espalda y lo que yo habia tomado por una rara estancia de la nave cayo debajo de mi.

Cayo de lado volcando al tropel de marineros, nosotros incluidos, en una sola masa forcejeante, y la caida no fue en absoluto como mis saltos desde las jarcias. El hambre de un mundo nos atrajo en el acto; y aunque no creo que fuese tan grande como el de Urth, despues de tantos dias bajo la debil atraccion de las bodegas parecia realmente grande.

Un viento monstruoso aullaba fuera de los tabiques, y en un abrir y cerrar de ojos los tabiques mismos desaparecieron. Algo mantenia ese viento, imposible decir que. Algo nos impedia salir despedidos del pequeno aparato volador como escarabajos barridos de un banco; y sin embargo estabamos en medio del cielo de Yesod, y bajo los pies solo teniamos ese suelo estrecho.

El suelo se torcia y corcoveaba como un destriero en la carga mas violenta de la batalla mas desesperada que se hubiese librado nunca. Ningun teratornis resbalo jamas por una montana de aire a mayor velocidad que nosotros, y al llegar a la sima salimos disparados hacia arriba como un cohete, girando como una saeta en vuelo.

Un momento mas y rozabamos los topes de los mastiles, como una golondrina, y como una verdadera golondrina nos dejabamos caer para lanzarnos luego entre cables y berlingas, entre un palo y otro.

Como muchos marineros se habian derrumbado a medias o del todo, pude ver las caras de los tres de Yesod que nos habian llevado al aparato, y por primera vez pude ver tambien plenamente la cara del prisionero. Las de ellos parecian serenas y divertidas; a la de el la ennoblecia el mas resuelto coraje. Supe que la mia reflejaba miedo, y senti tanto como el dia en que los pentadactilos de los ascios rodearon a los schiavoni de Guasacht. Senti ademas otra cosa, sobre la cual escribire en un momento.

Quienes no han combatido nunca suponen que el desertor que huye del campo se consume de verguenza. No es asi; de lo contrario no desertaria. Fuera de algunas excepciones irrelevantes, las batallas las libran unos cobardes que tienen miedo de huir. Esto es lo que me pasaba. Avergonzado de revelarles a Purn y Gunnie mi terror, contraje mis rasgos en una mueca que sin duda parecia de verdadera resolucion, tanto como se parece la mascara mortuoria a la faz sonriente de un viejo amigo. Luego levante a Gunnie, balbuciendo alguna tonteria sobre la esperanza de que no se hubiese lastimado.

—Peor lo paso el pobre a quien le cai encima —me contesto. Y comprendi que sentia tanta verguenza como yo, y que como yo, habia resuelto mantenerse firme aunque tuviera desechas las tripas.

La mujer que nos habia hablado antes dijo:

—Ya teneis una aventura que contarles a vuestros companeros cuando volvais a la nave. No teneis de que alarmaros. No habra mas tretas, y de este aparato es imposible caer.

Gunnie susurro: —Yo sabia que ibas a decirles, ?pero no ves que han encontrado al verdadero?

—El verdadero, como tu dices, soy yo —conteste—, y no se que esta pasando. ?No te he contado…? No, no te lo conte. Yo llevo en mi los recuerdos de mis antecesores, y en realidad puedes decir que soy mis antecesores tanto como yo mismo. El Autarca que me paso el trono tambien fue a Yesod. Fue como yo estoy yendo… O en todo caso como crei que estaba yendo.

Gunnie meneo la cabeza; era evidente que me compadecia.

—?Crees que lo recuerdas todo?

—Lo recuerdo. Puedo recordar cada paso de este viaje; siento el dolor del cuchillo que castro a ese hombre. No fue en absoluto como ahora; lo hicieron salir del barco con el debido respeto. En Yesod soporto una larga prueba y al fin juzgaron que habia fracasado, como juzgo el mismo.

Con la esperanza de haberles llamado la atencion, mire hacia donde estaban la mujer y sus companeros.

Purn estaba de nuevo a nuestro lado. —?Entonces todavia sostienes que eres realmente el Autarca?

—Lo era —le dije—. Y lo soy si puedo traer el Sol Nuevo. ?Me daras por eso otra punalada?

—Aqui no —dijo el—. Probablemente en ningun lugar. Yo soy un hombre simple, ?entiendes? Te crei. Hasta que no agarraron al verdadero no me di cuenta de que me habias enganado. O a lo mejor te falta un tornillo. Yo nunca he matado a nadie, y no me gustaria matar a un hombre por mentiroso. Peor es matar a un hombre de Luna o de Puerto: mala suerte segura. —Le hablo a Gunnie como si yo no estuviese:?Te parece que se lo cree de veras?

—Estoy segura de que si —dijo ella. Dejo pasar un momento y agrego—: Hasta podria ser cierto. Escuchame, Severian; yo estoy a bordo desde hace mucho. Es el segundo viaje que hago a Yesod, asi que cuando trajeron a tu antiguo Autarca yo estaba entre los tripulantes. Sin embargo no lo vi y solo me entere despues. Sabes que esta nave entra en el Tiempo y vuelve a salir y a entrar como una lanzadera, ?no? ?Todavia no lo sabes?

—Si —dije—. Estoy empezando a entenderlo.

—Pues deja que te haga una pregunta. ?No es posible que hayamos transportado a dos autarcas, tu y uno de tus sucesores? Imagina que te tocara volver a Urth. Tarde o temprano tendrias que elegir un sucesor. Podria ser ese que esta ahi, ?no? O el que tu sucesor eligio. Y si lo es, ?que sentido tiene que sigas con esto, perdiendo cosas que no quieres perder cuando todo termine?

—?Quieres decir que haga lo que haga el futuro no va a cambiar?

—No cuando el futuro ya esta listo delante de esta gabarra.

Habiamos hablado como si los demas marineros no estuvieran, algo que nunca es del todo seguro: uno ha de contar con el consentimiento de los omitidos. Agarrandome del hombro, uno de los marineros a quienes no habia prestado atencion me arrastro medio paso hacia el para que viese mejor por los hialinos costados del aparato volador.

—?Mira! —dijo—. ?Mira eso, mira! —Pero durante un latido lo mire a el, consciente de pronto de que ese hombre que para mi no era nada lo era todo para si mismo, y de que yo era para el apenas un figurante, un lego que, compartiendo su alegria, le permitia duplicarla.

Luego mire, porque no hacerlo habria sido una especie de traicion; y vi que estabamos trazando, a mayor velocidad, un circulo muy amplio sobre una isla enclavada en un interminable mar de agua azul y transparente. La isla era una colina que se alzaba entre las olas; la adornaban el verde de los jardines y el blanco del marmol y tenia un feston de pequenas barcas.

No hay nada visible que impresione tanto como la Muralla de Nessus, o incluso la Gran Torre. A su modo, sin embargo, la isla era mas impresionante; porque todo en ella era hermoso, sin excepcion, y habia alli una alegria mas alta que la Torre, tan alta como un cumulo de tormenta.

Entonces se me ocurrio, mirando la isla y las caras estupidas y brutales de los hombres y mujeres que me rodeaban, que estaba dejando de ver algo mas. Enviado por una de esas palidas figuras que se alzan para mi detras del antiguo Autarca, esos predecesores que no veo claramente y a menudo no veo en absoluto, se destaco un recuerdo. Era la figura de una virgen adorable, vestida con sedas de muchos tonos y recamadas de perlas. Cantaba en las avenidas de Nessus y se demoraba junto a las fuentes hasta la noche. Nadie se atrevia a molestarla, pues aunque su protector era invisible, la sombra de el la cubria por entero, y la hacia inviolable.

XVII — La isla

Si te dijera, lector que naciste en Urth y has inspirado alli cada gota de tu aliento, que el aparato se poso como una gran ave acuatica, imaginarias un chapoteo comico. Y sin embargo no fue asi; porque en Yesod, segun vi por los costados unos momentos despues del descenso, las aves acuaticas han aprendido a dejarse caer en las olas con tal gracia y levedad que se diria que el agua solo es para ellas un aire mas fresco, como para esos pajaros pequenos que vemos junto a las cascadas, que saltan al torrente a buscar peces y estan alli tan a sus anchas como otros pajaros en los arbustos.

Lo mismo nosotros: nos posamos en el mar y en ese momento plegamos las inmensas alas, meciendonos suavemente mientras parecia que todavia volabamos. Algunos marineros hablaban entre ellos; y acaso Gunnie o Purn me habrian hablado si les hubiese dado alguna oportunidad. No se las di, porque deseaba absorber todas las maravillas de alrededor, y porque me era imposible hablar sin sentir la urgencia de decirles a quienes tenian prisionero a otro, que era yo aquel a quien buscaban.

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