tranquilizantes y enviaba al sistema sanguineo toda clase de sustancias beneficiosas.

Tu tambien deberias sonreir mas a menudo, penso para si Elszabet.

Habitacion numero siete: Ferguson, Menendez, Doble Arcoiris. Llamo.

—?Puedo entrar? Soy la doctora Lewis.

Espero. Silencio. A esta hora de la manana normalmente no tenian mucho que decir. Bien, ninguno le habia dicho que no entrara, ?no? Coloco la mano en la cerradura identificadora. Cada una de las placas estaba programada para aceptar sus huellas, y tambien las de Bill Waldstein y Dan Robinson. La puerta se abrio.

Menendez estaba sentado a los pies de su cama con los ojos cerrados. Tenia puestos unos audifonos, y movia la cabeza como si escuchara musica muy ritmica. En el otro lado de la habitacion, Nick Doble Arcoiris se hallaba tendido boca abajo sobre su manta india, mirando a la nada y con la barbilla apoyada en los punos. Elszabet se le acerco, deteniendose junto a la cama para activar la pantalla protectora que aseguraria su intimidad. Una luz sonrosada convirtio el rincon de Nick Doble Arcoiris en un cubo privado.

En ese preciso momento, cuando la pantalla se elevaba, Elszabet sintio su mente invadida por un tentaculo de niebla verde, como si alzar la pantalla la hubiera dejado entrar. Sorpresa, miedo, conmocion, angustia, algo surgia del suelo para atraparla. Contuvo la respiracion.

No, penso con fiereza. Vete de aqui. Vete. Vete.

El color vagabundo se marcho. Entonces, a Elszabet le resulto dificil creer que habia estado dentro de ella hacia solo un momento y por un breve instante. Recobro el aliento. El indio no daba muestras de haberse dado cuenta. Todavia estaba boca abajo, hieratico.

—?Nick?

Continuo ignorandola.

—Nick, soy la doctora Lewis. Elszabet Lewis. Me conoces.

Toco ligeramente su hombro. El reacciono como si le hubiese picado una avispa.

—?Si? —dijo, sin mirarla siquiera.

—?Mala manana?

—Se ha ido —comento el indio, sin inflexion alguna—. Todo se ha ido.

—?El que, Nick?

—La gente. Esa cosa que teniamos. Maldicion, usted sabe que teniamos una cosa y nos la quitaron. ?Por que? ?Que razon habia para hacerlo?

Otra vez estaba perdido en la contemplacion de la suprema injusticia de todo, su Complejo de Piel Roja. Los medicos podian borrar, y borrar, y borrar, y de alguna forma nunca se conseguia llegar hasta el fondo para librarlo de aquello. Y estaba aqui principalmente por esta causa. Habia venido al Centro sufriendo de desesperacion profunda y permanente, lo que Kierkegaard habia llamado «enfermedad hacia la muerte», que consideraba peor que la muerte en si, y que hoy en dia era llamado el sindrome de Gelbard. Eso sonaba mas cientifico.

Doble Arcoiris habia perdido la fe en el universo. Pensaba que todo era inutil y sin sentido, si no malevolo. Y no mejoraba. Ahora habia lagunas por toda su memoria, claro, pero la enfermedad que conducia a la muerte persistia, y Elszabet sospechaba que no tenia nada que ver con su alegada herencia india, sino solo con el hecho de que habia sido lo bastante desafortunado para vivir en la segunda mitad del siglo veintiuno, cuando todo el mundo, exhausto tras ciento cincuenta anos de estupidez autodestructiva, empezaba a ser invadido por esta desesperacion epidemica a todos los niveles. Bill Waldstein podia tener razon en lo de que Doble Arcoiris ni siquiera era indio, pero eso carecia de importancia. Cuando se sufria de la enfermedad hacia la muerte, cualquier pretexto era bueno para hacerte saltar a la fosa.

—Nick, ?sabes quien soy?

—La doctora Lewis.

—?Y mi nombre?

—Elsa… Ezla…

—Elszabet.

—Eso. Si.

—?Quien soy?

El arrugo el ceno.

—?No lo recuerdas?

La miro, con una mirada distante, remota, que concentraba los oscuros ojos en su cara. Era un hombre de anchos hombros, fornido, con una nariz ancha y roma y un tono de piel grisaceo, no exactamente cobrizo, como se suponia que debia de tener su raza, aunque bastante cercano. Desde que la habia golpeado, hacia un par de semanas, no habia sido capaz de mirarla directamente a los ojos. Nadie habia podido hallar una explicacion, ya que no recordaba en absoluto haberse vuelto violento o haberla lastimado. Pero algun vestigio debia de permanecer, sospechaba Elszabet. Cuando ella estaba cerca, parecia reticente y avergonzado, y tambien arisco, como si se sintiera culpable de algo pero no estuviera seguro de que, y eso le hiciera enfadarse con la persona que le hacia sentirse asi.

—Profesora —dijo—. Doctora. Algo por el estilo.

—Bastante cerca. Estoy aqui para ayudarte a que te sientas mejor.

—?Si?

Una chispa de interes.

—?Sabes que quiero que hagas, Nick? Que te levantes de esa cama y vayas al gimnasio. Dante Corelli esta llevando a cabo una serie de ejercicios ritmicos en este momento. ?Sabes quien es Dante?

—Dante. Si. —Un poco dubitativo.

—?Y sabes donde esta el gimnasio?

—El de techo rojo, si.

—De acuerdo. Acercate por alli y empieza a bailar, y mueve bien el culo, ?me oyes, Nick? Baila hasta que oigas la voz de tu padre diciendote que pares. O hasta que suene el timbre para el almuerzo, lo que suceda primero.

El se animo un poco ante la idea de oir a su padre. Sentido de estructura tribal. Le hacia bien.

—Si —dijo, y comenzo a levantarse de la cama.

—?Tuviste algun sueno anoche? —pregunto Elszabet como de pasada.

—?Suenos? ?Que suenos? ?Como? No tengo forma de saberlo.

Habia sonado con el Gigante Azul. Esa misma manana, durante la sesion de tratamiento, habia hablado de la luz dura y penetrante. Sin embargo, parecia sincero al decir que no recordaba nada.

—De acuerdo. Vete a bailar ahora. —Le dirigio una sonrisa—. Baila una danza de la lluvia. En esta epoca del ano nos vendria bien un poco de lluvia.

—Es una perdida de tiempo bailar pidiendo lluvia ahora. Demasiado pronto. Las lluvias no llegan hasta octubre. Ademas, ?que le hace pensar que un simple baile puede atraer la lluvia? Lo que trae la lluvia son los sistemas de bajas presiones que vienen del Golfo de Alaska, en el mes de octubre.

Elszabet se echo a reir. Asi que no esta completamente ido todavia, penso. Bien. Bien.

—Vete a bailar de todas formas. Hara que te sientas mejor. Te lo garantizo.

Toco con el pie el interruptor que desconectaba la pantalla y se acerco a la cama de Tomas Menendez. Este continuaba enfrascado en su audicion, igual que antes. Cuando Elszabet activo su pantalla de intimidad, se preparo para otro contacto con la niebla verde, pero esta vez no sucedio nada.

Casi todos los dias tenia una sensacion extrana, como si la alucinacion sobrevolara a su alrededor como un buitre esperando tomar tierra. Era tan fuerte que tenia miedo de dormir, y se preguntaba si esta seria la noche en que el Mundo Verde se abriria paso hasta su conciencia. Eso la aterrorizaba aun mas: el miedo a cruzar la linea entre ser medico y ser el paciente.

—?Tomas? —pregunto suavemente.

Menendez era uno de los casos mas interesantes, un cuarenton yanki-mexicano de segunda generacion, un hombreton ancho con brazos como de gorila, pero amable, el hombre mas amable que Elszabet habia conocido: dulce, calido, de voz suave. A su manera, era un poeta y un erudito. Estaba tan profundamente imbuido de su propia herencia etnica como Nick Doble Arcoiris, pero Menendez parecia tomarselo autenticamente en serio. Habia convertido el area en torno a su cama en un pequeno museo de cultura mexicana: hologramas y pinturas de Orozco, Rivera y Guerrero Vazquez, un par de sonrientes esqueletos del Dia de Difuntos, y un punado de animales

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