para llevarlo a una celda.
—Si lo desea —dijo el oficial— lo encerraremos nosotros.
—Pero si no es asi, tendran que llevarse las esposas ahora.
El oficial se encogio de hombros. —Firme que las devolveria.
—Lleveselas, pues. —La mujer se volvio hacia el jo ven criado—. Puede tratar de escaparse, Tufi. Si lo hace, me das la linterna y lo recuperas.
Mientras me soltaba las manos el oficial murmuro «No lo hagas»; luego dio un paso atras y me saludo brevemente. El de la espada, con una mueca, echo atras la puerta salediza, el oficial y sus portantorchas desfilaron afuera y la puerta se cerro con estrepito. Senti que habia perdido a mi unico amigo.
—Por alli, Ciento Dos —dijo la mujer, y senalo el umbral en el que ella habia aparecido.
Yo habia estado mirando alrededor, primero con la esperanza de escapar, luego con un aturdido asombro que no sabria describir. Las palabras me salian a borbotones; tan imposible me habria sido contenerlas como acallar mi corazon. «?Esa es la Torre Matachina! Esa es la Torre de las Brujas… ?Pero ahora esta derecha! ?Y alli esta la Torre del Oso!”
—Te llaman santo —dijo ella—. Veo que estas totalmente trastornado. —Mientras hablaba extendio las manos para mostrarme que no estaba armada, y me ofrecio una sonrisa torcida que bien habria servido para prevenirme si el oficial no me hubiese prevenido antes. Estaba claro que el harapiento muchacho no tenia armas ni representaba ninguna amenaza; ella, me imagine, tendria una pistola o algo peor bajo el suntuoso uniforme.
La mayoria no lo sabe, pero es dificil aprender a golpear a otro ser humano con toda nuestra fuerza; por un instinto antiguo, incluso el mas brutal acaba atenuando el golpe. Entre los torturadores me habian ensenado a no hacerlo. La golpee: con el canto de la mano le di en la barbilla mas violentamente que a nadie en mi vida y ella se derrumbo como una muneca. Patee la linterna, que salio como volando de la mano del chico.
El guardia de la puerta salediza levanto la espada, pero solo para cerrarme el paso. Di media vuelta y me encamine hacia el Patio Roto.
El dolor que me sacudio en ese momento fue como el del Revolucionario, el unico dolor comparable que he sentido. Era un desgarramiento, y los miembros se me separaban tan lentamente que yo hubiera preferido entonces el descuartizamiento por espada. Aun cuando ese espantoso relampago se desvanecio, y quede tendido en la oscuridad, me parecio que debajo de mi la tierra seguia sobresaltada e inquieta. Todos los canones de la batalla de Orythia tronaban al mismo tiempo.
Despues habia vuelto al mundo de Yesod. El aire puro me llenaba los pulmones y la musica de las brisas me calmaba los oidos. Me sente y descubri que era Urth, nada mas, como se le presentaba a quien habia sufrido a Abaddon. Mientras me incorporaba pense en todo el auxilio que habia enviado a ese cuerpo ruinoso; y sin embargo tenia las piernas y los brazos rigidos, frios, y un dolor insistente en cada articulacion.
Habia dormido en un catre, en una habitacion que me parecia conocida. La puerta, que la ultima vez habia sido de metal, estaba seguro, era un enrejado de barrotes; daba a un pasillo estrecho y de muchas curvas que yo habia recorrido en mi infancia. Me di vuelta para estudiar la extrana forma de la habitacion.
Era el dormitorio que habia ocupado Roche como aspirante, y a esa misma habitacion habia ido yo a asumir la vestimenta de lego despues de nuestra excursion a la Casa Azur. La contemple estupefacto. Donde ahora estaba el catre habia estado la cama de Roche, apenas mas ancha. La posicion de la lumbrera (recorde cuanto me habia sorprendido descubrir que Roche tenia lumbrera, y que mas tarde me habian dado una habitacion donde no la habia) y los angulos de los tabiques eran inconfundibles.
Fui hasta la lumbrera. Estaba abierta y dejaba entrar la brisa que me habia despertado. No tenia barrotes; pero, claro esta, nadie habria podido bajar por las lisas paredes de la torre y solo un hombre muy menudo habria podido meter los hombros por la abertura. Saque la cabeza.
Debajo de mi estaba el Patio Viejo tal como lo recordaba, calentandose al sol del verano tardio; las agrietadas losas parecian una pizca mas nuevas, tal vez, pero por lo demas eran las mismas. La Torre de las Brujas volvia a inclinarse de forma extrana, precisamente como siempre se habia inclinado en los recovecos de mi memoria. El muro estaba en ruinas, exactamente como en mi tiempo, y los infundibles bloques de metal mitad en el Patio Viejo y mitad en la necropolis. Un aspirante solitario (asi lo considere en seguida) haraganeaba en la Puerta de los Cadaveres, y aunque no tenia espada ni uniforme, estaba en el mismo lugar donde el Hermano Portero solia apostarse.
Pronto cruzo el Patio Viejo un muchacho, un aprendiz tan harapiento como habia sido yo, que iba a cumplir alguna tarea. Agite la mano y le grite, y cuando levanto la vista lo reconoci y lo llame por el nombre: —?Tufi! ?Tuf!
Me devolvio el saludo y prosiguio con sus asuntos, temiendo evidentemente que lo vieran hablar con un cliente de su gremio. Su gremio, escribo, pero para entonces ya estaba seguro de que era tambien el mio.
Largas sombras me decian que acababa de empezar la manana; unos momentos despues lo confirmaron un portazo y los pasos del aspirante que me traia la refaccion. Como la puerta no tenia la abertura habitual, se vio obligado a hacerse a un lado con la pila de bandejas mientras se la abria otro aspirante, armado con alabarda y con aspecto casi de soldado.
—Se lo ve bastante bien —comento.
Le dije que habia tenido momentos mejores. Se acerco mas. —Usted la mato.
—?A la mujer llamada madame Prefecta?
Asintio, igual que el otro aspirante. —Le rompio el cuello.
—Si me llevan hasta ella —les dije— podre restituirla. Intercambiaron una mirada y salieron, cerrando de un golpe la puerta de rejas.
De modo que estaba muerta, y por las miradas que acababa de ver habia sido una mujer odiada. Una vez Cyriaca me habia preguntado si el ofrecimiento de liberarla no era una ultima tortura. (El invernaculo enrejado afloro del fondo de mi memoria para alzarse con retorcidas vinas y luz verde de luna, en mi celda a la claridad de la manana.) Yo le habia dicho que los clientes nunca nos creian; pero yo le habia creido a madame Prefecta: al menos habia creido que podia escaparme, aunque a ella no le pareciera posible. Y todo el tiempo habia habido un arma apuntandome desde la Torre Matachina, quiza desde esa misma lumbrera, aunque mas probablemente desde la sala de armas cercana a la cumbre.
La llegada de otro aspirante, este acompanado por un medico, me interrumpio la ensonacion. Una vez mas se abrio la puerta; el medico entro y el aspirante echo llave y dio un paso atras, dispuesto a disparar por entre los barrotes.
El medico se sento en mi catre y abrio un maletin de cuero.
—?Como se siente?
—Con hambre. —Hice a un lado la cuchara.— Me trajeron esto, pero no es mas que agua.
—La carne es para los defensores del monarca, no para los subversivos. ?Lo han alcanzado con el convulsor?
—Si usted lo dice. Yo no se nada.
—En mi opinion no. Levantese.
Me levante, luego movi piernas y brazos como el ordenaba, incline la cabeza atras y a cada lado, y asi una y otra vez.
—No le dieron. Usted llevaba una capa de oficial. ?Era oficial?
—Si usted quiere. Era general, al menos por cortesia. No en los ultimos tiempos.
—Y no dice la verdad. Para su informacion, esa capa es de oficial subalterno. Esos idiotas creen que le acertaron. Me han dicho que hay uno que jura que le disparo.
—Preguntele a el, entonces.
—?Para oirle negar lo que ya se? No soy tan estupido. ?Le explico lo que paso?
Le dije que estaba deseando que alguien lo hiciera.
—Muy bien. Mientras usted huia de madame Prefecta Prisca, en el instante en que ese idiota disparaba desde la bateria, sobrevino el terremoto. El erro, como le habria pasado a cualquiera; pero usted cayo y se golpeo la cabeza, y el penso que lo habia alcanzado. He visto muchisimos de estos supuestos prodigios. Siempre son de lo mas simple, no bien uno comprende que los testigos confunden la causa y el efecto.
