nos quedariamos sin pasturas para alimentar a nuestro ganado. -Hizo una reverencia y salio deprisa. Thomas Bolton considero que, si el conde de Witton era una persona razonable, todos sus problemas terminarian por solucionarse.

Robert Burton arribo a Brierewode, la tierra del conde de Witton, pocos dias mas tarde. Le entrego su caballo al mozo de cuadra y se dirigio a la casa para hablar con el conde, que se hallaba en la biblioteca.

Crispin St. Claire miro a su secretario mientras entraba en la habitacion.

– ?Cuanto nos costo, Rob? Robert Burton sacudio la cabeza. Nada. La hemos perdido, milord.

– ?Que? -El conde de Witton estaba estupefacto-. ?No te dije que podias ofrecer hasta doscientas guineas?

– Hubo tres ofertas, milord. La primera empezo con ciento cincuenta guineas. Luego, ofreci doscientas, pero lord Cambridge subio a trescientas -el secretario se encogio de hombros-. Milord, ?que mas podia hacer?

– Esa propiedad no vale todo ese dinero -refunfuno el conde.

– Mientras el secretario real contaba el dinero, me pidio que lo esperara. Y asi lo hice.

– ?Y que te dijo? -inquirio el conde con curiosidad.

– Me hizo muchas preguntas acerca de su persona, senor. Y me dijo que si milord fuera a verlo, tal vez podria convertirse en el dueno de la propiedad.

– Probablemente pretende beneficiarse con la venta de la propiedad -se irrito el conde-. Quizas este confabulado con el secretario del rey en este negocio. ?No quiero que me estafe un cortesano intrigante! ?Maldicion!

– Dudo que lord Cambridge sea un estafador, milord. Su vestimenta es soberbia y se podria decir que es un dandy. Pero sus modales son francos y directos. Es dificil reconciliar esas dos imagenes, pero debo decirle que me parece un hombre de bien. No creo que sea deshonesto.

– Muy interesante, Rob. Siempre has sido bueno para juzgar a las personas -acoto el conde-. Entonces, ?me aconsejas que vaya a encontrarme con este lord Cambridge?

– Sin dudarlo, milord. Todavia es invierno y la tierra esta sin cultivar. El ganado se halla en los establos, asi que en este momento hay poco trabajo. ?No es en invierno cuando los nobles visitan la corte? ?Que dano le podria hacer conversar con lord Cambridge? Me parece que nada puede empeorar su situacion.

– Admito que siento una enorme curiosidad. Por otra parte, tu te encargaras de la propiedad durante mi ausencia, Rob. Pero esta vez, te juro que no regresare a casa hasta que consiga una esposa.

– Es mas probable que la encuentre en el palacio y no aqui. Ninguno de nuestros vecinos tiene hijas casaderas.

– No quiero desposar a una muchacha malcriada que solo piense en vestidos y en como gastar mi dinero. Un hombre debe tener una mujer con quien pueda conversar de vez en cuando. Esas ninas de la corte no sirven mas que para bailar. Se rien como tontas, coquetean y besan en los rincones oscuros al primer caballero que se les cruza en el camino. Sin embargo, no hay que perder las esperanzas. Tal vez haya alguna mujer para mi. Una muchacha docil que se ocupe de llevar la casa y criar a mis hijos sin quejas ni lamentos. Y que no malgaste mi dinero en naderias.

– Nunca la encontrara, milord, si no va a la corte -insistio Robert Burton-. Sin duda, el rey lo acogera, ya que estuvo a su servicio durante ocho anos.

– Es cierto. Ser un diplomatico que representa a Enrique Tudor no es una tarea facil, Rob. Pero yo hice mi trabajo con esmero y fidelidad en San Lorenzo, cuando echaron al idiota de Howard, y tambien en Cleves.

– Nos habriamos sentido todos muy felices si hubiese regresado a casa con una novia, aunque fuera una dama extranjera.

– En San Lorenzo, las damas eran demasiado liberales en sus costumbres para que resultaran de mi agrado. Y en Cleves eran muy pacatas. No, por favor, necesito una buena esposa inglesa. Espero tener la suerte de encontrarla.

– Permanezca en la corte lo que resta del invierno, milord. Pero antes que nada, vaya a visitar a lord Cambridge para averiguar que le ofrece. Y, ademas, fijese si encuentra una bella joven que satisfaga sus deseos, senor -sonrio Robert Burton. Hacia anos que servia al conde y se habia ganado la libertad de hablar abiertamente con el.

Bueno, entonces debo ir a Londres aunque mas no sea para ver que me dice lord Cambridge. Y tal vez lo convenza de que me entregue las tierras que deseo.

Pocos dias mas tarde, el conde de Witton partio hacia el palacio. Cuando llego a Londres, la corte se habia retirado de Greenwich y se habia instalado de nuevo en Richmond. Lo primero que hizo fue presentarse ante el mayordomo del cardenal Thomas Wolsey para pedirle alojamiento. Habia sido el cardenal quien le habia asignado las misiones diplomaticas en representacion del rey. El conde de Witton dudaba de que el rey se acordara de el, pero estaba seguro de que Wolsey lo recordaria. Le dieron un pequeno cubiculo donde podia dejar sus pertenencias y dormir durante la noche. Pero el alimento debia procurarselo por su cuenta. Podia comer en el salon del cardenal, si encontraba algun lugar Ubre. El conde de Witton le agradecio las atenciones al mayordomo y le insistio en que aceptara unas monedas por las molestias ocasionadas.

A la manana siguiente, se vistio con esmero, pero de manera sobria y le pidio a un remero que lo llevara a la casa de Thomas Bolton. El marinero asintio y comenzo a remar rio arriba y con la marea creciente. Ya habian pasado Richmond cuando comenzaron a acercarse a la costa. En medio de un bello parque se erigia una casa de varios pisos y techo de pizarra. Atracaron en el muelle; el conde salio de la barca y le lanzo una moneda de valor al marinero.

– ?No quiere que lo espere, milord? -pregunto el remero.

Como el conde vio dos barcas amarradas al otro lado del muelle, dijo;

– No, gracias. Supongo que mi anfitrion me llevara de regreso en cuanto lo necesite.

Camino a traves del sendero de grava que conducia a la residencia y, cuando se hallaba a mitad de camino, un sirviente se acerco para ver quien era el extrano que andaba por el parque.

– Soy el conde de Witton y vengo a ver a lord Cambridge -dijo a modo de presentacion.

– Pase, milord. Mi amo lo esta esperando. Por favor, sigame.

El conde se sorprendio al entrar en una maravillosa sala que parecia ocupar toda la longitud de la casa. En una de las paredes habia enormes ventanales que daban al rio. La habitacion estaba totalmente revestida en madera y el techo era artesonado. El piso de madera estaba cubierto por las mas exquisitas alfombras orientales. Al fondo, dos grandes mastines de hierro flanqueaban el gigantesco hogar donde rugia un poderoso fuego. El fino mobiliario de roble brillaba y habia cuencos con distintas fragancias que aromatizaban el ambiente. Sobre un amplio aparador habia una bandeja de plata con su correspondiente juego de copas de vino y jarras de cristal.

De pronto, se abrio una de las puertas y aparecio un caballero. Llevaba un jubon de terciopelo color borravino con cuello de fina piel. De las mangas abiertas asomaba una sofisticada seda negra que remataba en un gracioso encaje.

– Mi querido lord St. Claire -dijo el caballero, mientras le extendia su mano colmada de anillos-. Le doy la bienvenida. Mi nombre es Thomas Bolton, lord Cambridge. Por favor, sentemonos junto al fuego. ?Tiene sed? Puedo ofrecerle unos vinos espanoles excelentes. Pero no, mejor los bebemos mas tarde, cuando celebremos nuestro acuerdo.

El conde acepto la mano y se sorprendio por la firmeza de su apreton. Luego se sento, francamente abrumado por la presencia de lord Cambridge.

– Digame, milord. ?Por que acuerdo vamos a brindar? -se animo a preguntar.

Thomas Bolton sonrio.

– El unico que le permitira poseer las tierras de lord Melvyn, que es lo que desea. Y, a cambio, usted me dara lo que yo deseo. Es realmente muy simple, milord.

– No se si podre reunir el dinero necesario para pagarle lo que pretende por Melville.

– Querido, esa tierra no vale el precio que pague por ella -rio Tom.

– ?Entonces, por que ofrecio una suma tan ridicula? -pregunto desconcertado.

– Porque queria comprarla, por supuesto. Me alegro de que su agente lo haya convencido de venir a verme. Parece ser un buen hombre y un fiel servidor. Y desde que su secretario partio, me he dedicado a hacer averiguaciones sobre su persona.

– ?No me diga! -dijo el conde con asombro. Era la conversacion mas extrana que habia tenido en su vida.

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