extrana, y se siente muy sola. Si la enviais de vuelta a su pais, ?quien la tomara como esposa despues de haber sido repudiada por vos? Sera una gran humillacion para ella y su hermano, el duque Guillermo, os declarara la guerra. Francia y el Imperio no desaprovecharan una oportunidad tan magnifica de humillar a Inglaterra y a su monarca.
– ?Ay, Will! -suspiro Enrique Tudor-. Eres el unico hombre de esta corte que habla con sensatez y sinceridad. Si no fuera porque no puedo vivir sin tu compania, te habria enviado a Cleves para que vieras a mi prometida. Ayudame a acostarme y quedate un rato conmigo -anadio poniendose en pie-. Me apetece hablar de los buenos tiempos, cuando todos eramos mas felices. ?Recuerdas a Blaze Wyndham?
– Naturalmente -respondio el bufon mientras dejaba que Enrique Tudor se apoyara en el mientras avanzaba trabajosamente hacia la cama. El y su monita se sentaron a los pies del lecho-. Una mujer buena y sencilla como pocas.
– Su hija esta aqui, en palacio, como dama de honor de la princesa. Pero lady Nyssa no se parece en nada a su madre, quien me pidio que la trajera aqui. La joven es rebelde y franca como una rosa inglesa.
– ?De cual de las seis damas hablais, majestad? -inquirio Will-. Conozco a Kate Carey, a Bessie Fitzgerald y a las hermanas Basset pero nunca he hablado con la senorita rizos castanos ni con la otra joven morena.
– Nyssa es la joven morena, aunque tiene los ojos de su madre. La otra muchacha es Catherine Howard, la sobrina de Norfolk. ?La senorita rizos castanos!
– rio Enrique Tudor-. Un mote muy ingenioso, Will. ?No la encuentras preciosa? ?Dios, Dios! ?Preferiria a cualquiera de esas jovencitas como esposa en lugar de la princesa de Cleves! ?Por que tuve que hacer caso a Crum? -se lamento-. Deberia haber buscado una nueva esposa entre las damas de mi corte. Mi Jane, que en paz descanse, era inglesa de los pies a la cabeza y me hizo el hombre mas feliz del mundo.
– Vamos, Hal, olvidais que en la variedad esta el gusto -replico su bufon-. Apuesto a que nunca habeis estado con una alemana, por lo menos desde que yo os sirvo. Pero, ?y antes, majestad? ?Es cierto lo que dicen de las mujeres germanas?
– No lo se -respondio el rey, perplejo-. ?Que dicen de las mujeres alemanas, Will?
– Yo tampoco lo se -rio el bufon-. Tampoco he estado con ninguna.
– Pues pienso quedarme con la ganas de saberlo
– gruno Enrique Tudor-. Me siento incapaz de acostarme con ella. ?Deberia haber escogido a Cristina de Dinamarca o a Maria de Guisa en vez de a esta muia de carga!
– ?Hal, Hal! -le regano el bufon carinosamente-. ?Que mala memoria teneis cuando os conviene! Maria de Guisa tenia tantas ganas de casarse con vos que se apresuro a comprometerse con Jacobo de Escocia cuando supo que habiais enviudado y buscabais esposa. Supongo que lo hizo porque cree que los veranos en el pais vecino son mas agradables que aqui. Y en cuanto a Cristina de Dinamarca, os recuerdo que contesto a vuestro embajador que si hubiera tenido dos cabezas habria estado encantada de poner una de ellas a vuestra disposicion, pero que como no las tenia, preferia llorar a su difunto marido durante un par de anos mas. Ya no sois un buen partido y las candidatas a convertirse en vuestras esposas tienen miedo a morir decapitadas. Repito que sois afortunado por haber conseguido una esposa como lady Ana, aunque no estoy tan seguro de que ella se considere una mujer afortunada.
– Empiezas a decir tonterias, bufon -contesto el rey, irritado.
– Solo digo la verdad, cosa que no hacen vuestros colaboradores porque temen vuestros ataques de ira.
– ?Y tu no?
– No, Hal. Os he visto desnudo y se que sois un hombre como el resto. Un pequeno desliz de la naturaleza, y Will habria nacido en el lugar de Hal y Hal en el de Will.
– ?Me siento tan estupido! ?Como pude permitir que otros escogieran a mi esposa por mi? Ahora no tengo mas remedio que casarme con lady Ana, ?verdad?
– Tratad de ver el lado bueno, majestad -contesto el bufon-. Creo que lady Ana tiene mucho que ofreceros. Y ahora dormios -anadio arropandole mientras su mascota se enrollaba alrededor de su cuello-. Necesitais descansar, y yo tambien. Ninguno de los dos somos jovenes y los proximos dias seran muy ajetreados. Todos sabemos que nunca haceis las cosas a medias, asi que sospecho que comereis y bebereis tanto que no os podreis levantar en una semana.
– Como siempre, estas en lo cierto -sonrio el rey, a quien se le empezaban a cerrar los ojos.
Will se sento a los pies de la cama hasta que los ronquidos de Enrique Tudor llegaron a sus oidos. Entonces abandono la habitacion y comunico a los ayudas de camara que el rey se habia quedado dormido. Todos suspiraron aliviados.
El 6 de enero amanecio nublado y frio. El debil sol del invierno se filtraba a traves de un cielo de color madreperla y el viento que soplaba de la orilla del rio Ta-mesis era tan helado que casi cortaba. El rey se desperto a las seis de la manana pero permanecio acostado durante media hora mientras se decia que debia ser el novio mas remolon de la historia. Finalmente, salto de la cama y llamo a sus ayudas de camara. Estos entraron en la habitacion trayendo sus ropas y sin dejar de reir y charlar animadamente. Banaron al monarca y le afeitaron. ?Me siento tan ridiculo!, se dijo este con lagrimas en los ojos. Aun soy joven y sin embargo la perspectiva de una mujer joven en mi cama no me provoca la menor emocion.
Su traje de boda, bordado en oro y plata y adornado con un cuello de piel de marta, era digno de un rey. El abrigo estaba confeccionado en saten de color escarlata y los botones de diamantes se abrochaban por delante. Los zapatos de cuero rojo, de punta estrecha y redondeada, abrochados al tobillo y salpicados de brillantes y perlas, seguian la ultima moda de palacio. Completaba el conjunto un anillo en el que habia sido engarzada una piedra preciosa y una gruesa cadena de oro.
– Estais elegantisimo, majestad -exclamo el joven Thomas Culpeper mientras los otros asentian.
– Si no fuera porque me debo a mi pais y a mis subditos no me casaria con esa mujer ni por todo el oro del mundo -refunfuno el monarca.
– Cromwell es hombre muerto -murmuro Thomas Howard, duque de Norfolk.
– No esteis tan seguro -repuso Charles Brandon, duque de Suffolk-. El bueno de Crum es un viejo zorro y se las arreglara para salir de esta.
– Eso ya lo veremos -contesto Thomas Howard esbozando una sonrisa triunfante. Charles Brandon se estremecio; el duque de Norfolk nunca sonreia.
– ?Que tramais, Tom? -pregunto, inquieto. El duque de Suffolk sabia que Thomas Howard hacia muy buenas migas con Stephen Gardiner, obispo de Winchester. El obispo habia apoyado al rey en su disputa con el Papa, pero se oponia a los cambios que Thomas Cranmer, arzobispo y aliado de Cromwell, deseaba introducir en la doctrina de la nueva iglesia britanica.
– Me abrumais, Charles -respondio Norfolk sin borrar la sonrisa de su rostro-. Siempre he sido y seguire siendo el subdito mas fiel.
– Mas bien creo que os subestimo, Tom -replico Suffolk-. A veces me dais miedo. ?Sois tan ambicioso…!
– Acabemos con esta farsa de una vez -gruno Enrique Tudor-. Si no hay mas remedio, me casare con ella.
Escoltado por sus nobles, abandono la habitacion y se dirigio a los aposentos de lady Ana. La joven princesa tampoco habia mostrado prisa por prepararse para la boda. Cuando sus damas la habian obligado a levantarse se habia metido en la banera de mala gana. Habia crecido educada en la creencia de que la higiene personal era un signo de vanidad y orgullo, pero habia acabado por gustarle.
– Me banare todas las dias -declaro entusiasmada-. ?Que hay en el agua, lady Nyssa? Huele bueno.
– Es esencia de rosa, majestad -contesto Nyssa.
– ?Mi gusta! -exclamo provocando las carcajadas de sus damas, quienes no deseaban reirse de ella, sino que se sentian felices por haber complacido a su senora. Todas conocian la opinion del rey respecto a su nueva esposa y se alegraban de que lady Ana no conociera el idioma, ya que asi se ahorraba un dolor innecesario. Quiza tampoco amara a Enrique Tudor pero tambien tenia su orgullo.
Cuando se hubo banado, sus damas le trajeron el traje de novia de color oro bordado con perlas que, siguiendo la moda alemana, no llevaba mirinaque. Calzaba zapatos dorados sin apenas tacon para no sobrepasar al rey en estatura y se habia dejado el rubio cabello suelto para proclamar su virginidad. Una diadema de oro y piedras preciosas formando treboles y ramilletes de romero, simbolo de la fertilidad, adornaba su cabeza. Lady Lowe, su antigua ama, le puso un collar de diamantes y cino a la cintura de su senora un cinturon a juego. La
