en una habitacion cerrada, en San Diego, en agosto. Sabia que el viento no era real. El escalofrio si. Se encogio sobre la alfombra roja y verde, hasta sentarse en la posicion del loto a la altura del Senhor Papamacer. Le parecio que algo iba a aflojarse en uno de sus labios, pero se obligo a contenerse. Estaba asustado de nuevo, aunque de una manera muy calmada.

—?Por que has venido al tumbonde? —pregunto el Senhor Papamacer.

Jaspin dudo.

—Porque ha habido en mi alma un tiempo oscuro y dificil. Y me parecio que a traves de Maguali-ga conseguiria encontrar el camino.

Eso ha sonado bastante bien, se dijo. El Senhor Papamacer le miro en silencio. Sus ojos de obsidiana, oscuros y brillantes, le escrutaron sin piedad.

—Lo que dices es mierda —dijo al cabo de un momento, pronunciando las palabras sin malicia o rencor, casi con amabilidad—. Lo que dices es lo que crees que quiero oir. No. Ahora dime por que el profesor blanco viene al tumbonde.

—Perdoname.

—No me pidas perdon. Reza a Rei Ceupassear, el perdona. A mi dime solo la verdad. ?Por que viniste a nosotros?

—Porque ya no soy profesor.

—?Ah, bueno! ?La verdad!

—Lo fui. En la UCLA. En Los Angeles.

—Conozco la UCLA, si.

Era como hablarle a un idolo de piedra. El hombre era absolutamente inflexible, la presencia mas formidable que Jaspin hubiera visto jamas. Surgido de alguna maloliente favela cerca de Rio de Janeiro, le habian dicho, se traslado a California cuando los argentinos masacraron Brasil; ahora lo adoraban multitudes. Y estaba sentado al otro lado de la alfombra, casi a su alcance.

—Dejaste la UCLA. ?Cuando?

—A principios del ano pasado.

—?Te despidieron?

—Si.

—Lo sabemos. Sabemos cosas de ti. ?Por que hicieron eso?

—No acudia a mis clases. Me dio por hacer un monton de tonterias. No se. Fue un periodo oscuro y dificil en mi alma. De verdad.

—La verdad, si. ?Y por que al tumbonde?

—Curiosidad —lanzo Jaspin, y cuando las palabras salieron de el, fue como si se rompiera una soga alrededor de su pecho—. Soy antropologo. Lo era. ?Sabes lo que es un antropologo?

La mirada glacial le advirtio que habia cometido un error.

—A veces no se si comprendes mis palabras. Lo siento —se excuso Jaspin—. Antropologo. Anos de entrenamiento. Aunque ya no sea profesor, aun pienso en mi como si lo fuera. —El color regresaba a sus mejillas. Vamos, cuentale la verdad, penso. Te ha calado de todas formas—. Asi que quise estudiar vuestro movimiento. Para comprender lo que era realmente el tumbonde.

—Ah, la verdad. ?Sienta bien, la verdad?

Jaspin sonrio, asintiendo. El alivio era enorme.

—?Escribes libros?

—Planeaba escribir uno.

—?No has escrito todavia?

—Piezas cortas. Ensayos. Articulos para revistas antropologicas. No he escrito mi libro todavia.

—?Escribes un libro sobre el tumbonde?

—No. Ya no. Pense que quizas podria, pero ahora creo que no.

—?Por que no?

—Porque he visto a Chungira-el-que-vendra.

—Ah. Eso es verdad tambien.

Otra vez un largo silencio, pero no un silencio frio. Jaspin se sintio completamente a merced de este extrano hombrecillo. Era absolutamente aterrador. Como desde una gran distancia, el Senhor Papamacer le dijo:

—Vendra Chungira-el-que-vendra.

Jaspin utilizo la respuesta ritual.

—Maguali-ga, Maguali-ga.

La ira estallo en los ojos de obsidiana.

—?No! ?Quiero decir otra cosa! El vendra, es lo que digo. Pronto. Marcharemos al norte uno de estos dias. Partiremos. Diez mil, cincuenta mil, no lo se. Cien mil. Dare la senal. Es el tiempo del Septimo Lugar, Yas-peen. Iremos al norte, a California, a Oregon, a Washington, a Canada. Al Polo Norte. ?Estas dispuesto?

—Si. Y es verdad.

—La verdad, si. —El Senhor Papamacer se inclino hacia delante; sus ojos ardian—. Te dire lo que haras. Marcha conmigo, con la Senhora Aglaibahi, con la Hueste Interna. Escribe el libro de la marcha. Tienes las palabras. Tienes el conocimiento. Alguien debe contar la historia para los que vengan despues: como fue Papamacer el que abrio el camino a Maguali-ga, que abrio el camino a Chungira-el-que-vendra. Eso es lo que quiero, que marches junto a mi y digas lo que hemos conseguido. Tu, Yas-peen. ?Tu!

»Te vimos en la colina. Vimos al dios entrar en ti. Tienes las palabras, la cabeza. Eres profesor y tumbonde. Esa es la verdad. Eres nuestro hombre.

Jaspin le miro asombrado.

—Di que haras. ?Rehusas? —pregunto el Senhor Papamacer.

—No. No. No. No. Lo hare. He estado unido a la marcha desde julio. Sabes que estare alli. Sabes que escribire lo que quieres.

—He caminado con los dioses verdaderos, Yas-peen. Conozco las siete galaxias —dijo el Senhor Papamacer con una voz rica en oscuros misterios, mas alla de la comprension de Jaspin—. Estos dioses son verdaderos. Cierro los ojos y acuden a mi, y ahora incluso cuando no los cierro. Tu contaras eso, la verdad.

—Si.

—?Has visto a los dioses?

—He visto a Chungira-el-que-vendra. Los cuernos, la losa de piedra blanca.

—En el cielo, ?que hay?

—Un sol rojo desde aqui hasta aqui. Y mas alla, un sol azul.

—Es la verdad. Has visto. ?A los otros no?

—No. A los otros no.

—Los veras. Los veras a todos, Yas-peen. Cuando marchemos, veras todo, las siete galaxias. Y escribiras la historia. —El Senhor Papamacer sonrio—. Solo contaras la verdad. Sera muy malo para ti si no lo haces, ?comprendes? La verdad, solo la verdad. O cuando la puerta se abra, Yas-peen, te dare a los dioses que sirven a Chungira-el-que-vendra, y les dire lo que has hecho. No todos los dioses son amables. Si no dices la verdad, te dare a los dioses que no son amables. ?Sabes, Yas-peen? ?Sabes? Yo te lo digo: no todos los dioses son amables.

3

Las rondas de la manana eran una de las tareas regulares. La rutina era importante, un asunto clave, para los internos y a veces incluso para ella. Ahora, especialmente para ella. Ir de dormitorio en dormitorio, verificar el estado de los pacientes, ver como se comportaban a medida que sus mentes se recobraban del barrido matutino, alegrarlos si podia, hacerlos reir un poco, eso les ayudaria a recuperarse. La sonrisa era una cura conocida para un monton de cosas. Ese pequeno movimiento de los musculos faciales disparaba el flujo de hormonas

Вы читаете Tom O'Bedlam
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату