—No se me ocurre nada —dije—. Aunque tal vez los he visto con un instrumento inapropiado.
—Los instrumentos que teneis son los apropiados para vosotros, porque ellos os han moldeado. Es otra ley. ?Nada mas?
Recorde las filas de setos y un nido de alondras que habia visto entre las ramas.
—Hierbas y criaturas salvajes.
—Aqui tambien. Yo misma soy una criatura salvaje, Severian. Tu pensaras que me habia apostado para ayudarte. Ojala fuera cierto, aunque te ayudare de todos modos; pero soy una parte de mi que hace mucho fue proscrita, mucho antes de la primera vez que me viste. Puede que algun dia la giganta que llamas Tzadkiel, aunque yo tambien me llamo asi, quiera que vuelva a ser parte de ella. Hasta entonces permanecere aqui, entre las atracciones de Yesod y Briah.
»Respecto a lo que preguntaste, si tuvieras algun otro instrumento quiza me vieras como me ve ella, y entonces podrias decirme por que razon me han exiliado. Pero mientras no veas esas cosas yo no sabre mas que tu. ?Deseas ahora volver a tu mundo de Urth?
Si —replique—. Pero no a la epoca que he dejado. Como te he dicho, cuando volvi a Urth pensaba que iba a helarse antes de que llegara el Sol Nuevo; por muy rapido que yo atrajera mi estrella, antes de que nos alcanzara pasarian muchas edades. Luego me di cuenta de que estaba en una edad que no conocia, y supuse que tendria que agotarme esperando. Ahora veo…
—Cuando hablas de ella se te ilumina la cara —me interrumpio la pequena Tzadkiel—. Ya comprendo por que te consideran un milagro. Llevaras el Sol Nuevo antes de dormirte.
—Si puedo si.
—Y quieres que te ayude. —Hizo una pausa para mirarme con la expresion mas seria que le habia visto.— Me han tildado muchas veces de mentirosa, Severian, pero si pudiera te ayudaria.
—?Y no puedes?
—Puedo decirte esto: el Madregot corre de la gloria de Yesod —senalo arroyo arriba— a la destruccion de Briah, hacia alla. —Volvio a senalar.— Sigue el curso del agua y estaras en un tiempo mas proximo a la llegada de tu estrella.
—Si no estoy alli para guiar… Pero yo tambien soy la estrella. Al menos lo era. No puedo… Es como si se hubiera entumecido esa parte de mi.
—Ahora no estas en Briah, ?recuerdas? Cuando vuelvas alli conoceras otra vez a tu Sol Nuevo… si es que todavia existe.
—?Tiene que existir! —dije yo—. El… yo… me necesitara, necesitara mis ojos y oidos para que le cuente que pasa en Urth.
—Entonces seria mejor —senalo la pequena Tzadkiel— que no remontes demasiado el arroyo. Unos cuantos pasos, tal vez.
—Cuando venia hacia aqui no lo vi. Puede que no haya caminado en linea recta.
Los pequenos hombros de Tzadkiel subieron y bajaron, moviendo con ellos los pechos minusculos y perfectos.
—Entonces es irrelevante, ?no? O sea que da igual este lugar que cualquier otro.
Me levante, recordando el arroyo como lo habia visto al principio.
—Se me cruzo en el camino —le dije—. No, creo que dare unos pasos aguas abajo, como sugeriste. Con un salto en el aire, ella tambien se levanto.
—Nadie puede saber hasta donde lo llevara el paso siguiente.
—Una vez oi una fabula sobre un gallo —dije—. El que la conto dijo que era solo un cuento bobo para ninos, pero pienso que habia en el cierta sabiduria.
Decia que el siete es un numero de la suerte. Con ocho el gallo se paso de la raya.
Di siete zancadas.
—?Ves algo? —pregunto la pequena Tzadkiel. —El arroyo, la hierba y a ti, nada mas.
—Entonces tienes que retroceder. No lo cruces o acabaras en otro sitio. Despacio.
Volvi la espalda al agua y di un paso.
—?Ahora que ves? Baja la mirada de los tallos de la hierba a las raices.
—Oscuridad.
—Entonces da un paso mas.
—Fuego… un mar de chispas.
—?Otro! —Tzadkiel aleteaba a mi lado como una cometa pintada.
—Solo tallos como de hierba comun.
—?Bien! Ahora medio paso.
Avance con cautela. Mientras conversabamos en el prado, habiamos estado todo el tiempo en sombras; ahora fue como si una nube mas negra oscureciera la faz del sol, de modo que ante mi aparecio una franja de oscuridad, no mas ancha que mis brazos abiertos pero profunda.
—?Y ahora que?
—Tengo delante el crepusculo —le dije. Y luego, aunque mas que verla la sentia—: Una puerta en penumbras. ?Debo pasar?
—Eres tu quien decide.
Me acerque mas y me parecio que el prado estaba extranamente inclinado, como lo habia visto desde el refugio de la montana. Aunque solo la tenia a tres pasos detras de mi, la musica del Madregot sonaba distante.
Tenues letras flotaban en la oscuridad; solo un momento despues adverti que estaban al reves y que las mas grandes componian mi nombre.
Entre en la sombra y el prado desaparecio; me perdi en la noche. Tantee con las manos y toque una pared de piedra. La empuje y se movio, primero reacia, luego mas facilmente, aunque con la resistencia de los grandes pesos.
Como si sonara junto a mi oreja, oi el campanilleo cristalino de la risa de la pequena Tzadkiel.
XLI — Severian de su cenotafio
Grazno un cuervo; y cuando la piedra retrocedio vi el cielo estrellado y la sola estrella brillante (azul ahora de velocidad) que era yo. Una vez mas estaba entero. ?Y cerca! Ni la bella Skuld, la del alba, brillaba tanto ni tenia un disco tan amplio.
Por largo tiempo —al menos por un tiempo que me parecio largo— estudie mi otra identidad, lejana todavia allende el circulo de Dis. Una o dos veces oi rumor de voces, pero no me moleste en averiguar de quienes eran; y cuando al fin mire alrededor estaba solo.
O casi. Un gamo me observaba desde la cresta de una colina baja, a mi derecha, con un debil fulgor en los ojos y el cuerpo perdido en la profunda oscuridad de los arboles que coronaban la cima. A mi izquierda, una estatua miraba fijamente con ojos ciegos. Por fin canto un grillo, pero la hierba estaba enjoyada de escarcha.
Como en el prado del Madregot, senti que me encontraba en un lugar conocido y que no era capaz de identificarlo. Pisaba piedra, y la puerta que habia empujado tambien era de piedra. Tres peldanos angostos llevaban a una extension de hierba cortada. Baje, y detras la puerta se cerro silenciosamente, cambiando de naturaleza —o eso pense entonces— mientras se movia; de modo que una vez cerrada dejo de parecer una puerta.
Yo estaba de pie en una canada muy estrecha, de cien pasos a lo sumo de linde a linde, entre colinas redondas. En las colinas habia puertas, algunas no mas anchas que si fuesen de habitaciones privadas, algunas mas grandes que el portal del obelisco que se alzaba detras de mi. Las puertas y los embanderados senderos que llevaban a ellas me dijeron que estaba en los terrenos de la Casa Absoluta. La larga sombra del obelisco no era proyectada por la luna sino por el inicial cuarto creciente del sol, y apuntaba hacia mi como una flecha. Yo estaba
