en el oeste: dentro de una guardia o menos el horizonte subiria a ocultarme.

Por un momento lamente haber dado la Garra al quiliarca; queria leer la inscripcion grabada en la puerta de piedra. Luego me acorde de la vez en que habia examinado a Declan en la oscuridad de la cabana, y me acerque mas y lei.

En Honor de SEVERIAN EL GRANDE Autarca de Nuestra Comunidad Legitimo Primer Hombre de Urth Memorabilus

Era un encumbrado bloque de calcedonia azul, y me senti conmocionado. Me consideraban muerto, eso parecia evidente; y habian elegido ese agradable valle para representar mi lugar de reposo. Yo habria preferido la necropolis vecina a la Ciudadela — el sitio donde realmente he de reposar al final, o al menos deberia creerse que reposo—, o la ciudad de piedra, a la cual podria aplicarse mucho mejor mi primera observacion.

Eso me indujo a preguntarme en que parte de los terrenos estaba, asi como a especular sobre si el monumento lo habria erigido el padre Inire o alguna otra persona. Cerre los ojos, dejando que la memoria vagara a su antojo, y para mi asombro encontre el pequeno escenario que con Dorcas y Calveros habia remendado para el doctor Talos. Era exactamente el mismo lugar, y mi absurdo monumento se alzaba donde en otro tiempo yo habia fingido tomar al gigante Nod por una estatua. Recordando aquel monumento, mire al que habia visto al entrar de nuevo en Briah y descubri que era, como habia pensado, una de esas inofensivas criaturas medio vivas. Ahora se me acercaba lentamente, los labios curvados en una sonrisa arcaica.

Durante un aliento admire el juego de mi luz en sus miembros palidos, pero me parecio que solo habian pasado dos o tres guardias desde que el amanecer llegara a las faldas del monte Tifon, y la vitalidad que sentia ahora no me ponia en disposicion de contemplar estatuas ni buscar descanso en alguno de los recluidos cobijos dispersos en los jardines. No lejos de donde habia visto el gamo, un umbral oculto daba acceso a la Casa Secreta. Corri hasta el, murmure la palabra que lo gobernaba y entre.

?Que extrano, pero que bueno, era pisar de nuevo esos pasajes angostos! La sofocante constriccion y los peldanos acolchados, como de escalera colgante, convocaban mil recuerdos de citas y enredos: cacerias de lobos blancos, castigos a prisioneros de la antecamara, reencuentros con Oringa.

De haberse cumplido, como en un principio habia planeado el padre Inire, que solo el y el Autarca reinante conocieran esos pasillos tortuosos y esas confinadas camaras, habrian sido muy parecidos a cualquier mazmorra en todo caso menos agradables. Pero los Autarcas se los habian revelado a sus amadas, y esas amadas a sus propios galanes, de modo que no habian tardado en albergar al menos una docena entera de intrigas en cualquier noche amable de primavera, y a veces quiza cien. El administrador provincial que llevaba a la Casa Absoluta ciertos suenos de aventura o romance raramente se daba cuenta de que la gente pasaba con pie leve a una ana de su cabeza dormida. Entretenido con reflexiones de este cariz, habia caminado una media legua o mas (parandome de tanto en tanto para espiar salas publicas y apartamentos privados por las mirillas de las puertas) cuando tropece con el cadaver de un asesino.

Yacia de espaldas, como seguramente habia yacido por lo menos desde hacia un ano; la marchita carne de la cara habia empezado a desprendersele, de modo que sonreia como quien descubre que al fin y al cabo la muerte no es sino una broma. La mano estirada habia soltado el dique envenenado que aun tenia en la palma. Mientras me inclinaba a inspeccionarlo, me pregunte si se las habria arreglado para herirse a si mismo; cosas mucho mas extranas habian ocurrido dentro de la Casa Absoluta. Mas probablemente, decidi, habia caido victima de una supuesta victima; abordado, quiza, una vez que se revelo lo que se intentaba, o abatido por alguna herida antes de ponerse a salvo. Por un momento pense en tomar el digue para reemplazar el cuchillo que habia perdido hacia tantas quiliadas, pero la idea de esgrimir una hoja envenenada era repugnante.

Una mosca me zumbo junto a la cara.

La ahuyente; luego mire pasmado como hurgaba en la carne seca, seguida por otra docena de moscas.

Di un paso atras; antes de que pudiera alejarme, todas las espantosas fases de la putrefaccion se presentaron en orden inverso, como pilluelos que en un hospicio empujan al frente a los mas chicos; la carne ajada se hincho e infesto de gusanos, retrocedio a la lividez de la muerte y finalmente retomo la coloracion y casi la apariencia de la vida; la mano flaccida se cerro sobre el corroido mango de acero del digue hasta apretarlo como una tenaza.

Acordandome de Zama, yo me prepare a correr no bien el muerto se sentara, o a arrebatarle el arma y matarlo. Tal vez estos impulsos se cancelaron mutuamente; el hecho es que no hice nada y me quede simplemente al lado de el, observandolo.

Se incorporo despacio y me miro con ojos vacios.

—Mas vale que guardes eso, no vayas a herir a alguien —le dije. Esas armas suelen ir envainadas con la espada, pero el llevaba una cuchillera en el cinturon y me hizo caso—. Estas desorientado —continue—. Lo mas sensato seria no moverte hasta que vuelvas en ti. No me sigas.

No contesto nada, ni yo esperaba que contestase. Escabullendome, me aleje lo mas rapido posible. Unas cincuenta zancadas despues oi sus pasos vacilantes; eche a correr, tratando de no hacer ruido y cambiando de un sendero a otro.

No se decir cuanto duro. Mi estrella aun estaba subiendo y me parecio que yo habria podido dar la vuelta entera a Urth sin cansarme. Pase a la carrera frente a muchas puertas extranas y no las abri, sabiendo que de un modo u otro todas llevarian de la Casa Secreta a la Casa Absoluta. Por fin llegue a una abertura sin puerta; una corriente de aire me trajo un llanto de mujer, y me detuve y cruce el umbral.

Me encontre en una logia con arcadas en tres lados. Los sollozos de mujer parecian provenir de la izquierda; fui hasta una de las arcadas y atisbe. Daba a la galeria amplia y sinuosa que llamabamos Sendero de Aire; la logia era una de esas construcciones que aunque aparentan ser meramente ornamentales sirven a las necesidades de la Casa Absoluta.

Muy abajo, sombras en el suelo de marmol me indicaron que alrededor de la mujer habia al menos una docena de pretorianos, apenas visibles, uno de los cuales la sostenia por el codo.

Entonces (no se decir por que azar) ella levanto la vista hacia mi. Tenia un hermoso rostro, de esa tez que llaman olivacea y tambien liso y ovalado como una oliva, y habia en el algo que me partio el corazon; y aunque no la reconocia, una vez mas tuve una sensacion de retorno. Senti que en alguna vida perdida habia estado justo donde estaba ahora; y que en esa vida habia visto a esa mujer exactamente de esa manera.

A poco tanto ella como las sombras de los pretorianos quedaron casi fuera de mi vista. Me movi de un arco a otro para no perderlos; y ella a su vez continuaba observandome, y la ultima vez que la vi me miraba por encima del hombro, cubierto con una tunica palida.

En esa vision fugaz era tan hermosa y desconocida como en la primera. Su belleza era razon suficiente para que cualquier hombre la mirara, pero ?por que me miraba ella? Si yo habia entendido algo de su expresion, era una mezcla de esperanza y miedo; quiza tambien ella tuviera la sensacion de un drama que volvia a representarse una segunda vez.

Un centenar de veces repase mis correrias y enredos en la Casa Secreta, bien como Thecla sola, bien como Severian y Thecla unidos, bien como el viejo Autarca. No logre encontrar el momento; y sin embargo existia. Y, mientras seguia andando, empece a revisar esos recuerdos que estan debajo de los ultimos, recuerdos que en este relato apenas he mencionado, que se oscurecen a medida que van haciendose extranos y quiza se remonten a Ymar, y mas atras de Ymar a la Edad del Mito.

Y sin embargo, por encima de todas esas vidas sombrias —e incomparablemente mas vividas, como la expresion de los ojos de una montana cuando el bosque que hay a sus pies se ha hundido en una bruma gris— se movia la estrella blanca que era yo mismo. Tambien yo estaba alli; y la vi enfrente, en apariencia muy lejos aun del sol carmesi (aunque mucho mas cerca de lo que parecia), y supe entonces que despues de tantos siglos ella iba a ser simultaneamente mi destruccion y mi apoteosis. A izquierda y derecha, la valerosa Skuld y la hosca Verthandi parecian satelites irrelevantes. Sobre la faz de la estrella blanca se deslizaba el oscuro lunar de Urth, casi perdido entre sombras; y en los momentos postreros de esa noche, perplejo y meditabundo, fui de un lado a otro bajo tierra.

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