Madre no habria podido escapar. Pero aunque me pidiera en matrimonio un optimate, yo lo seguiria a usted adonde fuera.
—?Me siguio tambien tu padre? ?O algun otro? No os quedareis conmigo si no decis la verdad.
—Yo no le mentiria nunca, sieur. No, nadie mas. Me habria dado cuenta.
—?Realmente me seguiste, Herena? ?O corristeis los dos delante de mi, como tu cuando nos viste bajar de la nave voladora?
Declan dijo: —Ella no queria mentir, sieur. Es una buena chica. Era una forma de hablar, nada mas.
—Ya lo se. ?Pero os adelantasteis?
Declan asintio. —Si, sieur. Ella me dijo que el dia anterior usted y la mujer habian hablado de ir a Os. Asi que cuando ayer no nos dejo acompanarlo… —Hizo una pausa, frotandose la barbilla grisacea mientras rumiaba la decision que lo habia llevado a dejar la aldea.
—Nosotros fuimos primero, sieur —concluyo Herena simplemente—. Dijo que nadie iria con usted salvo la mujer y que nadie podia seguirlo. Pero no dijo que no podiamos ir a Os de ninguna manera. Nos marchamos mientras Anian y Ceallach le hacian el baston.
—O sea que llegasteis antes que nosotros. Y hablasteis con la gente, ?no? Le contasteis lo que habia pasado en vuestras aldeas.
—No teniamos mala intencion, sieur —dijo Herena.
Declan asintio. —Deberia decir que no la tenia yo. En realidad no fue ella quien hablo, al menos mientras no le preguntaron. Fui yo, que siempre he sido tan lento de palabra. Solo que cuando hablo de usted, no lo soy, sieur. —Trago aire, y enseguida continuo:— A mi me han pegado, sieur. Dos veces los recaudadores de impuestos, una la ley. La segunda vez fui el unico hombre de Gurgustii que lucho, y me dieron por muerto. Pero si usted quiere castigarme, no tiene mas que decirlo. Si usted lo ordenara me tiraria al agua ahora mismo, aunque no se nadar.
Menee la cabeza.
—No tuviste mala intencion, Declan. Gracias a ti Ceryx supo de mi y el pobre Zama tuvo que morir por segunda vez, y por tercera. Pero ignoro si fue todo para bien o para mal. No sabremos si algo ha sido bueno o malo hasta que no lleguemos al final del tiempo. De los que actuan solo podemos juzgar las intenciones. ?Como supisteis que ibamos a tomar este barco?
Se estaba levantando viento; Herena se envolvio mejor en su estola.
—Nos habiamos ido a dormir, sieur…
—?En una posada?
Declan carraspeo. —No, sieur, en un tonel. Pensamos que si llovia no ibamos a mojarnos. Y ademas yo podia dormir a la entrada y ella en el fondo, para que nadie la agarrara sin pasar por encima de mi. Habia gente que no queria, pero cuando les explique nos dejaron.
—Derribo a dos a punetazos, sieur —dijo Herena—, pero creo que no les hizo dano. Se levantaron de nuevo y huyeron.
—Luego, sieur, hacia un rato que dormiamos cuando vino a despertarme un muchacho. Era mozo en la posada donde estaba usted, sieur, y queria contarme que le habia servido la bebida y que usted habia resucitado a un muerto. Entonces ella y yo fuimos a ver. En la taberna habia un monton de gente, todos hablando de lo que habia pasado, y algunos nos conocian porque ya les habiamos contado de usted. Como el mocito, sieur. Nos convidaron cerveza porque no teniamos dinero, sieur, y nos dieron huevos duros y sal, que para los que beben alli es gratis. Y ella oyo a un hombre decir que usted y la mujer zarpaban manana en el Alcyone.
Herena asintio. —Asi que esta manana vinimos. El tonel no estaba lejos del muelle, sieur, y no bien hubo luz yo desperte a Declan. Aunque el capitan todavia no estaba, habia un hombre a cargo, sieur, y cuando dijimos que si nos tomaban trabajariamos, el hombre dijo de acuerdo, y ayudamos a subir cosas. Lo vimos venir, sieur, y lo que paso en la orilla, y desde entonces tratamos de estar siempre cerca de usted.
Yo asenti, aunque miraba hacia la proa. Hadelin y Burgundofara habian subido y estaban en el castillo. A ella el viento le apretaba al cuerpo la raida ropa de marinera, y recordando el cuerpo pesado y musculoso de Gunnie me asombro que fuera tan delgada.
—Esa mujer… —susurro Declan con voz ronca—. Justo aqui abajo, sieur… Y el capitan…
—Ya se —le dije—. Anoche en la posada tambien se acostaron juntos. No tengo nada que reclamarle. Es libre de hacer lo que quiera.
Burgundofara se volvio un momento, alzando la mirada a las velas (que ahora estaban plenas, como prenadas), y se rio de algo que le habia dicho Hadelin.
XXXIV — Saltus otra vez
Antes del mediodia nos deslizabamos a la velocidad de un yate. El viento cantaba en los obenques y las primeras gotas de lluvia salpicaron el barco como pintura arrojada al velamen. Desde mi posicion en el alcazar observe como arriaban la cofa de mesana y el juanete mayor y arrizaban una y otra vez el resto del aparejo. Cuando Hadelin se me acerco, excesivamente educado para sugerirme que fuera abajo, le pregunte si no seria razonable amarrar.
—No puedo, sieur. De aqui a Saltus no hay ningun puerto, sieur. Si fondeara en la orilla el viento nos haria encallar, sieur. Se avecina una borrasca, sieur, eso esta claro. De peores hemos salido, sieur. —Se precipito a dirigir a la cuadrilla de mesana y gritarle obscenidades al timonel.
Yo fui hacia proa. Habia una posibilidad de que pronto me ahogara, y lo sabia, pero estaba disfrutando del viento y descubri que no me importaba mucho. Estuviera o no a punto de morir, habia conocido a la vez el exito y el fracaso. Habia traido un sol nuevo que dificilmente podria cruzar el abismo del espacio durante mi vida, ni durante la de ningun nino nacido en mi tiempo. Si llegabamos a Nessus reclamaria el Trono del Fenix, escrutaria los actos del suzerano que habia reemplazado al padre Inire (pues estaba seguro de que el «monarca» mencionado por los aldeanos no podia ser Inire) y lo premiaria o castigaria segun lo mereciera. Despues viviria el resto de mi vida entre la esteril pompa de la Casa Absoluta y los horrores de los campos de batalla; y si alguna vez escribia una cronica de esas cosas, como habia escrito la de mi ascenso, con cuya anulacion comenzo este relato, poco de interes habria en ella una vez descrito el termino de este viaje.
Mi capa restallaba como una bandera al viento y la vela latina se sacudia como las alas de un ave monstruosa. Habian recogido el trinquete, y con cada racha el Alcyone respingaba hacia la rocosa costa del Gyoll como un caballo asustado. El piloto tenia una mano en el estay de mesana, miraba la vela y maldecia con la monotonia de un organillo. Al verme se interrumpio abruptamente y pregunto:
—?Puedo hablar con usted, sieur?
Tenia un aspecto absurdo quitandose la gorra con ese viento; yo sonrei al tiempo que asentia.
—Supongo que si aferra mas el trinquete le costara mas timonear…
Justo en ese momento cayo sobre nosotros toda la furia de la tormenta. Aunque la mayor parte del aparejo estaba arriado o recogido, el Alcyone se volco de costado. Cuando volvio a enderezarse (y para gloria de sus constructores lo hizo muy por su cuenta), el agua alrededor hervia de granizo y el tamborileo de las piedras en la cubierta era ensordecedor. El piloto corrio a la torre de cubierta. Yo lo segui y me asombre de verlo caer de rodillas no bien gano abrigo.
—?Sieur, no lo deje hundirse! No lo quiero para mi, sieur. Tengo mujer… dos hijitos… hace apenas un ano que me case, sieur. Nosotros…
Le pregunte: —?Por que piensa que yo puedo salvar el barco?
—Es por el capitan, ?no, sieur? Ya me ocupare yo de el en cuanto anochezca. — Tanteo el mango de la larga daga.— Tengo un par de marineros que me apoyarian, sieur. Lo hare, sieur, se lo juro.
—Eso se llama motin —le dije—. Y usted esta disparatando. —El barco volvio a inclinarse, tanto que la verga mayor quedo bajo el agua.— Soy tan capaz de desatar tormentas como…
Ya no hablaba con nadie. El agua habia barrido la cubierta y el hombre habia desaparecido entre el granizo y el diluvio. Me sente una vez mas en el angosto banco desde donde habia observado las operaciones de carga. O, mejor dicho, me precipite por el vacio como aquella vez en Yesod, cuando saltamos con Burgundofara a la nada
