Temiendo que Burgundofara volviera de pronto o algun marinero me viese la cara, subi los pocos escalones que llevaban al alcazar y descubri que habiamos zarpado mientras yo estaba a solas con mis pensamientos. Os habia quedado muy atras, y se habria perdido de vista si la atmosfera no fuera clara como hialita. Bien conocia yo sus desgraciadas calles y su gente viciosa; pero en el chispeante aire matinal, la tambaleante muralla y las torres destartaladas me parecieron las de una ciudad tan encantada como la que habia visto en el libro marron de Thecla. Recordaba la historia, desde luego, como recuerdo todo; y empece a contarmela, apoyado en la baranda y susurrando las palabras mientras miraba desvanecerse la ciudad, acunado por el suelto balanceo de nuestro velero, que apenas se escoraba bajo la mas leve de las brisas.

EL CUENTO DE LA CIUDAD QUE OLVIDO A FAUNA

Hace mucho tiempo, cuando el arado era reciente, nueve hombres remontaron un rio en busca de un terreno donde establecer una ciudad nueva. Despues de fatigarse muchos dias remando entre meros yermos, llegaron a un lugar donde una anciana habia construido una choza de madera y habia plantado un jardin.

Alli vararon la barca, pues las provisiones que llevaban se habian acabado y hacia muchos dias que solo comian lo que pudieran pescar y bebian nada mas que agua del rio. La anciana, que se llamaba Fauna, les dio hidromiel y melones maduros, alubias blancas, negras y rojas, zanahorias y nabos, pe— pinos gruesos como un brazo, manzanas, cerezas y albaricoques.

Aquella noche durmieron junto al fuego de ella; y por la manana, mientras recorrian la tierra comiendo fresas y uvas, vieron que alli habia todo lo necesario para construir una gran ciudad: de las montanas podia transportarse piedra en balsas de troncos, abundaba el agua buena y la riqueza del suelo engendraba retonos verdes en todas las semillas.

Entonces deliberaron. Algunos dijeron que apremiaba matar a la anciana. Otros, mas compasivos, que solo debian dejarla de lado. Otros mas propusieron enganarla de un modo u otro.

Pero el jefe era un hombre piadoso que dijo:

—Estad seguros de que, si cometemos alguna de esas maldades, el Increado no dejara que pase inadvertida; porque ella nos ha acogido y nos ha dado todo lo que posee salvo la tierra. Ofrezcamosle nuestro dinero. Quiza lo acepte, pues ignora el valor de lo que tiene.

Asi que lustraron cada trozo de cobre o laton, los pusieron en una bolsa y se la ofrecieron a la anciana. Pero ella la rechazo, porque amaba su hogar.

—Atemosla y metamosla en uno de sus barriles —dijeron algunos—. Luego, para librarnos de ella, solo tendremos que empujar el barril a la corriente; ?y quien de nosotros tendra sangre en las manos?

El jefe sacudio la cabeza.

—Seguro que su fantasma sera la maldicion de nuestra nueva ciudad —les dijo.

De modo que anadieron su plata al dinero de la bolsa y se la ofrecieron de nuevo; pero, como antes, la anciana la rechazo.

—Es vieja —dijo uno—, y segun la naturaleza ha de morir pronto. Me quedare aqui un tiempo mientras vosotros volveis a vuestras casas. Cuando ella muera, ire yo tambien a llevaros la noticia.

El jefe meneo la cabeza, pues en los ojos del que habia hablado veia asesinato; y al fin anadieron a la bolsa el oro que tenian (que no era mucho) y una vez mas se la ofrecieron a la anciana. Pero ella, que amaba su hogar, la rechazo como antes.

Entonces el jefe le dijo: —Dinos que aceptaras a cambio de este lugar. Porque te prevengo que lo conseguiremos como sea, y no puedo retener a los otros mucho mas.

Y la anciana se concentro y penso largo rato, y por fin dijo: —Cuando construyais la ciudad, en el centro pondreis un jardin con arboles que den flores y frutos, y tambien con plantas modestas. Yen el centro de ese jardin alzareis una estatua mia hecha de materiales preciosos.

Ellos accedieron de buena gana, y cuando regresaron al lugar con sus esposas e hijos no vieron a la anciana por ningun lado. La choza, el palomar y las conejeras las usaron como lena, y mientras construian la ciudad se deleitaron con los alimentos que ella habia dejado. Pero en el centro de la ciudad, como habian jurado, hicieron un jardin; y aunque no era un jardin grande, juraron que lo agrandarian cada vez mas. En medio del jardin alzaron una estatua de madera pintada.

Pasaron los anos; la pintura se despego, y en la madera se abrieron grietas. En los parterres crecian hierbajos, aunque siempre habia algunas ancianas que los arrancaban para plantar calendulas y malvalocas, y esparcian migas para las palomas que se posaban en los hombros de la figura de madera.

La ciudad se dio un nombre majestuoso y desarrollo murallas y torres, aunque las murallas eran pequenas para impedir que entraran los mendigos y en los puestos de guardia de las torres anidaban las lechuzas. Ni viajeros ni campesinos usaban el nombre majestuoso: los primeros la llamaban Pestis y las Otros Urbis. Pero muchos mercaderes y muchos forasteros se asentaron en ella, y la ciudad crecio hasta alcanzar los talones de las montanas, y los campesinos vendieron sus tierras y prados y se hicieron ricos.

Al fin cierto mercader compro el enmaranado jardincito del centro del Barrio Antiguo y sobre los parterres construyo galerias y tiendas. Como la lena era cara, quemo los viejos, nudosos manzanos y moreras; y al fin quemo la figura de la mujer y de la madera salieron hormigas que estallaron entre los tizones.

Cuando la cosecha era escasa, los padres de la ciudad tomaban el maiz que habia y lo distribuian al precio del ano anterior; pero un ano no hubo cosecha. Los mercaderes pidieron saber con que derecho los padres de la ciudad hacian eso, pues ellos deseaban vender el poco maiz que hubiese al precio del mercado.

Impulsados por los mercaderes, los muchos pobres de la ciudad tambien protestaron, reclamando pan a costo publico. Entonces los padres de la ciudad recordaron que sus padres les habian ensenado el nombre con el que gobernaban la ciudad, pero ninguno consiguio pronunciarlo. Hubo lucha y muchos incendios —pero nada de pan—, y antes de que el ultimo incendio se apagara muchos habian dejado la ciudad para buscar bayas y cazar conejos.

Hoy la ciudad esta en ruinas, y sus torres desmoronadas; pero se dice que queda una anciana que en el centro, entre los destartalados muros, ha hecho un jardin.

Cuando murmure las palabras que acabo de escribir, Os habia casi desaparecido; pero yo permaneci donde estaba, apoyado en la baranda del pequeno alcazar, cerca del codaste, mirando el rio que brillaba atras, al noreste.

Esa parte del Gyoll, debajo de Thrase pero sobre Nessus, es muy diferente de la que esta debajo de Nessus. Aunque ya trae desde las montanas una carga de limo, es demasiado fluido como para atascar el cauce; y por esto, y porque esta confinado entre montanas rocosas, durante unas doscientas leguas corre derecho como una pertiga.

Las velas nos habian llevado al centro de la corriente, donde un velero podia recorrer tres leguas en una guardia; bien cenidas, apenas dejaban lugar suficiente para que el timon mordiera el agua turbulenta. El mundo superior estaba hermoso, alegre y pleno de sol, aunque muy al este habia una mancha negra no mas grande que mi pulgar. De tanto en tanto la brisa que colmaba las velas se apagaba, y las extranas, tiesas banderas dejaban de sacudirse y caian inertes en los mastiles.

Yo tenia conciencia de que cerca de mi habia dos marineros acuclillados, pero suponia que estaban de guardia, dispuestos a orientar la mesana (el palo de mesana pasaba por la cubierta superior) si era preciso. Cuando por fin me volvi con la intencion de ir a proa, me estaban mirando; los reconoci a los dos.

—Lo hemos desobedecido, sieur —balbuceo Declan—. Pero fue porque nos dio la vida y lo amamos. Disculpenos, se lo ruego. —No era capaz de mirarme a los ojos.

Herena asintio. —Mi brazo se desesperaba por seguirlo, sieur. Cocinara, lavara y barrera para usted… Hara lo que usted le ordene. —Como yo no decia nada, agrego:— Son mis pies, que se rebelan. Cuando usted se va no quieren estarse quietos.

Declan dijo: —Hemos oido lo que le profetizo a Os. Yo no se escribir, sieur, pero me acuerdo de todo y encontrare a alguien que sepa. La maldicion que echo usted sobre esa ciudad maligna no sera olvidada.

Me sente en la cubierta frente a ellos.

—No siempre es bueno dejar la tierra natal.

Herena extendio la mano ahuecada —la mano que yo le habia moldeado— y la volvio hacia abajo.

—?Como va a ser bueno encontrar al senor Urth y luego perderlo? Ademas, si me hubiese quedado con

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