tenian poder e influencia. Ademas de leer sus informes, estudiaba sus caracteres, sus pasados y sus relaciones con sus homologos y con nosotros. Claro que prestaba particular atencion a sus respuestas a nuestros ruegos y preguntas, a menudo presentados por el principe Kung. Siempre he amado la opera, pero entonces estaba inmersa en un argumento diario mucho mas dramatico y extrano.

Aprendi mucho acerca de las personas. Un documento venia de uno de los empleados del principe Kung, un ingles llamado Robert Hart, el jefe de Aduanas de China. Aquel hombre era un extranjero de mi edad, pero era responsable de generar un tercio de nuestros ingresos anuales. Hart me informo de que recientemente habia encontrado fuerte resistencia cuando recaudaba los impuestos de las aduanas nacionales. Muchos hombres influyentes, entre los que figuraba el general en quien mas confiaba mi difunto marido, Tseng Kou-fan -el cortacabezas Tseng, el heroe que aplasto la rebelion Taiping-, se negaban a desembolsar su dinero. Tseng afirmaba que las necesidades apremiantes de su zona requerian que el, y no el gobierno central, se quedara los taels. Sus libros de cuentas resultaron confusos y Hart pidio instrucciones al emperador para presentar cargos contra el general.

Su Shun propuso una accion en la cubierta del informe de Hart. Queria que investigasen y acusaran a Tseng Kou-fan, pero a mi no me enganaba: hacia tiempo que Su Shun queria sustituir a Tseng por uno de sus fieles.

Decidi retener el informe hasta que pudiera reunirme con el principe Kung y hablar del tema. Tseng era demasiado importante para la estabilidad de la nacion, y si yo tenia que pagar por ello, cerraria los ojos y pagaria gustosa. De algun modo, preferia que Tseng Kou-fan se quedara el dinero, sabiendo que lo emplearia para equipar a su ejercito, que acabaria protegiendome, antes que ver como el dinero caia en manos de Su Shun, quien lo emplearia en conspirar contra mi.

El informe dejaba entrever que Tseng habia ofrecido a Hart un sustancioso soborno por su cooperacion, pero Hart resulto incorruptible. La corrupcion no comprometeria su lealtad con su jefe, el principe Kung. ?Que le inducia a comportarse con tanta firmeza, entonces? ?Con que principios y valores se habia educado? No esperaba que un extranjero fuera leal a nuestra dinastia. Fue una gran leccion para mi y quise conocer a aquel hombre. Si podia, se lo presentaria a Tung Chih.

Mi peticion de conocer a Robert Hart primero se retraso, luego se pospuso y finalmente fue rechazada. La corte voto unanimemente que seria un insulto para China si yo me «rebajaba» a conocerle. Tendrian que pasar mas de cuatro decadas hasta que por fin nos conocieramos. Entonces comunique a la corte que no podria morir en paz si no le daba las gracias a aquel hombre que me habia ayudado a evitar que el cielo se cayera en pedazos.

Los crisantemos salvajes de color sangre florecian desaforadamente. Las plantas colgaban por encima de las vallas y cubrian el suelo del patio. Aun conmovida por el contenido de una carta que me acababa de enviar el principe Kung, no estaba de humor para apreciar las flores. En su carta, el principe me describia lo que le habia ocurrido ese dia, despues de entregar los tratados firmados por su hermano agonizante, el emperador Hsien Feng.

«Me escoltaron hasta la Ciudad Prohibida el general Sheng Pao y cuatrocientos hombres a caballo. Luego tome solo veinte hombres y entre en el salon principal del Consejo de Ritos para encontrarme con mi homologo, lord Elgin. -A traves de la eleccion de palabras del principe Kung notaba su rabia-. Era la primera vez que entraba en las dependencias celestiales despues de que las asaltaran los extranjeros. Lord Elgin llego con tres horas de retraso. Entro con doscientos hombres en una exhibicion de pompa. Llego en un palanquin carmesi llevado por dieciseis hombres, sabiendo que ese privilegio esta reservado solo al emperador de China. Me esforce en ser gentil, aunque estaba soberanamente enfadado. Hice una leve reverencia y estreche la mano de Elgin al modo chino. Intente no traslucir mis emociones.»

Admiraba la sabiduria de sus palabras finales, dirigidas a Su Shun y a la corte: «Si no aprendemos a contener nuestra ira y continuamos con las hostilidades, estamos abocados a sufrir una catastrofe. Debemos aconsejar a nuestro pueblo en toda la nacion que actue segun los tratados y no permitir que los extranjeros se excedan ni lo mas minimo en ellos. Nuestra expresion externa deberia ser sincera y amistosa, pero serenamente deberiamos intentar mantenerlos a raya. Luego, en los proximos anos, incluso aunque nos vinieran con exigencias, no nos causarian una gran calamidad. El tiempo es crucial para nuestra recuperacion».

De nuevo senti que Tung Chih era afortunado por tener un tio tan sensato. Su Shun tal vez aumentara su popularidad desafiando al principe Kung y llamandole «esclavo del diablo», pero ?hay algo mas facil que burlarse de alguien? El principe Kung desempenaba un trabajo desagradable, pero necesario. Su despacho estaba en los alrededores de un templo budista abandonado del noroeste de Pekin; un espacio sucio, sin encanto y yermo. Tenia demasiado trabajo y el resultado de sus negociaciones era de prever. Debia de ser insoportable. El numero de extranjeros que exigian indemnizaciones y reparaciones era ridiculo, superaba en exceso cualquier dano real o coste militar. Debia de estar pasandolo aun peor que yo.

Cuando deje la carta, estaba tan agotada que me quede dormida al instante. En suenos prendia fuego a todas las pilas de documentos de mi habitacion.

Mi debilidad era anhelar un hombro masculino en el que apoyarme. Luchaba contra ello, pero mis sentimientos afloraban a la superficie. Buscaba distracciones y me enterraba en mi trabajo. Pedi a An-te-hai que me preparase un te mas fuerte y mastique las hojas despues de bebermelo. Por fin consegui vaciar el suelo de todos los documentos. No sabia si los asuntos de la corte se habian retrasado porque Su Shun no conseguia seguirme el ritmo o si habia cambiado de tactica y dejaba de enviarme documentos.

Sin trabajo en que ocupar mis noches, me volvi nerviosa e irritable. Podia haberme dedicado a otras cosas: leer una novela, escribir un poema o pintar a la tinta. Sencillamente era incapaz de concentrarme. Me metia en la cama y miraba el techo. En la profunda quietud de la noche, desfilaba ante mis ojos el rostro de Yung Lu y el modo en que se movia a caballo, y me preguntaba como seria cabalgar con el.

– ?Os gustaria que os diera un masaje en la espalda, mi senora? -susurro An-te-hai en la oscuridad.

Su voz me decia que habia estado despierto.

No dije nada y el se puso a mi lado. El sabia que yo no me lo permitiria, pero tambien sabia que estaba sufriendo una especie de agonia. Como una fuerza de la naturaleza, mi deseo debia seguir su propio rumbo hasta saciarse y agotarse. Mi cuerpo estaba preparado para abandonarse.

An-te-hai me abrazo en silencio. Dulce y despaciosamente me acaricio los hombros, el cuello y luego bajo por la espalda. Mi cuerpo se sintio reconfortado. An-te-hai seguia dandome masajes, sus manos estaban por todas partes y me susurraba versos de una cancion al oido como en un sueno de efectos balsamicos:

El llego a traves de las exuberantes secoyas

Los bosquecillos de bambu que se levantaban entre las colinas

Un templo medio oculto entre las nubes verdes

Su entrada era una ruina.

El vacio se expandio en mi mente y flores de ciruelo danzaron en el aire como plumas blancas. An-te-hai fue mas energico en el momento en que descubrio mi excitacion. Respiro hondo como para oler mi aroma.

– Os amo tanto, mi senora -suspiraba mi eunuco una y otra vez.

Mis ojos veian a Yung Lu. Me llevaba con el en su caballo, como la esposa de un antiguo portaestandarte, me aferraba a su cintura entre las ollas y sartenes tintineantes que colgaban de la silla. Los dos nos moviamos a un ritmo perfecto, viajando por un desierto interminable.

Mi cuerpo se calmo, como un oceano despues de una tormenta. Sin encender una vela, An-te-hai se retiro de la cama. Un mechon de cabello humedo habia caido sobre mi rostro y probe mi propio sudor. A la luz de la luna, mi eunuco preparo una banera de agua caliente. Me bano tiernamente con una toalla. Lo hizo con tanta suavidad como si hubiera estado practicando toda su vida. Yo me sumi en un apacible sueno.

Capitulo 21

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