El hacha volvio a golpear la pared, creo que a menos de un cubito de mi oreja. Frio como una serpiente y con olor a podrido, el brazo del muerto me rozo el brazo. Luche con el movido por el instinto, no por el pensamiento.
Aparecieron bujias y una linterna. Un par de hombres casi desnudos arrebataron el hacha al muerto y Burgundofara le puso un cuchillo en la garganta. Al lado de ella estaba Hadelin con un alfanje en una mano y una vela en la otra. El posadero acerco su lampara a la cara del muerto y la dejo caer.
—Esta muerto —dije—. Sin duda habra visto hombres asi alguna vez. Tambien a usted y a mi nos llegara el turno. —Desplace de una patada las piernas del muerto, como nos habia ensenado el maestro Gurloes; el cuerpo se desplomo junto a la lampara apagada.
Bugundofara balbuceo: —Lo apunale, Severian. Pero… —El esfuerzo por no llorar le cerro la boca. Le temblaba la mano con el cuchillo ensangrentado.
Mientras yo la abrazaba, alguien grito: —?Mirad!
Lentamente, el muerto estaba incorporandose. Si en el suelo habia tenido los ojos cerrados, ahora los abria, aunque aun con la mirada desenfocada de los cadaveres y un parpado caido. De una angosta herida en el flanco le manaba una sangre oscura.
Hadelin se adelanto con el alfanje preparado.
—Espere —dije, y lo retuve.
Las manos del muerto me buscaron la garganta. Las tome en las mias, ya sin tenerle miedo ni sentir horror. Lo que sentia en cambio era una pena terrible, por el y por todos nosotros, pues sabia que en cierta medida estamos todos muertos, medio dormidos, como el lo estaba del todo, sordos al canto de la vida adentro y a nuestro alrededor.
Dejo caer los brazos a los lados. Le acaricie las costillas con la mano derecha y por la mano fluyo la vida, como si cada dedo fuera a desplegar unos petalos y abrirse como una flor. Mi corazon era un motor poderoso capaz de estar siempre en marcha y estremecer el mundo con cada latido. Nunca me he sentido tan vivo como entonces, mientras le devolvia la vida.
Y lo vi; todos los vimos. Los ojos dejaron de ser cosas muertas y se volvieron organos humanos con los cuales nos miraba un hombre. La fria sangre de la muerte, la amarga materia que mancha los bordes del tajo del carnicero, se animaba en el otra vez y chorreaba de la herida que le habia hecho Burgundofara. La herida se le cerro y cicatrizo en un instante, dejando apenas una mancha carmesi en el suelo y una linea blanca en la piel. La sangre le subio a las mejillas, que se oscurecieron y encendieron.
Antes de ese momento yo habria dicho que el muerto era un hombre maduro; el joven que parpadeaba ante mi no tenia mas de veinte anos. Recordando a Miles, le puse un brazo en los hombros, y con las palabras suaves y lentas que habria empleado con un perro, le dije algo asi como bienvenido una vez mas a la tierra de los vivos.
Hadelin y los demas que habian ido a ayudarnos retrocedieron, los rostros contraidos de miedo y asombro; y yo pense (como pienso ahora) que extrano era que hubiesen sido tan valientes frente a un horror y tan cobardes frente a la palinodia del sino.
Quiza solo sea que la lucha contra el mal nos lleva a trabarnos con nuestros hermanos. Por mi parte, esa noche entendi algo que me habia confundido desde nino: la leyenda de que en la batalla final ejercitos enteros de demonios huiran a la mera vista de un combatiente del Increado.
El ultimo en marcharse fue el capitan Hadelin. Se detuvo en la puerta, buscando valor para hablar o simplemente palabras; luego dio media vuelta y desaparecio, dejandonos en la oscuridad.
—En algun lugar hay una vela —murmuro Burgundofara. Oi que la buscaba.
Un momento despues tambien la vi, envuelta en una manta, encorvada sobre la mesita que habia al lado de la cama rota. De nuevo brillaba la luz que habia aparecido en la choza del enfermo, y ella, advirtiendo entonces su propia sombra alli delante, se dio vuelta, vio la luz y gritando echo a correr tras los demas.
No parecia de mucho provecho correr detras de ella. Bloquee lo mejor posible el vano con sillas y los restos de la puerta, y a la luz que jugueteaba en donde pusiera los ojos arrastre al suelo el colchon rajado, para que descansaramos el que habia estado muerto y yo.
Digo descansaramos, y no durmieramos, porque no creo que ninguno de los dos haya dormido; una o dos veces yo dormite, pero me desperte y lo vi pasearse a lo largo de la habitacion en trayectos no confinados por las cuatro paredes. Cada vez que cerraba los ojos, me parecio, se me volvian a abrir para ver como brillaba mi estrella en el techo. El techo se habia vuelto transparente como una gasa, y yo veia la estrella disparada hacia nosotros, y no obstante infinitamente remota; y al fin me levante y abri los postigos, y me asome a la ventana.
Era una noche clara y fria; cada estrella del firmamento parecia una gema. Descubri que sabia donde estaba la mia, tal como los grises gansos salvajes, que aunque solo los oigamos gritar a traves de una legua de niebla, siempre saben donde posarse. O mejor dicho, sabia donde tenia que estar mi estrella; pero al mirar solo vi la oscuridad infinita. En cada rincon del cielo habia una densa trama de estrellas, como diamantes en la capa de un maestro; y acaso pertenecieran, las estrellas, a algun insensato mensajero tan desolado y perplejo como yo. Pero ninguna era mia. La mia estaba alli (en algun lugar), lo sabia, aunque no fuera posible verla.
Cuando uno escribe una cronica como esta, siempre quiere describir procesos; pero hay hechos que no se desarrollan como un proceso, que ocurren de una vez: no son, y por lo tanto son. Asi pasaba ahora. Imaginad un hombre parado frente a un espejo; cae una piedra, y en un instante el espejo se hace anicos.
Y el hombre comprende que es el mismo, no el hombre reflejado que habia creido ser.
Eso me pasaba a mi. Habia sabido que era la estrella, un faro en la frontera entre Yesod y Briah, recorriendo la noche. Luego la certeza se desvanecio y volvi a ser un hombre apoyado en un alfeizar, un hombre aterido y empapado de sudor, temblando de oir como se movia por la pieza el hombre que habia estado muerto.
La ciudad de Os estaba en tinieblas: la verde Luna acababa de ponerse detras de colinas oscuras, mas alla del negro Gyoll. Mire el lugar donde habian estado Ceryx y su publico, y en la penumbra me parecio divisar algun rastro de ellos. Llevado por un impulso que no habria sabido explicar, retrocedi a la habitacion y me vesti; luego me subi al alfeizar y salte a la calle enfangada.
El impacto fue tan severo que por un momento temi haberme quebrado un tobillo. En la nave yo habia sido liviano como un lanugo, y tal vez la pierna nueva me habia dado una confianza excesiva. Ahora me daba cuenta de que tendria que aprender de nuevo como saltar en Urth.
Como las estrellas se habian velado de nubes, tuve que buscar a tientas lo que habia visto desde arriba; pero descubri que no me habia equivocado. Un candelabro de laton sostenia los goteantes restos de una vela de cera que ninguna abeja habria reconocido. En la alcantarilla yacian juntos los cuerpos de un gatito y un pajaro pequeno.
Mientras los examinaba, el hombre que habia estado muerto se planto de un salto a mi lado, arreglandoselas para caer mejor que yo. Le hable, pero no contesto; me aleje un poco por la calle. Me siguio docilmente.
A esas alturas yo no tenia ganas de dormir, y una sensacion que no estoy tentado de llamar irrealidad —el jubilo de saber que mi ser ya no residia en la marioneta de carne que la gente acostumbraba llamar Severian, sino en una remota estrella con suficiente energia para hacer florecer diez mil mundos— habia lavado la fatiga que sintiera despues de restaurar al hombre muerto. Recorde cuanto habiamos andado con Miles cuando ninguno de los dos habria debido dar un paso, y supe que ahora las cosas eran diferentes.
—Ven —dije—. Echaremos un vistazo a la ciudad, y no bien la primera cantina quite el cerrojo te convidare a un trago.
No me respondio. Cuando lo conduje a un sitio donde brillaban las estrellas, puso la cara de alguien que se asombra en medio de suenos extranos.
Si describiera nuestros vagabundeos en detalle, lector, sin duda te aburririas; pero para mi no fue aburrido. Caminamos por las cumbres de las colinas, hacia el norte, hasta topar con la muralla de la ciudad, una cosa destartalada cuya construccion parecia tanto producto del orgullo como del miedo. De vuelta caminamos por callejuelas acogedoras, tortuosas, bordeadas de casas a medias de madera, para llegar al rio justo cuando a nuestras espaldas apuntaba sobre los techos la primera luz del nuevo dia.
Mientras paseabamos admirando los veleros de muchos palos, nos paro un viejo, madrugador y (como tantos otros viejos) sin duda hombre de mal dormir.
