pero se detuvo antes de alcanzar el mango redondo. Oyo que en la sala las risitas infantiles de Lexie se mezclaban con la voz inconfundible de un hombre. La preocupacion pudo mas que el pudor. Cogio la bata verde de verano y rapidamente paso los brazos por las mangas. Lexie sabia que no podia dejar entrar a los desconocidos en casa. Habian mantenido una larga y clara conversacion sobre eso hacia algun tiempo, un dia que Georgeanne habia entrado en la sala de estar y la habia encontrado sentada con tres Testigos de Jehova en el sofa.

Se ato el cinturon y recorrio a toda prisa el estrecho pasillo. La reprimenda que pensaba echarle murio en su boca cuando se detuvo en seco. El hombre que estaba sentado en el sofa junto a su hija no habia venido a ofrecer la salvacion divina.

El levanto la mirada hacia ella y ella se encontro mirando directamente a los ojos azules de su peor pesadilla.

Abrio la boca, pero no pudo decir palabra por el nudo que le oprimia la garganta. En un abrir y cerrar de ojos el mundo se detuvo, se abrio bajo sus pies y luego giro fuera de control.

– El senor «Muro» vino a firmar mis cosas -dijo Lexie.

El tiempo siguio detenido mientras Georgeanne miraba los ojos azules que le devolvian la mirada. Se sentia desorientada e incapaz de asimilar que John Kowalsky estuviera sentado en el sofa de su salon tan grande y apuesto como hacia siete anos, como en aquella portada de revista que habia visto en el supermercado, o como la noche anterior. Sentado en su sofa, al lado de «su» hija. Se llevo una mano a la garganta desnuda y aspiro profundamente. Sintio bajo los dedos el rapido latir de su pulso. Parecia fuera de lugar en su casa, como si no perteneciera alli. Lo que, por supuesto, era cierto.

– Alexandra Mae. -Al final recupero la voz y volvio la mirada a su hija-. Ya sabes que no puedes dejar entrar a los desconocidos.

Lexie agrando los ojos. Que Georgeanne usara su nombre completo era una clara senal de que estaba en graves problemas.

– Pero… pero… -tartamudeo, saltando sobre sus pies-, pero, mami, yo conozco al senor «Muro». Vino a mi cole, pero no pude traer nada a casa.

Georgeanne no tenia la mas remota idea de que hablaba su hija. Miro a John y pregunto:

– ?Que haces aqui?

El se levanto lentamente, luego se metio la mano en el bolsillo trasero de los descoloridos Levi's.

– Anoche se te cayo esto -contesto, lanzandole la chequera.

Antes de que pudiera atraparla, reboto contra su pecho y cayo al suelo. En vez de agacharse y recogerla la dejo donde estaba.

– No tenias por que haberla traido. -Un ligero alivio le calmo los nervios. Habia venido a devolverle la chequera y no porque supiera lo de Lexie.

– Tienes razon -fue todo lo que dijo. Su presencia viril invadia la habitacion femenina y repentinamente ella se volvio muy consciente de lo desnuda que estaba bajo la bata de algodon. Se miro y se tranquilizo al ver que la bata estaba bien anudada.

– Bueno, gracias -le dijo, dirigiendose a la entrada-. Lexie y yo nos estabamos arreglando para salir y estoy segura de que tienes otras cosas que hacer. -Alcanzo el picaporte y abrio la puerta-. Adios, John.

– Todavia no -entrecerro los ojos, acentuando la pequena cicatriz que le atravesaba la ceja izquierda-, no hasta que hablemos.

– ?Sobre que?

– Oh, no se. -Cambio de posicion y ladeo la cabeza-. Tal vez podamos mantener esa conversacion que deberiamos haber tenido hace siete anos.

Georgeanne le respondio con suma cautela:

– No se de que me hablas.

El miro a Lexie que permanecia en medio de la habitacion observando con interes a los dos adultos.

– Sabes exactamente de «que» quiero hablar -contraataco.

Durante varios segundos se miraron fijamente el uno al otro. Como dos enemigos preparandose para la batalla. Georgeanne no deseaba quedarse a solas con John, pero estaba segura de que seria mas conveniente que Lexie no oyera lo que se tenian que decir. Cuando hablo, se dirigio a su hija.

– Ve a la calle y mira si Amy puede jugar contigo.

– Pero mami, no puedo jugar con Amy durante una semana porque le cortamos el pelo a la Barbie Sorpresa de mi cumple, ?te acuerdas?

– He cambiado de idea.

Las rosadas botas vaqueras de Lexie se arrastraron por la alfombra color melocoton cuando se dirigio a la puerta.

– Creo que Amy tenera frio -dijo ella.

Georgeanne, que normalmente mantenia a su hija tan alejada de los germenes como era posible, reconocio la tactica de Lexie como lo que era: un intento evidente de quedarse y escuchar a escondidas la conversacion de los adultos.

– Por esta vez esta bien.

Cuando Lexie llego a la entrada miro a John por encima del hombro.

– Adios, senor «Muro».

John clavo la vista en ella durante algunos interminables segundos antes de curvar los labios en una leve sonrisa.

– Ya nos veremos, pequena.

Lexie se acerco a su madre y, por costumbre, fruncio los labios.

Georgeanne la beso y se quedo con el sabor a cereza de la barra de labios.

– Vuelve a casa dentro de una hora, ?vale?

Lexie asintio con la cabeza, luego atraveso la puerta y salto los dos escalones de la entrada. Al ir por la acera iba arrastrando un extremo de la boa verde por el suelo. En el bordillo se detuvo, miro las dos formas que permanecian en la puerta y luego cruzo la carretera hasta la casa de enfrente. Georgeanne observo hasta que Lexie entro en la casa del vecino. Durante unos preciosos segundos eludio el enfrentamiento que la esperaba, luego tomo aliento profundamente, dio la espalda a los escalones y cerro la puerta.

– ?Por que no me contaste nada sobre ella?

No podia saberlo. No con seguridad.

– ?Contarte que?

– No me cabrees, Georgeanne -le advirtio; el cenudo semblante de John anunciaba tormenta-. ?Por que nunca me contaste nada de Lexie?

Podia negarlo, por supuesto. Podia mentir y decirle que Lexie no era su hija. El podia creerla y marcharse, dejandolas solas de nuevo. Pero el terco gesto de la mandibula y el fuego de sus ojos le advertian que no la creeria. Apoyandose contra la pared que tenia a las espaldas, cruzo los brazos.

– ?Por que deberia haberlo hecho? -le pregunto, reacia a admitir la verdad directamente.

El senalo con el dedo la casa de enfrente.

– Esa nina es mia. Es mi hija -le dijo-. No lo niegues. No me obligues a demostrar mi paternidad porque lo hare.

Una prueba de paternidad acabaria con cualquier tipo de duda.

Georgeanne comprendio que no tenia sentido negar nada. Lo mejor que podia hacer era contestar a sus preguntas y sacarlo de su casa y, si todo iba bien, de su vida.

– ?Que quieres?

– Dime la verdad. Quiero oirtela decir.

– Como quieras. -Encogio los hombros, tratando de aparentar que poseia una serenidad que no sentia, que admitirlo no le costaba nada-. Lexie es tu hija biologica.

El cerro los ojos y aspiro profundamente.

– Jesus-susurro-. ?Como?

– Pues de la manera habitual -contesto ella secamente-. Pensaba que un hombre con tu experiencia sabria como se hacen los bebes.

John clavo la mirada en ella.

– Me dijiste que tomabas anticonceptivos.

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