negra de la extrana cupula; y, al mismo tiempo, hice que la figura que yo movia con cuerdas capaces de estrangular a media Briah, se sentara en el banco.

Doce alientos despues, o cien, el piloto regreso con Herena y Declan. De nuevo se arrodillo, mientras ellos se acuclillaban a mis pies.

—Pare la tormenta, sieur —suplico Herena—. Una vez ya nos ayudo. Usted no morira, pero nosotros si… Declan y yo. Se que lo hemos ofendido, pero fue con buena intencion y le rogamos que nos perdone.

Mudo, Declan asentia.

—Es comun que haya tormentas en otono —les dije a todos—. Como otras, esta tambien pasara.

Declan abrio la boca: —Sieur…

—?Que ocurre? —le pregunte—. No hay razon para que no hables.

—Lo vimos. Ella y yo. Cuando empezo la lluvia estabamos alla arriba, donde usted nos dejo. El piloto echo a correr. Usted iba de un lado a otro. Iba andando y el granizo no lo tocaba. Mire mi ropa, sieur, o la de ella.

—?Que quieres decir, Declan?

El piloto balbuceo: —Estan calados, sieur. Yo tambien. Pero toquese la capa, sieur, toquese las mejillas.

Lo hice, y estaban secas.

Cuando se enfrenta con lo increible, la mente vuela al lugar comun; la unica explicacion que se me ocurre es que la tela era impermeable, y que la cara me la habia protegido la capucha. Me la baje y sali al combes.

Con la cara vuelta al viento, vi caer el torrente de lluvia hacia mis ojos y oi junto a mis orejas el siseo del granizo; pero las piedras no me golpearon, y la cara y la capa siguieron secas. Era como si las palabras —las palabras que yo siempre habia creido necias— se hubiesen hecho verdad y todo lo que oia y veia fuese mera ilusion.

Casi contra mi voluntad le hable en susurros a la tormenta. Habia pensado hablar como los hombres hablan con los hombres, pero descubri que mis labios producian sonidos de viento leve, de trueno distante entre colinas y de suaves timbales de lluvia en Yesod.

Paso un momento, despues otro. El trueno se alejo bramando y el viento amaino. Con un gorgoteo cayeron al rio unas piedras mas, como guijarros tirados por un nino. Comprendi que con esas pocas palabras habia vuelto a llamar la tormenta a mi, y la sensacion era indescriptible. En cierto modo antes habia exhalado mis sentimientos, que se habian convertido en un monstruo tan salvaje como era yo en aquel momento, un monstruo con la fuerza de diez mil gigantes. Ahora volvian ser sentimientos, nada mas, y yo estaba furioso de nuevo, y no menos furioso por no saber ya por donde pasaba la linea entre el extrano, sordido mundo de Urth y yo. ?Era el aire mi aliento? ?O mi aliento era el aire? ?Era el rumor de mi sangre o la cancion del Gyoll lo que me sonaba en los oidos? Habria maldecido, pero temia el poder de mi maldicion.

—Gracias, sieur. ?Gracias!

Era el piloto, de nuevo arrodillado y dispuesto a besarme la bota si se lo permitia. Lo hice levantar se, en cambio, y le dije que nadie iba a asesinar al capitan Hadelin. Al final tuve que hacerselo jurar, porque me daba cuenta de que —como Declan o Herena— habria actuado de buena fe por lo que consideraba mi causa, desobedeciendo directamente mis ordenes. Me gustara o no yo me habia convertido en un milagrero, y a los milagreros no se los obedece como a los Autarcas.

Del resto de aquel dia, mientras duro la luz, hay poco que decir. Pense mucho, pero no hice mas que pasearme una o dos veces entre el alcazar y el castillo de proa y mirar como se deslizaban las orillas. Herena y Declan, y de hecho toda la tripulacion, me dejaron rigurosamente solo; pero cuando Urth ya parecia tocar el sol enrojecido, llame a Declan y senale la orilla este, ahora brillantemente iluminada.

—?Ves esos arboles? —pregunte—. Algunos estan en linea como soldados, otros en montones y otros en triangulos entrelazados. ?Yesos huertos?

Meneo tristemente la cabeza. —Yo tenia mis arboles, sieur. Este ano no dieron nada; apenas manzanas verdes para cocer.

—?Pero ves esos huertos?

Asintio.

—?Y los de la orilla oeste? ?Tambien son huertos?

—Son riberas demasiado humedas para cultivar, sieur. Uno las trabaja y la lluvia se lleva todo. Pero los frutales se dan muy bien.

Casi entre dientes dije: —Una vez pare en una villa llamada Saltus. Habia pocos cultivos y poco ganado, pero hasta mucho mas al norte no vi demasiados frutales.

La voz de Hadelin me sorprendio. —Raro que lo mencione, sieur. Dentro de media guardia atracaremos en Saltus.

Parecia un nino que sabe que van a pegarle. Despedi a Declan y le dije al capitan que no temiese, que ciertamente me habia enfadado con el y Burgundofara, pero ya se me habia pasado.

—Gracias, sieur. Gracias. —Por un momento dio vuelta la cara; luego me miro de nuevo, directamente a los ojos, y dijo algo que exigia mas valor moral que cualquier cosa que yo haya oido:— Quiza haya pensado que nos reiamos de usted, sieur. No es asi. En La Cazuela creimos que lo habian matado. Despues abajo, en su camarote, no lo pudimos evitar. Caimos juntos. Ella me miro y yo a ella. Cuando nos dimos cuenta habia pasado. Pensamos que ibamos a morir, despues, y supongo que anduvimos cerca.

Le dije: —Ya no tiene de que preocuparse.

—Mas vale entonces que yo baje a decirselo.

Fui a proa, pero no tarde en descubrir que, con lo que habiamos virado, la vista era mucho mejor desde la altura del alcazar. Estaba alli estudiando la orilla noroeste, cuando Hadelin volvio, esta vez con Burgundofara. Al verme, ella se desprendio del capitan y fue al otro lado de la cubierta.

—Si busca el lugar donde vamos a atracar, sieur, empieza a distinguirse ahora. ?Lo ve? Fijese en el humo, sieur, no en las casas.

—Ahora lo veo.

—En Saltus nos estaran preparando la cena, sieur. Alli hay una buena posada.

—Lo se —respondi, pensando como habiamos llegado con Jonas a traves del bosque, despues de que los ulanos dispersaran nuestro grupo en la Puerta de la Piedad, de encontrar el vino en la jarra y de tantas otras cosas. La villa misma era mas grande de lo que recordaba. Habia pensado que la mayoria de las casas eran de piedra; estas eran de madera.

Busque el poste al que habia estado encadenada Morwenna la primera vez que yo le habia hablado. Mientras la tripulacion arriaba las velas y nos deslizabamos en la pequena bahia, descubri el parche de tierra yerma pero ni poste ni cadena alguna.

Hurgue en mi memoria, que es perfecta salvo quiza algunos lapsos y distorsiones leves. Recorde el poste y el leve retintin de la cadena cuando Morwenna habia levantado las manos suplicando, como zumbaban y picaban los jejenes, y la casa de Barnoch, toda de piedra de cantera.

—Ha pasado mucho tiempo —le dije a Hadelin.

Los marineros soltaron las drizas, las velas cayeron a cubierta una tras otra y el Alcyone se deslizo hacia el amarradero; tripulantes con bicheros esperaban en el emparrillado que se extendia entre la cubierta superior y el castillo de proa, listos a protegernos del muelle o acercarnos a el.

Apenas hicieron falta. Media docena de vagabundos corrieron a agarrar los cabos y anudarlos, y el timonel nos acerco de lado con tal suavidad que las defensas de cuerda vieja que colgaban de la aleta del Alcyone besaron meramente las tablas.

—No sabe que tormenta hubo hoy, capitan —saludo uno de los vagabundos—. Acaba de aclarar hace un rato. Aca el agua llego hasta la calle. Suerte que no se la encontraron.

—Nos la encontramos —dijo Hadelin.

Yo baje a tierra medio convencido de que habia dos villas con el mismo nombre: Saltus y Nueva Saltus, o algo por el estilo.

La posada no era como la recordaba; pero tampoco muy diferente. El patio y el pozo se parecian mucho; tambien los amplios portones por donde entraban jinetes y coches. Me sente en el comedor y ordene la cena a un posadero que no reconoci, preguntandome todo el tiempo si Burgundofara y Hadelin se sentarian conmigo.

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