– No crei necesario hacerselo saber a su senoria, senora.
A pesar de que habia dolor en sus ojos, una sonrisa asomo a la comisura de los labios de Spencer.
– Y cuando lord Bedingfield se marchaba, tropezo al cruzar el umbral…
– No sabria decir como pero mi pie se interpuso en su camino -dijo Milton con estoica expresion-. Que desafortunado incidente.
– Nunca habia visto el tono de rojo que vi en su rostro -dijo Spencer, ahora con una amplia sonrisa-. No puedo ni imaginar cuanto se habria enfadado de haber sabido que no tenemos perros.
– Si, me temo que su senoria no volvera -dijo Milton con una cara perfectamente imperturbable-. Mil disculpas por mi torpeza, lady Catherine.
– De algun modo lograre encontrar el perdon en mi corazon -respondio ella con voz igualmente seria. Luego se volvio y dedico a su hijo un inmenso guino. «Bueno, un pretendiente menos», penso Andrew sonriendo para sus adentros. Desafortunadamente, todavia quedaba un buen numero de ellos a los que debia hacer desaparecer.
Mientras el cochero permanecia en el carruaje, Catherine entro en el modesto vestibulo de villa Ralston.
– Buenas tardes, Baxter -saludo al imponente mayordomo de Genevieve, echando la cabeza hacia atras para fijar los ojos en su mirada de obsidiana-. ?Esta la senora Ralston en casa?
– La senora siempre esta en casa para usted, lady Catherine -anuncio Baxter con su voz grave y profunda. Aliviada, Catherine puso su sombrero de terciopelo y su chal de cachemira en las enormes manos de Baxter.
Por muchas veces que le viera, la enorme altura y corpulencia de Baxter nunca dejaban de asombrar a Catherine. Media al menos un metro noventa, y sus impresionantes musculos tensaban las costuras de su formal uniforme negro. Sus proporciones, en combinacion con la calva de su cabeza, por no mencionar los diminutos aros de oro que adornaban los lobulos de sus orejas, o el hecho de que tuviera tendencia a responder a las preguntas con un grunido monosilabico, le daban un aire de lo mas intimidatorio. Sin duda, nadie que se encontrara con Baxter sospecharia que le encantaban las flores, que cuidaba de las crias del gato de Genevieve como una madre gallina y que horneaba las galletas mas deliciosas que Catherine habia probado nunca. Protegia a Genevieve y a su casa de los peligros como si fueran las joyas de la corona, y se referia a Genevieve como a «la que me salvo».
Catherine sabia que ambos se habian conocido durante la vida «anterior» de Genevieve, la que habia vivido antes de instalarse en Little Longstone, y agradecia que Genevieve dispusiera de un amigo fuerte que la ayudara. Y que la protegiera. Simplemente las manos de Baxter parecian capaces de pulverizar una roca, y, segun Genevieve, lo habian hecho en mas de una ocasion. Catherine rezaba para que no volvieran a conocer esa violencia.
Baxter la escolto hasta el salon, y a continuacion se retiro. Cinco minutos mas tarde, Genevieve entro en la habitacion con su hermoso rostro iluminado de puro placer. Un vestido de muselina de color verde pastel adornaba su exuberante figura y llevaba su pelo rubio claro recogido en un mono sencillo por el que sentia preferencia, un estilo que resaltaba sus ojos de color azul pensamiento y sus labios carnosos. A las dos y media, el rostro de Genevieve seguia cubierto de cremas, y hasta las ligeras arrugas que se insinuaban alrededor de sus ojos y en su frente no le restaban un apice de belleza.
– Que maravillosa sorpresa -dijo, cruzando la alfombra Axminster azul y crema con sus pasos lentos y mesurados-. Creia que estarias demasiado cansada despues del viaje para visitarme hoy.
Como era su costumbre, Genevieve le lanzo un beso como saludo, apenas tocando con sus labios las enguantadas yemas de sus dedos. Catherine le devolvio el gesto con el corazon encogido de compasion ante esas desgraciadas manos que ni siquiera los gruesos guantes lograban disimular. Durante todos los anos que habian sido amigas, Catherine nunca habia visto las manos de su amiga al descubierto.
– Tenia que venir -dijo Catherine-. Hay algo de lo que tenemos que hablar.
Genevieve le dedico una mirada penetrante.
– ?Que te ha pasado en el labio?
– Eso es parte de lo que tenemos que hablar. Ven, sentemonos.
En cuanto estuvieron sentadas en un sofa de brocado extremadamente mullido, Catherine hablo a su amiga del disparo.
– Dios santo, Catherine -dijo Genevieve con los ojos llenos de preocupacion-. Que trago tan espantoso. ?Como te encuentras ahora?
– Un poco dolorida, pero mucho mejor. La herida era superficial.
– Afortunadamente. Para todos nosotros. -Su expresion se torno fiera-. Esperemos que apresen al canalla que ha hecho esto. Cuando pienso en lo que podria haber ocurrido con un disparo extraviado… tu, o cualquier otro de los invitados a la fiesta, podriais haber resultado seriamente heridos. O muertos. -Un delicado estremecimiento sacudio su cuerpo-. Un accidente absolutamente espantoso. No sabes cuanto me alegro de que no estes malherida.
– Cierto. Aunque… -Catherine inspiro hondo-. De hecho, no estoy convencida de que fuera un accidente. - Seguidamente le hablo a Genevieve de la conversacion que habia oido antes del disparo, concluyendo con un-: Rezo para que fuera un mero incidente, pero estoy asustada. Asustada de que el disparo estuviera dirigido a mi. Que alguien, quiza ese investigador, haya descubierto mi conexion con Charles Brightmore. Y, de ser asi…
– En ese caso, tambien yo estaria en peligro -dijo despacio Genevieve, cuya expresion adquirio tintes de profundo pesar y arrepentimiento-. Oh, Catherine, no sabes cuanto lamento haberte implicado, con mi libro, que eso te haya puesto en esta insostenible situacion. Debemos poner fin a esto. De inmediato. Viajare manana a Londres para hablar con nuestro editor y dare instrucciones al senor Bayer para que desvele que yo soy Charles Brightmore.
– No haras nada de eso -dijo Catherine con firmeza-. Eso solo conseguiria ponerte en un peligro mas inminente y destruir tu reputacion.
– Querida mia, ?crees acaso que eso importa en comparacion con tu vida? Siempre puedo marcharme de aqui e instalarme en cualquier otra parte. Tu tienes que pensar en Spencer.
– No te iras de aqui -insistio Catherine-. Necesitas los manantiales de agua caliente para tus manos y para tus articulaciones tanto como Spencer.
– Hay otras termas en Inglaterra. En Italia. -Se miro las manos y se le tensaron los labios-. Tantas veces he maldecido estas manos tullidas. Me han costado la vida. El hombre al que amo… -Una risa carente del menor atisbo de humor se abrio paso entre sus labios-. Al fin y al cabo, ?quien quiere una amante con unas manos como estas? Ningun hombre desea que le toquen con semejante fealdad. Pero nunca las habia maldecido tanto como ahora. Si fuera fisicamente capaz de escribir, o de sostener una pluma, nunca habria pedido tu ayuda para firmar ese maldito libro.
– Por favor, no digas eso. Yo quise ayudarte. Escribir el libro, escuchar tu dictado, implicarme, dio a mi vida un proposito del que carecia desde hacia anos. Tu crees que me has quitado algo, pero la realidad apunta a todo lo contrario. Me has dado mas de lo que nunca podre devolverte.
– Como siempre lo has hecho tu conmigo, aunque no podras negarme que te he arrebatado la sensacion de seguridad, que esta empresa en la que te he implicado te ha puesto en peligro.
– No podemos estar seguras de que eso sea cierto. El crimen en Londres esta a la orden de dia, y lo ocurrido puede perfectamente haber sido un accidente.
– ?Y como podriamos saberlo con seguridad? -pregunto Genevieve-. No podemos limitarnos a esperar a que una de las dos, o ambas, resulte herida. O peor. Debemos poner fin a esto. De inmediato. Tengo que hablar con el senor Bayer.
– Te suplico que no lo hagas, al menos durante uno o dos dias. Hubo un testigo que puede identificar al culpable. Mi padre me ha prometido que me escribira para comunicarme si han apresado al autor de lo ocurrido. De ser asi, nos estamos preocupando en vano. Esperemos a tener noticias de mi padre.
Genevieve arrugo el labio inferior y finalmente asintio en senal de acuerdo.
– Muy bien. Pero si no has tenido noticias de el manana por la noche, viajare a Londres al dia siguiente. Mientras tanto, debemos hacer algo para garantizar nuestra seguridad. Baxter se encargara de que nada me ocurra, pero temo que, a pesar de su valentia, Milton y Spencer no puedan ofrecerte la proteccion necesaria en caso de que la necesites.
– Ya me he ocupado de eso. El amigo norteamericano de mi hermano, el senor Stanton, me ha acompanado
