quitarselo; pero no lo hizo, y parecia tan fascinado como yo.

Lentamente, con un sinfin de dolor y trabajo, Eskil levanto el fusil y lo fue girando hasta apuntarme con el canon. A la tenue luz de las estrellas yo le miraba los dedos rigidos, que tanteaban y tanteaban.

Tal como el victimario, la victima. Un rato antes yo habria podido salvarme con solo descubrir la traba que permitia que el fusil disparase. El, que tan bien sabia donde estaba y como funcionaba, me habria matado si sus dedos entumecidos hubiesen podido soltarla. Impotentes los dos, nos mirabamos fijamente.

Al cabo su fuerza ya no pudo soportar el peso del arma, que cayo a la cubierta, con un tableteo. Senti que el corazon me estallaba de piedad. En ese momento yo mismo hubiera apretado el gatillo. Se me movieron los labios, pero apenas me entere de lo que estaba diciendo.

Eskil se sento sin quitarme los ojos de encima.

En el mismo momento el barco empezo a detenerse. La cubierta bajo hasta quedar casi horizontal y las plumas de agua de la popa se desvanecieron como una ola que rompe en la playa. Me levante a ver donde estabamos; Eskil tambien se levanto, y en seguida se nos unio el amigo que lo habia cuidado y me vigilaba a mi.

A la izquierda se alzaba el terraplen del Gyoll, cortando el cielo nocturno como la hoja de una espada. Nos deslizabamos a lo largo del terraplen casi en silencio; el bramido de los motores que nos habian propulsado tan velozmente era ahora un ruido apagado. Habia una escalera que bajaba hasta el agua, pero ninguna mano amiga que nos amarrase. De la proa salto un marinero, y otro le arrojo el cabo. Un momento despues una pasarela unio la escalera con el barco.

En la popa aparecio el oficial flanqueado de fusileros con antorchas. Se detuvo a mirar a Eskil; luego llamo a los tres soldados. Tuvieron un largo conciliabulo en voz demasiado baja para que yo pudiera oirlos.

Por ultimo el oficial y mi guardia se me acercaron, seguidos por los hombres de las antorchas. Despues de uno o dos alientos el oficial dijo: —Quitenle la camisa.

Eskil y su amigo vinieron a pararse a nuestro lado.

—Ha de quitarse la camisa, sieur —dijo Eskil—. Si no tendremos que arrancarsela.

Para probarlo pregunte: —?Y tu lo harias?

Se encogio de hombros, y yo desabroche la fina capa que habia tomado de la nave de Tzadkiel y la deje caer en la cubierta; luego, pasandomela por encima de la cabeza, me quite la camisa y la tire sobre la capa.

El oficial se acerco mas e hizo que me volviese para examinarme las costillas de los dos lados.

—Tendrias que estar muerto —balbuceo. Y enseguida—: Es verdad lo que dicen de ti.

—Como no se que se ha dicho, no puedo confirmarlo ni negarlo.

—No te estoy pidiendo que lo hagas. Vuelve a vestirte. Te lo aconsejo.

Busque mi ropa pero habia desaparecido.

El oficial suspiro.

—Alguien te las ha birlado… Un marinero, supongo. —Miro al amigo de Eskil.— Tu lo habras visto, Tanco.

—Le estaba mirando la cara, sieur, no la ropa. Pero tratare de encontrarla.

El oficial asintio.

—Que Eskil te acompane.

—Uno de los hombres le paso a otro la antorcha y se agacho a soltarme la pierna.

—No las encontraran —me dijo el oficial—. En estos barcos hay mil escondites y las tripulacion los conoce todos.

Le dije que no tenia frio.

El oficial se quito la capa del uniforme. —El que las robo, me imagino, va a cortarlas y vender los trozos. Tendria que sacar algo. Ponte esto… En el camarote yo tengo otra.

Me disgustaba aceptar su capa, pero rehusarla hubiese sido una estupidez.

—Tendre que sujetarte las manos. Es la norma. —A la luz de las antorchas las esposas brillaban como plata; sin embargo mordian las munecas como todas las demas.

Bajamos los cuatro por la pasarela a unos escalones que parecian casi nuevos; subimos y en una sola fila tomamos por una calle angosta bordeada de jardincitos y casas desparejas, la mayoria de una sola planta: primero uno con una antorcha, yo siguiendolo, detras de mi el oficial con la pistola desenfundada colgando a un lado, y a retaguardia otro portador de antorcha. Un peon que volvia a su casa se paro a mirarnos; aparte de el no habia nadie.

Por encima del hombro le pregunte al oficial adonde me llevaba.

—Al puerto viejo. Han arreglado un casco para meter prisioneros.

—?Y despues?

No lo veia, pero me imagine como se encogia de hombros.

—No lo se. Me ordenaron que te arrestara y te trajera aqui.

Hasta donde alcanzaba a ver, «aqui» era un jardin publico. Antes de que entraramos en la oscuridad, bajo los arboles, levante los ojos y me vi a mi mismo por entre las hojas mustias de escarcha.

XXXVI — La ciudadela otra vez

Mi esperanza era ver elevarse el sol viejo antes de que me encerraran. No se cumplio. Estuvimos mucho tiempo, o lo que a mi me parecio mucho, subiendo por una colina. Mas de una vez las antorchas alzadas pusieron fuego a hojas rojizas que encendieron algunas otras, soltando antes de apagarse ese humo punzante que es el aliento mismo del otono. Mas hojas salpicaban el sendero, pero estaban empapadas de lluvia.

Por fin llegamos adonde se cernia un muro tan empinado que la luz de las antorchas no alcanzaba a revelar el borde, de modo que por un momento lo tome por la Muralla de Nessus. Un hombre con media armadura se apoyaba en el asta de una alabarda ante el oscuro, estrecho vano de una puerta salediza. Al vernos no se enderezo ni mostro ninguna senal de respeto por el oficial; pero cuando ya estabamos cerca de el, golpeo la puerta de hierro con el regaton de acero del arma.

La puerta se abrio desde dentro. Mientras cruzabamos el espesor del muro —que aunque era grande no podia compararse con el de la Muralla de Nessus—, me detuve tan de pronto que el oficial casi choca conmigo. El guardia interior estaba armado con una larga espada de doble filo, cuya punta cuadrada dejaba descansar en las piedras del pavimento.

—?Donde estoy? —le pregunte al oficial—. ?Que lugar es este?

—Donde te dije que te llevaria —me respondio—. Alli esta el casco.

Mire y vi una inmensa torre, toda de metal resplandeciente.

—Le da miedo mi espada —dijo el guardia arrastrando las palabras—. Es muy afilada, socio. Ni siquiera la sentiras.

El oficial le espeto: —Trataras al prisionero de sieur.

—Mientras este usted, sieur, es posible.

No se que pudo haberle dicho o hecho el oficial; mientras hablaban, de la torre habia salido una mujer seguida de un joven criado con una linterna. Aunque por la riqueza del uniforme lo superaba en rango, el oficial la saludo del modo mas negligente y dijo: —Veo que le cuesta dormir.

—En absoluto. Su mensaje anunciaba que vendria y se que es hombre de palabra. Prefiero inspeccionar a los clientes nuevos en persona. Dese la vuelta, socio, y dejeme verlo.

Hice lo que pedia.

—Magnifico especimen, y no le han dejado una sola marca. ?No se resistio?

El oficial dijo: —Le regalamos una tabula rasa.

Como no agregaba nada mas, uno de los soldados con antorcha susurro: —Peleo como un demonio, madame Prefecta.

La mirada que le disparo el oficial indicaba que iba a pagar por el comentario.

—Supongo que siendo un cliente tan docil —continuo la mujer— apenas necesitare de usted y sus hombres

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