habian encontrado al hallar a su madre muerta en una de las habitaciones. El rostro del nino, que apenas debia de contar siete u ocho anos, era un espejo sin fondo.

Un intenso escalofrio le atenazo el cuerpo, mientras las piezas de un siniestro rompecabezas empezaban a insinuarse en su mente. Pero habia mas, y el fascinante poder de aquellas imagenes era hipnotico. Los recortes avanzaban en el tiempo. Muchos de ellos hablaban de personas desaparecidas, de gentes que Simone nunca habia oido mencionar. Entre ellos, destacaba una muchacha de belleza resplandeciente, Alexandra Alma Maltisse, heredera de un imperio de forjadores de Lyon, a la que una revista de Marsella se referia como la prometida de un joven pero prestigioso ingeniero e inventor de juguetes, Lazarus Jann. Junto a aquel recorte, una serie de fotografias mostraba a la deslumbrante pareja entregando juguetes en un orfanato de Montparnasse. Los dos rebosaban felicidad y luminosidad. «Es mi firme proposito que todos los ninos de este pais, sea cual sea su situacion, puedan tener un juguete», declaraba el inventor en el pie de foto.

Mas adelante, otro periodico anunciaba la boda de Lazarus Jann y Alexandra Maltisse. La fotografia oficial del compromiso estaba tomada al pie de la escalinata de Cravenmoore.

Un Lazarus repleto de juventud abrazaba a su prometida. Ni una sola nube enturbiaba aquella imagen de ensueno. El joven y emprendedor Lazarus Jann habia adquirido la suntuosa mansion con la intencion de que constituyese su hogar nupcial. Diversas imagenes de Cravenmoore ilustraban la noticia.

La sucesion de imagenes y recortes se prolongaba mas y mas, agrandando aquella galeria de personajes y acontecimientos del pasado. Simone se detuvo y volvio atras. El rostro de aquel nino, perdido y aterrado, no la abandonaba. Dejo que sus ojos penetraran en aquella mirada desolada y, lentamente, reconocio en ella la mirada en la que habia puesto esperanzas y amistad. Aquella mirada no era la de aquel Jean Neville del que Lazarus le habia hablado. Aquella era una mirada conocida para ella, dolorosamente conocida. Era la mirada de Lazarus Jann.

Una nube de negrura corrio un velo sobre su corazon. Inspiro profundamente y cerro los ojos. Por alguna razon, antes de que la voz sonase a su espalda, Simone supo que habia alguien mas en la habitacion.

Ismael e Irene alcanzaron la cima de los acantilados poco antes de las cuatro de la tarde. Testigos de la dificultad del ascenso eran las magulladuras y los cortes que la piedra habia labrado cruelmente en sus brazos y sus piernas. Aquel era el precio por permitirles cruzar la senda prohibida. Por dificultoso que Ismael hubiese esperado que fuese el ascenso, la rea1idad demostro ser peor y mas peligrosa de lo que podia imaginar. Irene, sin rechistar un segundo, ni despegar los labios para quejarse de los aranazos que hacian mella en su piel, le habia demostrado un valor que no habia visto antes en persona alguna.

La muchacha habia trepado y se habia aventurado por riscos donde nadie, en su sano juicio, hubiese puesto los pies. Cuando finalmente llegaron al umbral del bosque, Ismael se limito a abrazarla en silencio. La fuerza que ardia dentro de aquella chica no la apagaria ni toda el agua del oceano.

– ?Cansada?

Sin aliento, Irene nego con la cabeza.

– ?Nunca te han dicho que eres la persona mas tozuda que hay en este planeta?

Media sonrisa asomo a los labios de la muchacha. -Espera a conocer a mi madre.

Antes de que Ismael pudiese replicar, ella lo tomo de la mano y tiro de el hacia el bosque. A sus espaldas, un abismo mas abajo, se distinguia la laguna.

Si alguien le hubiese dicho que un dia treparia por aquellos acantilados infernales, no lo habria creido. Respecto a Irene, sin embargo, estaba dispuesto a creer cualquier cosa.

Simone se volvio lentamente hacia las sombras. Podia sentir la presencia del intruso; podia incluso oir el susurro de su respiracion pausada. Pero no podia verlo. El aura de las velas se desvanecia en un halo impenetrable, mas alla del cual la habitacion se transformaba en un vasto escenario sin fondo. Simone escruto la penumbra que enmascaraba al visitante. Una rara serenidad la dominaba y le otorgaba una lucidez de pensamiento que la sorprendia. Sus sentidos parecian recoger cada minusculo detalle de lo que la rodeaba con una precision escalofriante. Su mente registraba cada vibracion del aire, cada sonido, cada reflejo. De este modo, atrincherada en aquel extrano estado de calma, permanecio en silencio enfrentada a la tiniebla, esperando que el visitante se diese a conocer.

– No esperaba verla aqui -dijo finalmente la voz desde las sombras, una voz debil, distante-. ?Tiene miedo?

Simone nego con la cabeza.

– Bien. No debe tenerlo. No debe tener miedo.

– ?Va a seguir ahi escondido, Lazarus?

Un largo silencio siguio a su pregunta. La respiracion de Lazarus se hizo mas audible.

– Prefiero estar aqui -respondio finalmente.

– ?Por que?

Algo brillo en la penumbra. Un destello fugaz, casi imperceptible.

– ?Por que no se sienta, madame Sauvelle?

– Prefiero estar de pie.

– Como quiera. -El hombre hizo una nueva pausa-. Probablemente se preguntara que ha sucedido.

– Entre otras cosas -corto Simone, el filo de la indignacion asomando en su tono de voz.

– Tal vez lo mas sencillo es que me formule usted esas preguntas y que yo trate de responderlas.

Simone dejo escapar un suspiro de ira.

– Mi primera y ultima pregunta es donde esta la salida -espeto.

– Me temo que eso no es posible. No todavia.

– ?Por que no?

– ?Es esa otra de sus preguntas?

– ?Donde estoy?

– En Cravenmoore.

– ?Como he llegado hasta aqui y por que?

– Alguien la trajo…

– ?Usted?

– No.

– ?Quien?

– Alguien a quien usted no conoce… aun.

– ?Donde estan mis hijos?

– No lo se.

Simone avanzo hacia las sombras, su rostro rojo de ira.

– ?Maldito bastardo!'…

Encamino sus pasos hacia el lugar de donde provenia la voz. Paulatinamente, sus ojos percibieron una silueta sobre una butaca. Lazarus. Pero habia algo extrano en su rostro. Simone se detuvo.

– Es una mascara -dijo Lazarus.

– ?Por que razon? -pregunto ella, sintiendo que la serenidad que habia experimentado se evaporaba vertiginosamente.

– Las mascaras revelan el verdadero rostro de las personas…

Simone lucho por no perder la calma. Rendirse a la ira no la conduciria a nada. -?Donde estan mis hijos? Por favor…

– Ya se lo he dicho, madame Sauvelle. No lo se.

– ?Que va a hacer conmigo?

Lazarus desplego una de sus manos, enfundada en un guante satinado. La superficie de la mascara brillo de nuevo. Aquel era el reflejo que habia advertido antes.

– No voy a hacerle dano, Simone. No debe tener miedo de mi. Ha de confiar en mi.

– Una peticion un tanto fuera de lugar, ?no le parece?

– Por su propio bien. Trato de protegerla.

– ?De quien?

– Sientese, por favor.

– ?Que diablos esta sucediendo aqui? ?Por que no me dice lo que esta pasando?

Simone noto como su voz se convertia en un hilo quebradizo e infantil. Reconociendo el umbral de la histeria,

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