me deje seducir por la pasta, le crei al canalla ese…
Y vuelta a empezar: sollozos, medicinas, agua, palabras de arrepentimiento, los golpes en el pecho. Lartsev sentia una profunda pena por esa mujer, ya nada joven, a la que las luces de una gran ciudad al principio habian atraido como a una mariposa tonta y luego la quemaron. Una chica criada en una reserva natural siberiana habia empezado a sofocarse en la inmensa ciudad de piedra, llena de humo y suciedad, y durante todos esos anos la caza habia sido su unica evasion, el sorbo de frescor y pureza de la naturaleza.
Para ir a casa de Dajno, Lartsev habia cogido el metro en Universidad y cuando hizo el transbordo a la linea Circular, los agentes de seguimiento le perdieron. Era la hora punta, las muchedumbres se arremolinaban, se empujaban, les cerraban el paso, se agolpaban delante de las numerosas paradas de venta de libros y prensa que proliferaban en los tuneles y pasadizos.
– Volvamos de prisa a la Sociedad de Cazadores -ordeno el mas bajito y de mas edad.
Su companero, un muchacho moreno y simpatico, maniobro con agilidad y se incorporo al torrente de gente que le venia de frente en direccion opuesta, cuidando de abrir paso al agente de mas edad.
La jornada laboral habia terminado, la empleada de la Sociedad de Cazadores que habia atendido a Lartsev se habia ido a casa. Los agentes le pidieron su direccion al guardia, avisaron del patinazo a Zherejov en Petrovka y se marcharon zumbando a Kuntsevo. Les costo Dios y ayuda convencer a la mujer de que subiera en el coche para regresar a su lugar de trabajo. Ella, sin ocultar su enojo, abrio la caja fuerte y tiro las fichas sobre la mesa.
Habia hecho planes concretos para esa noche y esos extranos policias, que andaban persiguiendose unos a otros, no le merecian otra reaccion que una ira sorda.
– ?A quien buscaba? -pregunto el muchacho alto educadamente mientras ojeaba las fichas con las fotos de las cazadoras.
– No lo se. No tomo notas. Examino las fichas y eso fue todo.
– Por favor, haga memoria, tal vez miro una ficha mas tiempo que otras, tal vez le pregunto algo o tuvo alguna duda. Cualquier detalle puede ser importante para nosotros.
– No hubo nada de eso. Simplemente estudio todas las fichas con atencion, dio las gracias y se marcho.
– Entonces, ?puede ser que no haya encontrado lo que buscaba? ?Que impresion le dio?
– Se lo pregunte y me dijo que si, que lo habia encontrado. ?Piensan tenerme aqui mucho tiempo todavia?
– Nos iremos en seguida, solo vamos a anotar las direcciones. Oye -dijo de pronto el muchacho al agente mayor-, fijate, la mayor parte de esas mujeres trabajan aqui mismo, en la sociedad. Si Lartsev no se ha quedado aqui para hablar con una de ellas, significa que la que le interesa es solo socia. Mujeres que trabajan en otros sitios hay pocas.
– Ya es algo -se alegro el agente mayor-. Buen chico, la cabeza te carbura. De prisa, vamos a hacer una lista de las direcciones, planeamos el recorrido y le pedimos refuerzos a Zherejov.
La primera direccion, segun su plan, era un piso en la calle Domodedovo, la segunda, en la Lublin, con lo que habrian cubierto la parte sur de Moscu, para luego avanzar, pasando por el centro, primero hacia oriente y luego al norte. Las senas de Natalia Yevguenievna Dajno -un piso en la avenida Lenin- ocupaban el tercer puesto de su plan de visitas. Eran las 19.40 horas.
