toma… Aunque a usted preferiria no cobrarle nada.
La cuenta de Hadelin se resolvio con mucho menos calculo y partimos los cuatro. De todas las posadas en donde he estado, creo que La Cazuela es la que mas lamente dejar, tan buenas eran la comida y la bebida, y la parroquia de honrados riberenos. A menudo he sonado con volver, y acaso alguna vez lo haga. Cuando Zama rompio la puerta, por cierto, acudieron en nuestra ayuda muchos mas huespedes que los que cabia esperar, y me gustaria pensar que uno o varios de ellos eran yo. De hecho, a veces me parece que aquella noche, a la luz de las velas, vislumbre mi propia cara.
Como fuese, cuando salimos a la calle recien amanecida no pensaba en esto. Ya habia pasado el primer silencio del alba, y los carros traqueteaban rumbo al mercado; unas mujeres de panuelo en la cabeza se paraban y nos miraban. Un aparato volador que parecia una gran langosta emitio un zumbido monotono; lo observe hasta que se perdio de vista, sintiendo el extrano viento espectral de los pentadactilos que habian atacado a nuestra caballeria en Orythia.
—Ya no se ven muchos, sieur —comento Hadelin con una rudeza que yo no habia aprendido aun a reconocer como deferencia—. Ahora la mayoria ha dejado de volar.
Confese que nunca habia visto uno parecido.
Doblamos en una esquina y al pie de la pendiente aparecio una hermosa vista: el muelle de piedra oscura y los barcos y lanchas amarrados, y mas alla el ancho Gyoll, las aguas rielando al sol y la otra orilla oculta por una bruma brillante.
—Estamos sin duda muy al sur de Thrax —le dije a Burgundofara, confundiendola un momento con Gunnie, a quien le habia contado algo de la ciudad.
Se volvio, sonriendo, e intento tomarme del brazo. Hadelin dijo: —A una buena semana, salvo que haya viento a favor todo el viaje. Hay que tener mucho cuidado. Me sorprende que conozca un lugar tan rustico.
Cuando llegamos al muelle ya teniamos detras una multitud, no demasiado cerca, pero murmurando y senalandonos a Zama y a mi. Burgundofara trato de ahuyentarlos, y como no pudo me pidio que lo hiciera yo.
—?Por que? —dije—. Vamos a zarpar en seguida.
Una anciana llamo a Zama de un grito y corrio a abrazarlo. El sonrio, y era obvio que ella no tenia mala intencion. Un momento despues, cuando la anciana quiso saber si estaba bien, vi que el asentia y le pregunte si era su abuela.
Ella hizo una reverencia campesina.
—Oh, no, sieur. Pero en otros tiempos la conoci, y a todos sus hijos. Cuando oi que Zama habia muerto senti que tambien moria un pedazo de mi.
—Y asi era —le dije.
Unos marineros vinieron a cargar nuestros Barcenos, y me di cuenta de que habia estado tan absorto en Zama y la anciana que no habia dedicado ni una mirada al velero de Hadelin. Era un jabeque y parecia facil de manejar; con los barcos siempre he tenido suerte. Ya a bordo, Hadelin nos hacia senas.
La anciana se aferraba a Zama con las mejillas humedas. Mientras yo miraba, el le seco una lagrima y dijo: —No llores, Mafalda.
Fue la unica vez que hablo.
Los autoctonos dicen que su ganado puede hablar, aunque este callado; sabe que hablar es invocar a los demonios, ya que en la lengua del empireo nuestras palabras son solo maldiciones. Asi, de hecho, parecia ocurrir con Zama. La multitud se abrio como se apartan las olas para las terribles fauces de un kronosaurio, y por entre ellas avanzo Ceryx.
Una cabeza humana podrida coronaba el baculo con regaton de hierro, y sobre el magro cuerpo llevaba una piel de hombre; pero cuando le vi los ojos me extrano que se molestara con tanto aparato, como se extrana uno al ver una mujer hermosa cargada de cuentas de vidrio y vestida con seda falsa. No me habia dado cuenta de que era un mago tan poderoso.
Impelido por la educacion de mi infancia, tome el cuchillo que Burgundofara me puso en la mano, y con la hoja de plano frente a la cara, lo salude antes de que el Increado juzgara entre los dos.
Sin duda penso que queria matarlo, como pedia Burgundofara. Apretando la mano izquierda contra la boca dijo unas palabras y se preparo a lanzar el hechizo envenenado.
Zama cambio. No despacio, como ocurren estas cosas en los cuentos: subita, y por eso mas espantosamente, volvio a ser el muerto que habia irrumpido en la habitacion. La multitud dejo escapar un grito como el chillido de un tropel de monos.
Ceryx habria huido, pero se cerraron ante el como un muro. Puede que alguien lo agarrara o lo obstruyese a proposito; no lo se. Al instante Zama se le habia echado encima, y oi que se le partia el cuello como se parte un hueso en las fauces de un perro.
Uno o dos alientos permanecieron juntos, el muerto sobre el muerto; luego Zama se levanto, vivo una vez mas y ahora vivo del todo, o eso parecia. Observe que nos reconocia a la anciana y a mi y que separaba los labios. Media docena de filos lo traspasaron antes de que pudiera hablar.
Cuando llegue a el era menos un hombre que un pedazo de carne sanguinolenta. De la garganta le brotaban menguantes arroyos de sangre; sin duda el corazon latia aun, aunque le habian abierto el pecho con una hoz. Me agache sobre el e intente llamarlo a la vida una vez mas. Desde el suelo, en la cabeza clavada en el baston de Ceryx, los ojos se volvieron a mirarme en unas putridas fosas; me aleje asqueado, perplejo —yo, un torturador— de haberme vuelto tan cruel. Alguien me tomo de la mano y me llevo hacia el barco. Mientras subiamos por la pasarela temblorosa descubri que era Burgundofara.
Hadelin nos recibio entre marineros presurosos.
—Esta vez lo cazaron, sieur. Anoche todos teniamos miedo de dar el primer golpe. De dia es muy diferente.
Sacudi la cabeza.
—Lo mataron porque ya no era peligroso, capitan. Burgundofara susurro: —Tendrias que acostarte. Te cuesta muchisima energia.
Hadelin senalo entonces una puerta bajo la cubierta superior.
—Si quiere bajar, sieur… Le ensenare el camarote. No es grande, pero…
Volvi a sacudir la cabeza. A cada lado de la puerta habia un banco y pedi descansar alli. Burgundofara fue a mirar el camarote mientras yo intentaba borrarme de los ojos el rostro de Zama y miraba a los tripulantes que se preparaban a partir. Uno de esos curtidos hombres del rio me parecio familiar; pero a mi, que no puedo olvidar nada, a veces me cuesta acorralar la presa en una memoria que crece y es cada vez mas vasta.
XXXIII — A bordo del Alcyone
Era un jabeque, bajo en el agua y angosto en el combes. El palo de trinquete llevaba una inmensa vela latina, el mayor tres velas cuadradas que podian bajarse a la cubierta para arrizarlas y el de mesana una cangreja con una gavia cuadrada encima. La botavara de la cangreja se prolongaba en un mastil, de modo que en las ocasiones festivas (y al parecer Hadelin considero que nuestra partida lo era) se podia colgar sobre el agua un estandarte muy ornamentado. En las puntas de los palos ondeaban banderas de dibujo parecido, que hasta donde yo sabia no representaban a nacion alguna de Urth.
La verdad es que navegar tiene algo de irresistiblemente festivo, siempre y cuando se haga de dia y con buen tiempo. A cada momento tenia la impresion de que ibamos a zarpar, y a cada momento el corazon se me aligeraba. Me parecia que era incorrecto estar contento, que habria debido sentirme infeliz y exhausto, como en realidad me habia sentido al mirar el cuerpo del pobre Zama y luego durante un tiempo mas. Sin embargo habia podido seguir asi. Me subi la capucha tal como una vez, sonriendo, me habia subido la de la capa de torturador mientras marchaba al exilio bordeando la Via de Agua, y aunque esta capa (que habia tomado de mi camarote en la nave de Tzadkiel una manana ahora tan remota como el primer amanecer de Urth) era fuligena por pura casualidad, sonrei una vez mas al darme cuenta de que la Via de Agua se extendia a lo largo de ese mismo rio y de que el agua que batia nuestro casco pronto llenaria sus oscuros brocales.
