de yeso brillantemente pintados: perros, lagartos y pajaros.
Dos anos antes, Menendez habia estrangulado a su esposa en su casita de San Jose. Nadie sabia por que, y menos aun Menendez, que no recordaba haberlo hecho y ni siquiera sabia que su esposa estaba muerta, y continuaba esperando que viniera a visitarle la proxima semana o la siguiente. Esa era una de las mas extranas manifestaciones del sindrome de Gelbard, los asesinatos sin motivo de parientes cercanos a manos de personas que parecian incapaces de matar a una mosca. Decirle a Menendez que habia matado a su esposa le habria hecho reaccionar como si se le hablara en turco o en babilonico; las palabras, simplemente, no tenian significado para el.
—Tomas, soy yo, Elszabet. Puedes oirme, ?no? Solo queria saber como te va.
—Estoy bastante bien, gracias —contesto, todavia con los ojos cerrados, meneando los hombros ritmicamente.
—Esas son buenas noticias. ?Que estas escuchando?
—La plegaria a Maguali-ga.
—?Que es eso, un antiguo canto azteca?
El meneo la cabeza.
—Maguali-ga, Maguali-ga —canto, ausente durante un momento—. ?Chungira-el-que- vendra!
Elszabet se acerco mas, intentando escuchar lo que oia, pero los audifonos solo transmitian sonidos a su portador.
La tapa del cubo que estaba sonando se hallaba encima de la cama. La recogio. Tenia una especie de etiqueta, editada tan toscamente que parecia casera, media docena de lineas en un lenguaje que al principio identifico como espanol, pero ella entendia algo de espanol y no podia leer eso. ?Portugues?
La etiqueta tenia una direccion de San Diego. Tomas siempre recibia envios de cosas de sus amigos de la comunidad chicana: musica, poesia, dibujos. Era un hombre muy querido. A veces se preguntaba si deberian cribar todos esos cubos y cassettes que recibia. Quiza contenian cosas que podian impedir su recuperacion. Pero, por supuesto, lo que quiera que fuera, era barrido de su mente al dia siguiente, de todas formas, y obviamente le hacia feliz estar en contacto con los desarrollos culturales de su gente.
—Maguali-ga es el que ha de abrir la puerta —dijo con voz firme y lucida, como si la frase lo explicara todo. Abrio entonces los ojos, solo por un instante, y fruncio el ceno. Parecia sorprendido de tener compania.
—Eres… Elszabet —dijo.
—Eso es.
—?Tienes un mensaje de mi esposa? ?Va a venir Carmencita este fin de semana?
—No. Este fin de semana no, Tomas. —No merecia la pena dar explicaciones—. ?Que era eso que escuchabas?
—Es de Paco Real, de San Diego. —Parecia un poco evasivo—. Paco me manda muchas cosas interesantes.
—?Musica?
—Canciones. Canticos. Muy hermosos. Muy fuertes. ?Sone anoche con los otros mundos?
—No, anoche no.
—?Y antenoche?
—?Me lo preguntas, o me lo aseguras?
El sonrio tristemente.
—Los suenos son tan hermosos… Eso es lo que tengo anotado, que son muy hermosos. Incluso aunque tenga que perderlos, la belleza permanece. ?Cuando se me permitira conservar mis suenos, Elszabet?
—Cuando estes mejor. Estas mejorando, pero no estas del todo bien todavia.
—No. Supongo que no. Por eso no puedo saber cuando sueno con los otros mundos. ?Esta bien que anote que los suenos son muy hermosos? Se que no debemos escribir cosas. Pero eso es muy poquito; me habla
—No, los suenos no. Todavia no. ?Te importa si escucho el cubo nuevo?
—No, por supuesto que no. Toma. Toma.
Le coloco los audifonos y los conecto con un toque ligero, tierno, casi amoroso. Ella oyo una profunda voz masculina, tan profunda que parecia el croar de un sapo grande, o quizas un cocodrilo, cantando algo monotono, repetitivo y vagamente africano, un poco barbarico, muy poderoso y perturbador. Oia las palabras que Menendez habia estado murmurando: Maguali-ga, Chungira. Seguia algo que parecia portugues, y el sonido de tambores y otros instrumentos, asi como el ruido de una multitud repitiendo el cantico.
—Pero ?que es esto?
—Es como una oracion. Hay dioses. Es muy hermoso. —Le quito los audifonos tan tiernamente como se los habia puesto—. Mi esposa no va a venir este fin de semana, ?no?
—No, Tomas.
—Ay, eso esta mal.
—Si. —Elszabet desconecto la pantalla—. A lo mejor quieres bajar al gimnasio. Hay un grupo de baile ahora. Te gustara.
—Quiza dentro de un rato.
—Muy bien. ?Sabes por casualidad donde esta Ed Ferguson?
—?Ferguson? No. Creo que se fue a pasear al bosque.
—?Solo?
—Con la mujer gorda. O con la artificial. Olvide los nombres.
—April y Aleluya.
—Con una de ellas. —Menendez tomo una de las manos de Elszabet cuidadosamente—. Eres una chica muy amable. ?Vendras a visitarme manana?
—Claro.
El extrano cantico discordante todavia repicaba en sus oidos cuando caminaba pasillo arriba para terminar la ronda. Philippa, Aleluya, April. Aleluya no estaba en la habitacion. Muy bien, estaria fuera con Ferguson; esa era una vieja historia. Estan hechos el uno para el otro, se dijo, el timador sin escrupulos y el frio ser artificial. Entonces se reprocho su falta de caridad. Vaya medico que eres, pensando asi de tus pacientes.
Apreto un poco el paso y empezo a correr hacia su oficina. La manana era hermosa, clara y calida. Era esa epoca del ano en que un dia radiante sucede a otro, sin cambios y sin interrupcion. La estacion de las nieblas veraniegas habia acabado, y como Nick Doble Arcoiris le habia recalcado, todavia faltaba mas de un mes para que llegaran las lluvias.
Le molestaba enormemente que esa extrana situacion se estuviera introduciendo en el Centro: los suenos compartidos, enigmaticos no solo por eso, sino tambien por su sorprendente contenido, todos aquellos soles y mundos y monstruos alienigenas. Y los suenos alcanzaban al personal: Teddy Lansford, Naresh Patel, y ayer mismo Dante Corelli confesaba tambien, anonadada, haber tenido el sueno de los Nueve Soles. Elszabet sospechaba que otros miembros del staff tambien experimentaban suenos espaciales, igual que ella, que no habia podido admitir que cada dos por tres estaba siendo invadida —y nada menos que estando despierta— por series de imagenes que parecian surgidas del sueno del Mundo Verde. Todo se volvia extrano. ?Por que? ?Por que?
El Centro, para Elszabet, era el unico lugar del mundo donde se sentia en paz, donde la tumultuosa locura exterior quedaba contenida. Por eso habia venido aqui, para hacer su labor de entrega y al mismo tiempo escapar de las penas y la aridez del mundo calcinado que existia mas alla de las puertas del Centro. Habia veces en que casi conseguia olvidarse de lo que pasaba fuera, aunque el pesado influjo del sindrome de Gelbard constantemente se lo recordaba.
Pese a todo, el Centro era un lugar de paz. Y sin embargo, sabia que era una locura esperar que alli podria escapar del mundo real. El mundo real estaba en todas partes. Y ahora lo real se hacia irreal, y la irrealidad se deslizaba bajo la puerta como una niebla.
