Asi que mire hacia afuera (segun crei) por los costados del aparato, y saboree el viento, ese glorioso viento de Yesod que transporta la pureza nueva de un mar que no conoce la sal, y el perfume de los gloriosos jardines, y con ellos la vida, y descubri que los costados, que hasta entonces habian sido invisibles, ahora eran impalpables, de modo que nos moviamos como sobre una balsa angosta, con las alas encima por dosel. Y vi mucho.
Como cabia esperar, una de las tripulantes tiro a una companera al agua; pero mucho mas hacia popa otros la subieron a bordo; y aunque ella se quejara del frio a voz en cuello, agachandome a meter las manos en el agua descubri que no estaba tan helada como para hacerle dano.
Luego las ahueque, las llene todo lo posible y bebi del agua de Yesod; y aunque estaba muy fria, me alegro que me chorreara por el pecho. Porque recorde un viejo cuento del libro marron que una vez habia transportado en memoria de Thecla. Hablaba de cierto hombre que en lo alto de la noche cruzo una tierra baldia y vio a otros hombres y mujeres bailando y se les unio; y cuando termino la danza fue con ellos a lavarse la cara en una fuente nunca vista de dia, y bebio de esa agua.
Y un ano mas tarde de aquel dia la mujer del hombre, aconsejada por cierto sabio artefacto, fue al mismo lugar y oyo una musica salvaje y la voz de su marido, que cantaba solo, y un ruido de muchos pies bailando; pero no vio a nadie. Y cuando lo interrogo sobre esas cosas, el artefacto le dijo que el marido habia bebido de las aguas de otro mundo y se habia banado en ellas, y que no regresaria nunca.
Y no regreso.
Cuando el tropel enfilo la calle blanca que llevaba del muelle al edificio de la colina, me aparte de los marineros atreviendome a acercarme mas que cualquiera a los tres que llevaban al prisionero. Sin embargo no me atrevi a confesar quien era, aunque empece a decirlo al menos cien veces sin llegar a emitir ningun sonido. Finalmente hable, pero solo para preguntar si el juicio se llevaria a cabo ese dia o el proximo.
La mujer que nos habia hablado volvio la cabeza, sonriente.
—?Tantas ganas tienes de ver sangre? —pregunto—. No la veras. Como hoy el hierogramato Tzadkiel no ocupa el Sillon de justicia, solo tendremos el examen preliminar, que si es preciso puede llevarse a cabo en su ausencia.
Sacudi la cabeza.
—Yo ya he visto mucha sangre. Creedme, milady, que no tengo ganas de ver mas.
—?Entonces por que has venido?
Le dije la verdad, aunque no toda la verdad.
—Porque lo crei mi deber. Pero decidme: suponiendo que manana Tzadkiel tampoco ocupe el sillon, ?nos permitiran esperarlo aqui? Y todos vosotros, ?no sois tambien hierogramatos? ?Y hablais todos nuestra lengua? Me sorprendio oirla en vuestros labios.
Yo caminaba medio paso por detras de ella; y en consecuencia ella me habia hablado mas o menos por encima del hombro. Ahora, agrandando la sonrisa, se retraso para tomarme del brazo.
—Cuantas preguntas. ?Como voy a acordarme de todas, no digamos ya contestarlas?
Avergonzando, trate de balbucear una disculpa; pero el contacto de esa mano, que se habia deslizado en la mia tibia e indagadora, me enervo tanto que solo pude tartamudear.
—De todos modos por ti lo intentare. Tzadkiel estara aqui manana. ?Temes no poder volver a tiempo a los trapos y a la carga?
—No, milady —consegui decirle—. Si pudiera me quedaria para siempre.
Al oir eso se le apago la sonrisa.
—En total estareis en esta isla menos de un dia. Debes… debemos, si quieres, aprovecharlo como podamos.
—Quiero —le dije, y en serio. La he descrito como una mujer de edad mediana y aspecto comun, y asi era: nada alta, con algunas arrugas visibles en los ojos y la boca y las sienes tocadas de escarcha. Tal vez solo fuese el aura de Yesod; del mismo modo a los hombres corrientes todas las exultantes les resultan atractivas. Tal vez fueran sus ojos, largos, luminosos y del azul profundisimo del mar, no empanados por los anos. Tal vez fuera alguna otra cosa percibida inconscientemente; pero volvi a sentir lo mismo que cuando, tanto mas joven, habia conocido a Agia: un deseo tan fuerte que, consumida la carne en su propio ardor, parecia mas espiritual que cualquier fe.
—… despues del examen preliminar —dijo ella.
—Por supuesto —respondi—. Por supuesto. Soy esclavo de milady. —Ni siquiera sabia que acababa de aceptar.
Una amplia escalera de piedra blanca flanqueada de fuentes se alzaba ante nosotros con la ligereza aerea de un banco de nubes. Ella levanto los ojos con una sonrisa burlona que me parecio infinitamente atractiva.
—Si de verdad fueses mi esclavo, cojo o sin piernas haria que me subieras en brazos por esta escalera.
—Lo haria gustoso —dije, y me agache como para alzarla.
—No, no. —Ella habia empezado a subir, y tan leve como una nina.— ?Que pensarian tus camaradas?
—Que me han deparado un honor, milady.
Sonriendo todavia, ella susurro: —?Y no que has abandonado a Urth por nosotros? Pero mientras vamos hacia el tribunal contestare tus preguntas lo mejor posible. No todos somos hierogramatos. En Urth, ?son los hijos de los sanniacenos hombres y mujeres sagrados? Ni yo ni ninguno de nosotros usa tu lengua. Tampoco tu hablas como nosotros.
—Milady…
—No comprendes.
—No. —Busque algo que agregar, pero lo que me habia dicho parecia tan absurdo que no habia respuesta posible.
—Te lo explicare despues del examen. Pero ahora debo pedirte un pequeno servicio.
—Lo que sea, milady.
—Gracias. Llevaras al Epitome hasta el banquillo.
La mire perplejo.
—Lo pondremos a prueba; lo examinaremos con el consentimiento de los pueblos de Urth, que lo han enviado a Yesod. Para demostrarlo ha de conducirlo un hombre o mujer de Urth que represente a ese mundo, como el pero de un modo menos significativo.
Asenti.
—Lo hare por vos, milady, si me ensenais adonde debo llevarlo.
—Bien. —Se volvio hacia el hombre y la otra mujer, diciendo:— Tenemos un custodio. —Los otros asintieron, y ella tomo al prisionero del brazo para tironearlo (aunque a el le habria sido facil resistirse) hasta donde aguardaba yo.— Llevaremos a tus camaradas a la Sala de Justicia, donde explicare que es lo que va a ocurrir. Dudo que a ti te haga falta. Tu… ?como te llamas?
Vacile, preguntandome si conoceria el nombre del Epitome.
Vamos, ?tan secreto es?
De todos modos tendria que confesar pronto, aunque habia esperado poder oir antes el examen preliminar y asi, cuando me llegara el turno, estar mejor equipado para el triunfo. Mientras nos deteniamos en el portico dije: —Severian, milady. ?Esta permitido que pregunte el vuestro?
Sonrio de modo tan irresistible como la primera vez.
—Entre nosotros esas cosas no son necesarias pero, ahora que me conoce alguien que las necesita, me llamare Apheta. —Me vio dudar y anadio:— No temas. Los que te oigan decir ese nombre sabran de quien hablas.
—Gracias, milady.
—Ahora llevatelo. El arco esta a tu derecha. —Me lo senalo.— Entra por alli. Encontraras un largo pasillo eliptico donde no puedes desviarte porque de ningun lado tiene puertas. Llevalo hasta el final, y luego entra en la Camara de Examenes. Mirale las manos: ?ves como estan engrilladas?
—Si, milady.
—En la Camara veras la anilla a la cual deben sujetarse los grillos. Conducelo hasta alli y encadenalo. Hay una cadena corrediza, en seguida te daras cuenta. Luego ocupa tu sitio entre los testigos. Cuando acabe el
