libro marron que tuve y lei tanto tiempo que al fin memorice todo el contenido (aunque una vez pareciera inagotable) aparece el siguiente pasaje: «He aqui que he sonado un sueno mas; el sol y la luna y once estrellas me rendian obediencia.» Estas palabras muestran claramente cuanto mas sabios que nosotros eran los pueblos de epocas muy antiguas; no en vano el libro se titula Libro de las maravillas de Urth el cielo.
Yo tambien tuve un sueno. Sone que el poder de mi estrella bajaba hacia mi, y que yo me levantaba (Thecla y Severian a la vez) e iba hasta la puerta, y agarraba los barrotes y los torcia hasta abrir una brecha por donde era facil pasar. Pero torcer los barrotes era como separar una cortina, y mas alla se veia otra nueva cortina, y luego aparecia Tzadkiel, ni mas grande ni mas pequeno que nosotros, con la daga en llamas.
Cuando el nuevo dia se derramo al fin por la lumbrera abierta, como un torrente de oro brunido, y yo me puse a esperar el cuenco y la cuchara, examine los barrotes; y aunque la mayor parte parecia normal, los del medio no estaban tan derechos.
El chico trajo la comida y dijo: —Aunque solo lo oi nombrar una vez, aprendi mucho de usted, Severian. Me da pena que se vaya.
Le pregunte si.me iban a ejecutar.
Apoyando la bandeja, miro por sobre el hombro al aspirante de guardia apoyado en la pared.
—No, no es eso. Solo lo van a llevar a otra parte. Hoy vendra a buscarlo una voladora con pretorianos. — ?Una voladora?
—Porque puede volar por encima del ejercito rebelde, supongo. ?Usted ha viajado en alguna? Yo solo las he visto despegar y aterrizar. Tiene que ser algo terrible.
—Si. La primera vez que subi a una nos derribaron. Desde entonces he volado en muchas y hasta he aprendido a manejarlas; pero la verdad es que siempre me han aterrorizado.
El chico asintio. —A mi me pasaria lo mismo, pero me gustaria probar. —Incomodo, me ofrecio la mano.— Buena suerte, Severian, lo lleven adonde lo lleven.
La estreche; estaba sucia pero seca, y parecia muy pequena.
—Tufi —dije—. No es tu verdadero nombre, ?no?
Sonrio. —No. Quiere decir que apesto.
—No para mi nariz.
—Como todavia no hace frio —explico el— puedo ir a nadar. En invierno no tengo muchas oportunidades de lavarme, y me hacen trabajar todo el dia.
—Si, me acuerdo. Pero tu nombre verdadero es…
—Ymar. —Retiro la mano.— ?Por que me mira asi?
—Porque al tocarte vi en tu cabeza un relampagueo de piedras preciosas. Ymar, me parece que estoy empezando a dispersarme. Dispersarme en el tiempo… O en todo caso a ser consciente de que estoy disperso en el tiempo, ya que les pasa a todos. Que extrano que nos hayamos encontrado asi. —Vacile un instante, la voz perpleja en el remolino de mis pensamientos.— Aunque quiza no sea nada extrano. Sin duda algo rige nuestros destinos. Algo aun mas alto que los hierogramatos.
—?De que habla?
—Ymar, algun dia tu gobernaras. Seras el monarca, aunque no creo que tu mismo te llames asi. Procura gobernar para Urth y no meramente en su nombre, como tantos. Se justo, tan justo al menos como permitan las circunstancias.
El dijo: —Se esta burlando, ?no?
—No —respondi—. Aunque lo unico que sepa es que gobernaras, y que un dia te sentaras disfrazado bajo un platano. Pero estas cosas las se.
Cuando Ymar y el aspirante se fueron, me meti el cuchillo bajo la cana de la bota y lo cubri con la pernera. Mientras lo hacia, y sentado despues en el catre, especule sobre la conversacion.
?No seria posible que Ymar hubiera llegado al Trono del Fenix por la sola razon de que un epopto yo— lo habia profetizado? Hasta donde tengo conciencia, no hay de esto ninguna cronica; y puede que haya creado mi propia verdad. O bien Ymar, sintiendo que es ahora dueno de su destino, dejara de hacer el esfuerzo cardinal que le habria valido una victoria senalada.
?Quien puede decirlo? ?Acaso la cortina de incertidumbre de Tzadkiel no vela el futuro incluso a quienes han escapado de sus brumas? Cuando lo dejamos ante nosotros, el presente se vuelve a hacer futuro. Yo lo habia dejado, lo sabia, y aguardaba en lo hondo de un pasado que en mis propios dias era poco mas que un mito.
Las guardias se sucedieron, fatigadas, como hormigas arrastrandose del otono al invierno. Cuando al fin hube concluido que la informacion de Ymar era erronea, que los pretorianos no vendrian ese dia sino el siguiente —o no vendrian en absoluto—, mire por la lumbrera esperando entretenerme con las idas y venidas de las pocas personas que atinaban a pasar por el Patio Viejo.
Habia anclada alli una voladora, pulida como un dardo de plata. Apenas la habia visto cuando oi un medido paso de hombres en marcha, roto mientras subian la escalera, reanudado cuando llegaron al nivel en donde yo esperaba. Corri a la puerta.
Un presuroso aspirante iba al frente. Detras de el deambulaba un quiliarca abundante en medallas; bien incrustados bajo el cinturon, los pulgares proclamaban que no era un subordinado sino alguien infinitamente superior. A continuacion, en una sola fila mantenida con la disciplinada precision de tropas de miniatura a la orden de un nino (aunque menos visible que el humo), avanzaba un peloton de guardias a cargo de un pontonero.
Mientras yo miraba, el aspirante agito las llaves en direccion a mi celda, el quiliarca asintio y se acerco a escrutarme, el pontonero vocifero una orden y las botas del peloton hicieron alto con estrepito, seguido al instante de un segundo grito y un estrepito mas cuando los diez guardias fantasmas apoyaron las armas en el suelo.
La voladora diferia muy poco de aquella en que yo habia inspeccionado una vez los ejercitos de la Tercer Batalla de Orithya; y en verdad bien podia tratarse del mismo aparato, ya que esas maquinas pasan de una generacion a otra. El pontonero me ordeno que me echara al suelo. Obedeci, pero le pregunte al quiliarca (un hombre de rostro enjuto y alrededor de cuarenta anos) si durante el vuelo no podia mirar por el costado. El permiso fue denegado, sin duda por temor a que yo fuese un espia, lo que en cierto sentido era cierto, y tuve que conformarme con imaginar el gesto de adios de Ymar.
Los once guardias que se alineaban en el asiento de popa, fundidos como fantasmas con el tapizado puntillista, eran casi invisibles detras de la armadura catoptrica de mis propios pretorianos; y pronto me di cuenta de que en realidad eran mis propios pretorianos, y que sus armaduras, y mas importante aun sus tradiciones, habian pasado de esa epoca inconcebiblemente temprana a la mia. Mis guardias se habian convertido en mis guardias: mis carceleros.
Como la voladora era una flecha y yo a veces vislumbraba nubes veloces, espere que el viaje fuese corto; pero transcurrio al menos una guardia, y quizas otra, antes de que sintiera bajar la nave y viese la pista de aterrizaje. Lugubres muros de roca viva se alzaron a nuestra izquierda, giraron y se perdieron de vista.
Cuando el piloto retrajo la cupula del techo, el viento que me azoto la cara era tan frio que supuse que habiamos volado a los campos de hielo del sur. Baje; y lo que vi al alzar los ojos fue una alta ruina de nieve y piedra destruida. Rodeandonos por completo, unos mellados picos sin rostro asomaban a traves de unas nubes acorraladas. Estabamos entre montanas, pero montanas que aun no habian sido talladas a semejanza de hombres y mujeres; montanas tan informes, pues, como las que se ven en las pinturas mas antiguas. Me hubiera quedado mirandolas hasta el crepusculo, pero un punetazo en la oreja me dejo tendido.
Me levante consumido de rabia impotente; tambien me habian maltratado despues de que me arrestaran en Saltus y habia logrado que aquel oficial se convirtiera en un amigo. Ahora sentia que no habia conseguido nada, que el ciclo empezaba de nuevo, que estaba destinado a durar, y que tal vez continuaria hasta mi muerte. Decidi que no. Antes de que el dia acabara, el cuchillo que yo llevaba en la bota segaria una vida.
Entretanto la mia me manaba de la oreja retumbante, caliente, como surgida de la caldera donde me embebia la carne helada.
Me arrastraron entre un torrente mucho mayor de carros, de vastos, presurosos carros cargados de mas rocas destrozadas, carros de los que no tiraban bueyes ni esclavos pero que rodaban, por empinada que fuese la cuesta, lanzando al aire brillante densas nubes de polvo y de humo, bramando como toros cada vez que nos cruzabamos en el camino. Muy arriba, en la montana, un gigante con armadura cavaba la roca con manos de hierro, mas pequeno a lo lejos que un raton.
