Para ella incluso pensar en cualquier otro hombre que no fuese nuestro marido muerto era un signo de deslealtad. Nuharoo dejo claro a las viudas imperiales que no dudaria en ordenar su ejecucion por descuartizamiento si descubria una infidelidad.

An-te-hai dormia en mi habitacion y era testigo de mi inquietud, pero nunca suscito el tema ni menciono nada de lo que yo pudiera decir en suenos. Sabia que solia agitarme y dar vueltas en la cama, sobre todo cuando llovia.

Una noche de lluvia, le pregunte a An-te-hai si habia notado algun cambio en mi. El eunuco describio minuciosamente los «saltos» de mi cuerpo durante la noche. Me informo de que habia gritado en suenos suplicando que me acariciaran.

El invierno llego pronto. Las mananas de septiembre eran frias y el aire era fresco y claro. Los arces empezaban a cambiar de color y decidi dar un paseo que me llevara hasta el campo de entrenamiento de Yung Lu. Cuanto mas me advertia a mi misma de lo impropio de mi conducta, mas me azuzaba el deseo de seguir adelante. Para disfrazar la intencion de mi salida, la noche antes le dije a Tung Chih que queria llevarlo a ver un conejo de ojos rojos. Tung Chih me pregunto donde se escondia y le respondi: «En la maleza, no lejos del campo de entrenamiento».

Al dia siguiente nos levantamos antes del alba. Despues de desayunar salimos en los palanquines y pasamos entre los arboles del color de las llamas. En cuanto vimos a los guardias de Yung Lu, Tung Chih salio disparado y yo le segui.

El camino estaba lleno de baches y los porteadores se esforzaban por equilibrar el palanquin. Corri la cortina y mire hacia fuera. Mis latidos se aceleraron.

An-te-hai me acompanaba. Su expresion me indicaba que conocia cual era mi proposito y que sentia curiosidad y nerviosismo. Me conmovio tristemente ver que An-te-hai aun albergaba pensamientos masculinos. En realidad, si nos fijaramos en el aspecto, An-te-hai resultaba mas atractivo para una mujer que Yung Lu. Mi eunuco tenia la frente despejada, la mandibula perfecta y los ojos grandes y brillantes, lo cual era raro en un manchu. Muy educado en los modales cortesanos, siempre se comportaba de manera airosa. An-te-hai, que acababa de cumplir veinticuatro anos la semana anterior, llevaba conmigo mas de ocho anos. A diferencia de muchos eunucos que parecian viejas damas, hablaba con voz masculina. No sabia si An-te-hai tenia aun necesidades fisicas masculinas, pero era un ser sensual. Cuanto mas tiempo llevabamos juntos, mas me impresionaba la curiosidad que mostraba por lo que sucede entre un hombre y una mujer. Aquella seria la maldicion de An-te-hai.

Entre la niebla matutina observaba el entrenamiento de la Guardia Imperial. Cientos de guardias trotaban y desfilaban sobre el suelo apisonado. Parecian ranas saltando en un campo de arroz durante una sequia. El aire era frio y el sol aun no se habia alzado por completo.

– Vigilad a Tung Chih -ordene a los porteadores, y les pedi que me bajaran del palanquin.

Mis zapatos se llenaron de rocio mientras caminaba por el sendero. Entonces lo vi: al comandante, en su montura. Tarde un momento en recuperarme. El se sentaba inmovil sobre su caballo sin dejar de mirarme. La niebla que nos envolvia lo hacia parecer un guerrero de papel recortado. Me acerque a el con An-te-hai a mi lado. El guerrero espoleo los flancos del animal y se acerco hasta mi a medio galope. Yo lo miraba bajo las sombras que proyectaba el sol naciente. Cuando me reconocio, salto del caballo y se arrojo al suelo.

– Majestad, Yung Lu a vuestro servicio.

Sabia que se suponia que debia decir: «Levantate». Pero me fallo la lengua, asenti y An-te-hai me hizo de interprete:

– Podeis levantaros.

El hombre se puso en pie delante de mi; era mas alto de lo que recordaba. La luz del sol esculpia su figura y su rostro parecia un hacha. Yo no sabia que decir.

– Tung Chih queria visitar los bosques -le explique, y luego anadi-: Esta cazando un conejo.

– Eso esta muy bien -respondio y entonces el tambien se quedo sin palabras.

Eche un vistazo a sus hombres.

– ?Que tal… lo estan haciendo tus tropas?

– Estan casi a punto.

Se sintio aliviado de encontrar un tema de conversacion.

– ?Que es lo que intentas conseguir exactamente?

– Estoy trabajando para aumentar la resistencia de mis hombres. Por el momento son capaces de permanecer en formacion durante medio dia, pero el desfile con el ataud durara quince.

– ?Puedo confiar en que no estaras haciendo trabajar demasiado a tus hombres ni a ti mismo? -le pregunte.

Inmediatamente me sorprendi de la suavidad de mi tono y me di cuenta de que le habia formulado una pregunta, algo que la etiqueta prohibia. Yung Lu parecia ser consciente de ello, me miro y luego enseguida aparto la mirada.

Me habria gustado poder despedir a An-te-hai, pero no habria sido prudente; quedarme a solas con Yung Lu podia ser peligroso.

– ?Puedo solicitar el permiso de su majestad para ir a buscar a Tung Chih? -me pregunto An-te-hai leyendo mis pensamientos.

– No, no puedes.

Tung Chih estaba desilusionado; no habia encontrado el conejo. Cuando regresamos al palacio, le prometi que le harian uno de madera. An-te-hai explico mi idea al mejor artesano de la corte. El hombre pidio cinco dias para hacer el conejo. Tung Chih lo esperaba ansioso.

La tarde del cuarto dia, le regalamos a Tung Chih un conejo de madera maravillosamente tallado, con el «pelo» blanco. Cuando mi hijo lo vio, se quedo prendado. A partir de entonces, ya no tocaba ningun otro juguete, por muy divertido que fuera. Los ojos rojos del conejo de madera eran dos rubies. La piel estaba hecha de algodon y lana. Cuando Tung Chih dejaba el conejo en el suelo, saltaba como si fuera de verdad.

Durante los dias siguientes, Tung Chih no se ocupaba de otra cosa que no fuera el conejo. Yo podia trabajar con Nuharoo sobre los documentos de la corte que Su Shun nos entregaba. El suelo estaba lleno de papeles apilados y no tenia espacio para moverme.

Nuharoo se canso pronto de venir a trabajar conmigo. Empezo a poner excusas para no aparecer. Queria que nos atuvieramos a la antigua filosofia china de que «el hombre mas sabio deberia presentarse como el mas confuso». Creia que si asi lo haciamos, Su Shun nos dejaria en paz. «Enganemosle y desarmemosle sin usar las armas», dijo sonriente, encantada de sus propias palabras.

No entendia la fantasia de Nuharoo. Tal vez pudieramos enganar a los demas, pero no a Su Shun. A mi me resultaba mas duro tratar con Nuharoo que con mi hijo. Cuando se cansaba, se ponia de mal humor y se quejaba por todo, el ruido de los grillos, el sabor de la sopa, un punto perdido en su bordado… e insistia en que le ayudara a resolver su problema. Yo no podia evitar que me afectara y tenia que dejar de trabajar. Por fin consenti en dispensarla, pero con una condicion: que leyera mis resumenes y pusiera su sello en todos los documentos salientes, que yo escribiria en nombre de Tung Chih y donde estamparia mi propio sello.

Todas las tardes An-te-hai preparaba una tetera de fuerte te dragon negro mientras yo trabajaba hasta entrada la noche. Cargandome de trabajo, Su Shun buscaba desacreditarme a los ojos de la corte. Me habia presentado voluntaria para poner el cuello en la soga y ahora el estaba ocupado anudando el lazo. No me conocia. Yo queria triunfar por una razon muy practica: queria ser capaz de ayudar a mi hijo, pero calcule mal. Mientras yo estaba ocupada cubriendo un flanco, dejaba otro expuesto. No tenia ni idea de que los tutores imperiales responsables de la educacion de Tung Chih eran amigos de Su Shun. Mi inocente negligencia resulto ser uno de mis grandes errores. No me percate del dano que se hacia a Tung Chih hasta que fue demasiado tarde.

En aquel momento yo estaba desesperada por ampliar mis horizontes. Carecia de seguridad en mi misma y me sentia muy mal informada. Los temas de los documentos eran muy vastos. Comprenderlos era como intentar subir por un poste engrasado. Como me sentia fuerte acerca del cometido ejercido por el gobierno, estaba decidida a cercenar la corrupcion que me rodeaba. Intente ver los perfiles basicos de las cosas, su verdadero esqueleto y evaluarlo todo solo con respecto a sus meritos. Tambien me concentre en familiarizarme con quienes

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