podamos para acumular la virtud. Solo entonces, tal vez, tengamos una oportunidad de escapar de la alberca de la Sangre Impura.
Capitulo 16
En su primer cumpleanos, se debia presentar a mi hijo una bandeja llena de objetos, entre los cuales elegiria uno; se suponia que esta eleccion proporcionaria a la familia imperial un indicio sobre el futuro caracter del nino. Al ritual llamado
Los eunucos de Tung Chih habian preparado el evento durante toda la semana. Las paredes, las columnas, los marcos de puertas y ventanas de mi palacio estaban recien pintados de bermellon y las vigas y soportes se habian resaltado en azul, verde y oro. Contra el claro cielo del norte, las tejas amarillas de la cubierta resplandecian como una gigantesca corona dorada y las terrazas de marmol blancas vibraban con sus exuberantes esculturas.
La ceremonia empezo en el salon de la Misericordia Corporal, en el rincon oriental del palacio, donde se habia colocado un altar. Encima del altar, una gran proclama explicaba el rito. En el centro de la sala, sobre una gran mesa cuadrada de madera de secoya, habian puesto una bandeja del tamano de una hoja de loto maduro, mas grande que la banera del nino. En la bandeja se encontraban articulos simbolicos: un sello imperial, un libro de Confucio,
Por la manana se habian llevado a mi hijo de mi lado para asegurarse de que actuaba por voluntad propia. Durante las ultimas semanas, habia intentado con todas mis fuerzas orientarle hacia las «elecciones correctas». Le habia ensenado un mapa de China, pinturas de paisajes coloristas y, por supuesto, el objeto que se suponia debia elegir: el sello imperial -uno falso, claro esta, para que se acostumbrase- que habia hecho An-te-hai con un trozo de madera. Yo habia estampado el sello en diferentes tableros para atraer la atencion de Tung Chih, pero el parecia mas interesado en los pasadores de mi cabello.
Los invitados se sentaron tranquilamente en el salon en espera de la actuacion de Tung Chih. Delante de cientos de personas, me arrodille ante el altar y prendi incienso.
El emperador Hsien Feng y Nuharoo se sentaron en las sillas centrales. Rezamos mientras el humo del incienso empezaba a llenar la sala. Sirvieron te y nueces, y cuando el sol toco las vigas del salon, dos eunucos trajeron a Tung Chih, vestido con una tunica dorada con dragones bordados. Miraba a su alrededor con grandes ojos abiertos, y cuando los eunucos lo pusieron sobre la mesa, se balanceaba adelante y atras incapaz de sentarse erguido. De algun modo, los eunucos consiguieron que hiciera una reverencia a su padre, sus madres y los retratos de sus antepasados.
Me sentia terriblemente debil y sola y deseaba que mi madre y Rong estuvieran conmigo. Ese ritual no se habia tomado en serio en el pasado, cuando la gente acudia simplemente a ver y a hacer carantonas a un bebe, pero en aquellos tiempos en que los astrologos imperaban, los soberanos manchues ya no estaban seguros de si mismos, y todo dependia de la «voluntad del cielo».
?Y si Tung Chih elegia una flor o un pasador de cabello en lugar del sello imperial? ?Diria la gente que mi hijo seria un petimetre? ?Y el reloj? ?No le atraeria el sonido?
La pechera de Tung Chih estaba humeda de babas. Cuando los eunucos lo soltaron, se dirigio gateando hacia la bandeja. Estaba tan abrigado que sus movimientos eran torpes. Inclinado hacia delante, todo el mundo lo observaba con expectacion. Note que Nuharoo miraba en mi direccion e intente aparentar seguridad. Habia pillado un resfriado la noche anterior y me dolia la cabeza; habia estado bebiendo agua sin parar para curarme.
Tung Chih dejo de gatear y tendio la mano hacia la bandeja. Me sentia como si fuera yo la que estaba sobre la mesa y, de repente, tuve la desesperada necesidad de ir al excusado.
Sali corriendo del salon, apartando a un lado a las criadas antes de que pudieran seguirme. Sentada en el excusado, respire hondo varias veces. El dolor del lado derecho de mi cabeza se habia extendido al izquierdo. Me levante y me lave las manos y la cara con agua fria. Cuando volvi a entrar en el salon, vi a Tung Chih mordisqueando su babero.
La multitud aun aguardaba pacientemente; sus expectativas me abrumaban. ?No estaba bien hacer que un nino soportara la carga de China!, pense, pero sabia que mi hijo seria apartado de mi para siempre si me atrevia siquiera a plantearlo.
Tung Chih estuvo a punto de caerse de la mesa, los eunucos lo levantaron y le dieron la vuelta. Me vino a la mente una escena de Jehol: los cazadores habian liberado un ciervo tan solo para matarlo despues con sus flechas. El mensaje parecia ser el siguiente: si el ciervo no era lo suficientemente fuerte como para escapar, merecia morir.
El emperador Hsien Feng me habia prometido que me recompensaria si Tung Chih hacia una «buena actuacion». ?Como podia dirigirlo? Cuanto mas leia la proclama que colgaba sobre el altar, mas me atenazaba el miedo.
Si el principe elige el sello imperial, se convertira en un emperador agraciado por todas las virtudes celestes. Si elige el pincel, el oro, la plata o la espada, gobernara con inteligencia y fuerza de voluntad, pero si elige la flor, el pendiente o el pasador de cabello, crecera para ser un buscador de los placeres. Si elige el licor, sera un alcoholico; si elige el dado, se jugara la dinastia.
Tung Chih «estudiaba» todos los articulos pero no cogia ninguno. El silencio envolvia el salon de tal modo que se podia oir el murmullo del agua discurriendo por el jardin. Empapada de sudor, me notaba el cuello cada vez mas rigido.
Tung Chih se metio un dedo en la boca. Debe de tener hambre, pense. La posibilidad de que cogiera el sello de piedra se estaba desvaneciendo. Volvio a gatear, y esta vez parecia mas motivado. Los eunucos pusieron las manos en los bordes de la mesa para evitar que Tung Chih se cayera.
El emperador Hsien Feng se inclino en su silla de dragon, sujetandose la cabeza con ambas manos como si fuera demasiado pesada y cambiando el peso de un lado a otro.
Tung Chih se detuvo, fijo los ojos en la peonia rosada, sonrio y su mano viajo de su boca a la flor. Cerre los ojos y oi el suspiro del emperador Hsien Feng.
?Desilusion? ?Amargura?, me interrogue a mi misma.
Cuando volvi a abrir los ojos, Tung Chih se habia apartado de la flor. Tal vez el nino recordaba el momento en que le castigue cuando cogio la flor. Le habia dado unos azotes que me hicieron llorar a mi tambien; le habia dejado las huellas de mis manos en su culito y me odiaba a mi misma por ello.
Mi hijo levanto su pequena barbilla. ?Que estaba buscando? ?A mi? Olvidando mis modales, me abri paso entre la multitud y me detuve delante de el. Sonrei e hice que mis ojos trazaran una linea desde su nariz hasta el sello imperial. El pequeno paso a la accion y en un decidido movimiento cogio el sello.
– ?Felicidades, majestad! -grito la multitud.
Llorando de alegria, An-te-hai salio corriendo al patio. Lanzaron cohetes al cielo y cientos de miles de flores de papel se abrieron en el aire.
El emperador Hsien Feng salto de su asiento y anuncio:
– Segun el archivo historico, desde el inicio de la dinastia Qing en 1644, solo dos principes han elegido el sello imperial y resultaron ser los mejores emperadores, Kang Hsi y Chien Lung. Mi hijo, Tung Chih, es probable que sea el siguiente.
Al dia siguiente de la ceremonia, me arrodille ante el altar del templo. Aunque estaba agotada, sentia que no debia olvidar a los dioses que me habian ayudado y les hice ofrendas para demostrar mi gratitud. An-te-hai trajo un pez sobre una bandeja de oro. Lo habia pescado en el lago y estaba atado con una cinta roja. Muy deprisa derrame vino sobre los adoquines porque el pez tenia que regresar vivo al lago.
