– ?Te recluto y te ascendio?

– Si, de teniente a comandante en jefe de la Guardia Imperial.

– ?En cuantos anos?

– En cinco anos, majestad.

– Impresionante.

– Estoy terriblemente agradecido y siempre guardare lealtad al gran consejero.

– Es tu obligacion -comente-, pero ten siempre presente que es el emperador Hsien Feng quien concede a Su Shun su poder.

– Si, majestad.

Lo medite durante un momento y decidi revelar un fragmento de la informacion que An-te-hai habia descubierto: Pao Yun, uno de los grandes consejeros, era enemigo de Su Shun. Yun Lu se sorprendio, aunque el influyente Pao Yun le molestaba a mucha gente.

– Su Shun consiguio astutamente atajar una rencilla personal; elimino a su rival a traves de la mano del emperador Hsien Feng, y lo hizo en nombre de la justicia.

Yung Lu permanecia en silencio y, al ver que yo aguardaba, se disculpo:

– Perdonadme, majestad, pero tengo problemas para hacer mas comentarios.

– No tienes por que hacerlos. -Deje el te-. Me preguntaba si tu lo sabias.

– Si, en realidad… un poco. -Humillo los ojos.

– ?Acaso semejante astucia no dice mucho de Su Shun?

Sin atreverse a expresarse con demasiada libertad o tal vez porque dudaba de mis motivaciones, Yung Lu levanto los ojos para examinarme. En su mirada vi a un autentico portaestandarte.

Me dirigi a Nuharoo; aun tenia las cuentas en su regazo, pero habia dejado de mover los dedos. No sabia si estaba inmersa en el espiritu de Buda o se habia quedado dormida. Suspire; el emperador estaba demasiado debil, Su Shun era demasiado astuto, el principe Kung estaba demasiado lejos y yo necesitaba a un hombre a mi lado.

– El tiempo pondra a prueba a Su Shun -declare-. Lo que nos preocupa es tu lealtad. ?De que lado estas, del de Su Shun o del de su majestad el emperador Hsien Feng?

Yung Lu se arrojo al suelo y lo toco con la frente.

– Por supuesto que con su majestad. El emperador tendra mi eterna devocion, no me cabe ninguna duda de ello.

– ?Y nosotros? ?Las esposas y el hijo de su majestad?

Yung Lu enderezo la espalda y nuestros ojos se encontraron. Como cuando la aguada de tinta toca el papel de arroz, el momento creo una imagen permanente en mi memoria. De algun modo le traiciono su expresion, que me decia que en ese instante, estaba juzgando, sopesando, evaluando. Note que queria saber si era digna de su compromiso.

Aguantando su mirada, le respondi en silencio que yo sabria corresponder a su honestidad y amistad. No lo habria hecho de haber sabido lo que iba a ocurrir. Yo confiaba demasiado en el control de mi voluntad y mis emociones y en que seria nada menos que la fiel concubina del emperador Hsien Feng.

Si miro hacia atras, me estaba negando a mi misma la evidencia. Una y otra vez me negaba a admitir que deseaba algo mas que proteccion fisica de Yung Lu en el momento en que nos conocimos. Mi alma anhelaba enardecer y ser enardecida. Cuando toque el filo de su espada, mi «sano juicio» salio huyendo.

El eunuco regreso con te recien hecho. Yung Lu vacio la taza como si acabara de cruzar el desierto, pero no basto para calmar sus nervios. Su mirada me recordaba la de un hombre que acababa de resolver saltar de un acantilado. Los ojos se le agrandaron y tambien su inquietud. Cuando nuestros ojos volvieron a encontrarse, me di cuenta de que ambos eramos descendientes de los mas duros portaestandartes manchues. Eramos capaces de sobrevivir a infinidad de batallas, tanto externas como internas, sobreviviamos gracias a la capacidad de raciocinio de nuestras mentes, a nuestra capacidad de vivir con la frustracion que nos producia conservar nuestra virtud. Llevabamos mascaras sonrientes mientras moriamos por dentro.

Me senti desgraciada cuando cai en la cuenta de que mi talento no era gobernar sino sentir. Semejante talento enriquecia mi vida, pero al mismo tiempo destruia cada momento de paz que habia conseguido. Me sentia indefensa ante lo que me sucedia. Era el pez en la bandeja dorada, atado con la cinta roja, pero nadie podia devolverme al lago al que pertenecia.

Me agotaba el esfuerzo por guardar las apariencias y Yung Lu lo notaba. Le mudo el color; me recordo las murallas rosadas de la ciudad.

– La audiencia ha terminado -anuncie debilmente.

Yung Lu hizo una reverencia, se dio media vuelta y se fue.

Capitulo 17

En mayo de 1858, el principe Kung nos dio la noticia de que nuestros soldados habian sido bombardeados mientras aun estaban en sus cuarteles. Las tropas francesas e inglesas habian asaltado los cuatro fuertes Taku situados en la boca de Peiho. Horrorizado ante la caida de nuestras defensas maritimas, el emperador Hsien Feng declaro la ley marcial. Envio a Kuei Liang, el suegro del principe Kung, entonces gran secretario y el funcionario de la corte manchu de rango mas elevado, a negociar la paz.

A la manana siguiente, Kuei Liang solicito una audiencia de emergencia. La noche anterior, habia salido precipitadamente de la ciudad de Tientsin. El emperador volvia a estar enfermo y nos envio a Nuharoo y a mi a sentarnos en su lugar. Su majestad prometio que se reuniria con nosotras en cuanto pudiera.

Cuando Nuharoo y yo entramos en el salon de la Nutricion Espiritual, la corte ya estaba aguardando. En presencia de mas de trescientos ministros y funcionarios, Nuharoo y yo, vestidas con nuestras tunicas doradas de la corte, ocupamos nuestros asientos, hombro con hombro, detras del trono.

Minutos mas tarde llego el emperador Hsien Feng. Se arrastro hasta la plataforma y se dejo caer sin aliento en el trono. Parecia tan fragil que una leve brisa hubiera podido tumbarle. Llevaba la tunica suelta, no se habia afeitado y la barba le crecia como las malas hierbas.

Llamo a Kuei Liang, que se adelanto. Su presencia me impresiono; su expresion, por lo general placida y benevolente, habia sido reemplazada por el nerviosismo extremo. Parecia muy envejecido, tenia la espalda encorvada y apenas podia ver su rostro. Le acompanaba el principe Kung y las sombras oscuras bajo los ojos me indicaban que tampoco el habia dormido.

Kuei Liang empezo su informe. Recordaba su antiguo semblante lleno de inteligencia que ahora se apagaba; sus palabras eran inarticuladas y sus manos estaban como paralizadas. Dijo que habia sido recibido con poco respeto por parte de los negociadores extranjeros. Usaron el incidente del Arrow, en el que fueron capturados piratas chinos navegando bajo una bandera inglesa, como excusa para evitarlo. No habia pruebas que sostuvieran sus alegaciones; todo aquello bien podia ser una conspiracion contra China. El emperador Hsien Feng escuchaba con expresion seria.

– Con la intencion de darnos un escarmiento -prosiguio Kuei Liang-, los ingleses atacaron Canton y toda la provincia ha caido. Con veintiseis buques de guerra, los ingleses y los franceses, acompanados de los americanos, «observadores imparciales», segun ellos, y de los rusos, que han acudido al banquete de los desechos, han desafiado a su majestad.

No veia muy bien el rostro de mi marido, pero imaginaba su expresion.

– Al navegar rio arriba hacia Pekin, estan violando los terminos del tratado anterior -declaro lisa y llanamente Hsien Feng.

– Me temo, majestad, que los vencedores dictan las reglas -se lamento Kuei Liang negando con la cabeza-. Despues de atacar los fuertes Taku, no necesitan otra excusa. ?Ahora estan a solo ciento sesenta kilometros de la Ciudad Prohibida!

La corte se quedo atonita. Kuei Liang se vino abajo al ofrecer mas detalles. Mientras oia aquello, una imagen se presentaba ante mis ojos: el momento en que fui testigo de como un muchacho del pueblo torturaba a un gorrion. El muchacho era mi vecino, que habia encontrado un gorrion en una fosa de aguas residuales. Parecia como si la pequena criatura acabara de aprender a volar; se habia caido y se habia roto un ala. Cuando el

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