Pero habia terminado. Todo lo que Tom veia ahora era la carretera casi desierta, el calor reverberando en el pavimento y las grandes madejas de plantas rodadoras dando vueltas por la autopista y chocando contra las cercas oxidadas. El Quinto Mundo Zygeron se habia marchado.
Muy bien. Ya volveria, el o cualquiera de los otros. Esa era la unica cosa que no temia, que las visiones le abandonaran de repente. Lo que le asustaba de verdad era que, cuando llegara el momento en que la gente de la Tierra abrazara los mundos del Imperio, el fuera dejado a un lado y no pudiera efectuar el Cruce. Habia una profecia al respecto. Una antigua historia, ?no? Moises muriendo a las puertas de la Tierra Prometida. «Te he permitido verla con tus ojos, pero no iras mas lejos», dijo el Senor.
Las lagrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Se quedo sentado llorando, mirando la carretera. La furgoneta se dirigia silenciosamente hacia San Francisco, flotando, flotando, flotando.
—San Francisco, cuarenta y cinco minutos —dijo Buffalo, y empezo a cantar.
2
—Usted espera aqui —dijo el hombre del tumbonde—. Usted espera aqui. Nosotros llamamos cuando Senhor Papamacer listo para hablar. Usted no sale de habitacion, ?comprende?
Jaspin asintio.
—?Comprende? —repitio el tumbonde.
—Si —dijo Jaspin con voz ronca—. Comprendo. Esperare aqui hasta que el Senhor Papamacer este dispuesto a recibirme.
No podia creerlo. El lugar era apenas una casucha de cuatro o cinco habitaciones que se caia en pedazos, el tipo de panorama que uno esperaria encontrar en Tijuana, excepto que Tijuana no habia tenido este aspecto en cincuenta anos. ?Era esto el cuartel general de un culto que tenia la obediencia de miles y ganaba a centenares de nuevos conversos cada dia? ?Esta chabola?
La casa se encontraba en la zona sureste de National City, en alguna parte a la derecha de Chula Vista, sobre la cima de una colina arenosa mas alla de la vieja carretera. Parecia que tuviera unos doscientos anos de antiguedad, y probablemente los tenia. Era, con mucho, de principios del siglo veinte, arreglada y remendada mil veces y sin el menor detalle moderno. No habia pantallas de proteccion, ni ventanas luminiscentes, ni discos de servicio en el tejado, ni siquiera las corrientes antenas ionicas de las que todo el mundo disponia, los totems que habian sido creados para repeler cualquier rafaga de radiacion que pudiera soplar desde el este. Por lo que Jaspin podia apreciar, no habia luz electrica, ni telefono, ni quiza tampoco instalacion de agua corriente. No habia esperado nada tan remotamente primitivo.
—Hombre, usted listo hoy, usted viene a oir la palabra que el Senhor Papamacer tiene para usted —le habian dicho—. Nosotros le recogemos, hombre, y le llevamos a la casa del dios.
?Esto? ?La casa del dios era
Jaspin espero hasta impacientarse. Al menos en la consulta del medico daban revistas atrasadas para entretenerse leyendo, o un cubo para jugar, o cualquier otra cosa. Aqui no habia nada. Estaba muy asustado, y se esforzaba en no admitirlo.
Uno de los hombres del tumbonde regreso a la habitacion. Jaspin no supo cual, pues todos le parecian iguales; una tecnica muy pobre para alguien que se suponia antropologo. Con los estrechos pantalones rojos y negros, la chaquetilla plateada y las botas de cana, el tumbonde podria haber sido un torero. Su cara era la de un dios azteca: fria, inescrutable, los pomulos como cuchillos. Jaspin se pregunto si seria uno de los once apostoles principales, la Hueste Interna.
—El Senhor Papamacer esta listo —le dijo a Jaspin—. Levantese y venga.
El tumbonde le cacheo en busca de armas, sin pasar por alto ninguna parte de su cuerpo. Jaspin olio la fragancia de algun aceite dulzon en el hirsuto pelo negro del tumbonde. Aceite de
Le habian detenido despues de los ritos, hacia dos semanas, cuando Jill y el se marchaban. Cinco de ellos les rodearon cautelosamente, mientras en la cabeza de Jaspin todavia resonaban las visiones de Maguali-ga.
Pero no fue asi.
—El Senhor quiere hablar con usted —le dijeron—. Cuando llegue el momento, desea hablarle.
Durante dos semanas, Jaspin se habia preocupado hasta volverse loco. Ahora el momento habia llegado.
—Entre —dijo el tumbonde— Usted muy afortunado, cara a cara con el Senhor.
Dos toreros mas, con traje completo, entraron en la habitacion. Uno se coloco delante de Jaspin, el otro detras, y le condujeron a traves de un oscuro corredor que olia a podrido o a moho. No parecia que pretendieran matarle, pero no se podia quitar el miedo de encima. Le habia dicho a Jill que llamara a la policia si no habia vuelto a las cuatro de la tarde. No era un gran consuelo, pero al menos podria amenazar a los tumbonde si las cosas se ponian feas.
—Esta es la habitacion. El santisimo esta aqui. Entre.
—Gracias.
La habitacion era completamente cuadrada, iluminada unicamente con velas. Pesadas cortinas cubrian las ventanas. Cuando los ojos de Jaspin se acostumbraron a la oscuridad, vio la esterilla en el suelo, y a un hombre sentado, inmovil, con las piernas cruzadas sobre el raido resto rojo y verde de la estera. A su derecha habia un pequena figura del dios cornudo Chungira-el-que-vendra, tallada en alguna madera exotica. Ma-guali-ga, rechoncho y tetrico, con su gran ojo salton, se hallaba a la izquierda del hombre. No habia ningun tipo de mueble.
El hombre alzo la vista muy despacio y atraveso a Jaspin con la mirada. Su piel era muy oscura, pero sus rasgos no eran exactamente negroides. Su mirada era la cosa mas feroz que Jaspin hubiera visto nunca. Aquella era la cara de ebano del Senhor Papamacer, no cabia duda. Pero el Senhor Papamacer era un gigante, al menos cuando habia aparecido en la cima de la colina, en el lugar de la comunion. Este hombre, por lo que Jaspin podia apreciar, considerando que estaba sentado, parecia muy pequeno. Bueno, pueden crear ilusiones extremadamente bien, penso. Probablemente le habian colocado zancos y vestido con ropas holgadas. Jaspin empezo a sentirse un poco mas tranquilo.
—Vendra Chungira-el-que-vendra —dijo el Senhor Papamacer con la familiar voz cavernosa, tres registros por debajo del bajo, sin mover mas que los labios, levemente.
—Maguali-ga, Maguali-ga —respondio Jaspin.
Una sonrisa glacial.
—?Tu eres
Jaspin sintio como si un viento frio barriera la habitacion.
