entre las muchas damas de la reina habria alguna con buena letra.
Si, ella habia querido irse a casa desde que llego, y aqui estaba, sin embargo, dispuesta a admitir que habia sido una epoca muy interesante para la simple Rosamund de Friarsgate. Mucho mas que su primera estadia como pupila del rey. ?Tendria tantas historias para contarles a sus hijas! y las conexiones que habia hecho en la Corte podrian resultar valiosas en el futuro. No queria que sus hijas se casaran con primos Bolton u otros candidatos parecidos. Deseaba sangre nueva en la familia, para que los herederos de Friarsgate fueran fuertes. Y nunca habria considerado la vida en tales terminos de no ser por su estadia en la Corte. Y su relacion con su primo, Tom Bolton. Tom ya le habia dado a entender, como al pasar, que ella y sus hijas serian sus herederas algun dia. Que giro inesperado de los acontecimientos. Un ano atras ni siquiera sabia de la existencia de Thomas Bolton. Se conformaba con ser la esposa de sir Owein Meredith y madre de sus hijas.
Pero Owein se habia ido. Se pregunto en silencio por que, como lo habia hecho mil veces en los ultimos meses. Pero no habia respuesta. Sabia que no la habria jamas. Por fin, cerro los ojos, y se quedo dormida.
CAPITULO 17
El rey habia cumplido con su deber con la reina. Habia estado en la cama de Catalina por segunda vez ese dia. Ella vestia, como siempre, una sencilla prenda atada al cuello y una cofia de dormir bordada sobre sus hermosos cabellos rojizos. Obediente, yacia de espaldas, con los ojos azules bien cerrados. El nunca habia conseguido que los abriera cuando entraba en su dormitorio. Siempre habia oido decir que las espanolas eran de sangre caliente, pero su Catalina, tan dulce y sumisa, jamas podria ser considerada asi.
El hizo lo de siempre con ella: primero le desataba las cintas y abria la prenda para dejar descubiertos los pechos y el vientre. Su esposa tenia lindos senos. Pequenos, pero, desde el nacimiento de su hijo, llenos. Vio las marcas en el estomago, donde la piel se habia estirado, durante los partos. Catalina no tenia buena piel. No como las inglesas.
No como Rosamund Bolton. Al pensar en ella sintio un cosquilleo en su masculinidad. Rosamund Bolton, la de cabello rojizo, ojos ambarinos y dulces pechos. Se le empezo a endurecer y a hinchar el miembro al pensar en la deliciosa viuda de Friarsgate, en como disfrutaria de copular con ella esa misma noche. De no haber sido por sir Owein, hacia anos, el seguramente la habria poseido y ella lo habria disfrutado.
– Levantate el camison, Kate -le ordeno a su esposa mientras se quitaba el suyo. Ella obedecio de inmediato. El le abrio las piernas; se hundio hondo en la carne fecunda y trabajo, entrando y saliendo, entrando y saliendo, despacio, hasta que pudo liberar su semilla-. Que Dios y su Santa Madre nos den un hijo -dijo al apartarse de ella.
– ?Amen! -respondio la reina, bajandose el camison, pero sin abrir los ojos ni por un momento para mirarlo.
Enrique Tudor se bajo de la cama de su esposa, se inclino y le dio un beso en la frente.
– Buenas noches, Kate. Que duermas bien.
– Buenas noches, milord -le respondio mientras el salia del dormitorio por una pequena puerta privada que le permitia evitar ser visto por las damas de compania.
El rey volvio deprisa por el estrecho corredor privado hacia su propio dormitorio. Se lavo, se puso una camisa nueva y un criado lo vistio con un traje de brocado verde y se arrodillo para calzarle un par de pantuflas de cuero.
– Estare fuera dos o tres horas, Walter -le dijo el rey-. ?Donde esta la lampara?
– Junto a la puerta exterior, Su Majestad; entiendo la necesidad de discrecion dado el incidente de hace unos meses, pero, si hay alguna emergencia durante la noche… ?Que debo decir?
– Tu siempre has guardado mis secretos, Walter -rio el rey-. No estare lejos. En la casa de lord Cambridge, junto al palacio. No se lo diras a nadie, por supuesto, pero, si surge una emergencia en las proximas dos o tres horas, atraviesa el parque y ve a buscarme, ?eh?
Walter hizo una inclinacion de cabeza y sonrio.
– Si, milord Enrique -dijo, y guio al rey a traves de otro pequeno corredor privado que daba al exterior. Se agacho, tomo una lampara y se la dio al rey con una inclinacion. Despues, cerro la puerta tras su amo.
Alumbrandose con la luz de la lampara, que solo iluminaba el camino a sus pies, el rey cruzo de prisa sus jardines y el parque. No habia luna esa noche, lo que hacia que su camino entre los arboles fuera lento y cauteloso, pero por fin diviso la pequena puerta en el muro. Entro en el jardin de Tom Bolton y, aun en medio de la oscuridad, vio que todo estaba en orden. Recorrio los prolijos senderos del jardin hasta llegar a la casa. Sus ojos azules buscaron la senal, y alli estaba. Una pequena lampara encendida junto a otra puerta pequena. Dejo la suya, tomo la otra y entro en la casa. Siguio al pie de la letra las indicaciones que le habia dado lord Cambridge y subio la escalera hasta los aposentos de Rosamund. ?Alli estaba, dormida!
Apago la lampara y la dejo sobre una mesa. Se quito el manto de brocado y lo dejo a un lado. Se acerco a la cama, se inclino y la beso con pasion hasta que ella abrio los ojos y le sonrio.
– Hal -le dijo con suavidad.
A el le parecio una dulce bienvenida.
– ?Te quitarias el camison? Quiero verte entera, bella Rosamund.
– Si tu te quitas el tuyo -respondio y enseguida se dio cuenta de lo que habia dicho. ?Era tan ligera que caia en esa vergonzosa relacion sin dudarlo? Pero no sentia verguenza. El la deseaba. La habia deseado desde que era apenas un muchacho y seguia haciendolo. El era el rey de Inglaterra y eso era muy halagador. ?Que importaba, siempre y cuando la reina no saliera lastimada? Una relacion breve, y ella se iria a Friarsgate para no volver a verlo jamas. Se sento, se quito el camison de lino blanco, lo arrojo a un costado y se saco la cofia de dormir, liberando su cabello. Entonces aparto el cubrecama y se exhibio para el-. ?Te gusto, milord?
– ?Si, bella Rosamund, me gustas muchisimo! -el rey se acerco a ella y la saco de la cama.
Que alto era. Ella lo sabia, por supuesto, pero, de pie junto a ella, le parecia mas alto. Se puso en puntas de pie y le desato los lazos de la camisa. La abrio, metio las pequenas manos por debajo de la tela y le acaricio el pecho, que estaba cubierto de un vello del mismo color rojizo dorado de sus cabellos. Tenia el pecho y la espalda mas anchos que habia visto en su vida.
– Eres un gigante, milord -susurro. Le quito la camisa, que cayo a sus pies. El se movio para apartarla y ella observo sus pies, grandes, pero delgados y casi delicados.
– Salvo mi nodriza, ninguna mujer antes que tu me ha visto como Dios me echo al mundo, bella Rosamund.
– ?Y la reina? -pregunto la joven y enseguida se arrepintio de haber pronunciado esas palabras, dadas las circunstancias.
– Prefiere que mis obligaciones conyugales se desarrollen en la oscuridad y lo mas vestidos que sea posible y yo no la he visto a ella como a ti.
– Ah -respondio ella, sorprendida y tal vez algo avergonzada de enterarse de algo tan intimo sobre el matrimonio. No habia creido que la reina fuese tan recatada con su esposo, tan apuesto, joven y sensual.
La abrazo, la levanto y hundio la cara entre sus senos.
– Mmm, ?que es esa fragancia tan deliciosa que parece que te saliera de la piel? -le pregunto, hundiendose mas en el sombrio valle de su pecho.
– Brezo blanco -le dijo ella, apoyandole las manos en los hombros. Por Dios, como necesitaba las tiernas atenciones de un hombre. Cuando el empezo a besarla, sintio que un calor delicioso le inundaba el cuerpo.
– Te sienta muy bien. Siempre pensare en ti, mi bella Rosamund, cuando sienta el olor del brezo blanco.
La bajo de manera que el cuerpo suave y vibrante de ella recorriera el suyo. Ella sintio su pecho, su vientre, sus muslos perfectos para ese cuerpo macizo, el cuerpo de un guerrero. Cuando la envolvio en sus brazos y la beso, Rosamund penso que se desvaneceria del placer que le daban sus labios. El le metio la lengua en la boca, buscandole la suya, encontrandola, exigiendo una respuesta de ella. El deseo provoco que la joven casi se desvaneciera.
El la sostuvo cerca de si y le murmuro al oido:
– Que dulce, como te entregas a mi, mi bella Rosamund. Eres la mujer perfecta; eres experimentada y apasionada, ?y, no obstante, hay una inocencia en ti que debo hacer mia! -Le tomo un seno, que parecio una
