Los presurosos carros dieron paso a premiosos hombres a medida que avanzamos entre cobertizos comunes, casi feos, cuyas puertas abiertas revelaban herramientas y maquinas curiosas. Le pregunte al quiliarca que planeaba matar adonde me habian llevado. Le hizo un gesto al pontonero y el guantelete del pontonero me dio otro golpe.

En una estructura redonda mas grande que las demas, me llevaron por pasajes bordeados de gabinetes y asientos. Al fin nos detuvimos delante de una cortina circular que parecia la pared de una tienda o de un pabellon interior. A esas alturas yo habia reconocido el edificio.

—Has de esperar aqui —me instruyo el quiliarca—. El monarca te hablara. Cuando te vayas, no…

Al otro lado de la cortina, una voz espesa de vino y sin embargo familiar exclamo: — Soltadlo.

—?Obediencia y reverencia! —El quiliarca se irguio bruscamente y saludo junto con los guardias. Por un momento fuimos todos una coleccion de imagenes.

Como no se volvio a oir la voz, el pontonero me solto las manos. El quiliarca murmuro: —Cuando te vayas de aqui, no diras nada de lo que hayas visto y oido. De lo contrario moriras.

—Te equivocas —le dije—. El que morira eres tu.

Hubo en sus ojos un miedo repentino. Yo estaba razonablemente seguro de que no se atreveria a indicarle al pontonero que me golpease, alli, bajo la mirada invisible del monarca. Y no me habia equivocado; por el lapso de un latido nos miramos fijamente, victimario y victima en ambos casos.

El pontonero ladro una orden y los hombres del peloton volvieron la espalda a la cortina. Cuando el quiliarca estuvo seguro de que ningun guardia podria ver que habia dentro cuando la cortina se abriera, me dijo: — Pasa.

Asenti y avance; la cortina era de triple seda carmesi, lujuriosa al tacto. Al apartarla vi lo que habia esperado y me incline ante el dueno de las dos caras.

XXXIX — La Garra del Conciliador

Otra vez En reconocimiento a mi inclinacion, el hombre de dos cabezas que al otro lado de la cortina holgazaneaba en un divan alzo su copa.

—Veo que sabes a quien te presentas. —La que hablaba era la cabeza de la izquierda.

—Eres Tifon —dije—. El monarca: el unico gobernante, o eso crees, de este mundo desventurado, y de otros tambien. Pero no, no fue ante ti que me incline, sino ante mi benefactor Piaton.

Con un poderoso brazo que no era suyo, Tifon se llevo la copa a los labios. Por encima del borde dorado me lanzo la mirada envenenada del barbirrubio.

—?Has conocido a Piaton en el pasado?

Sacudi la cabeza: —Lo conocere en el futuro.

Tifon bebio y dejo la copa en una mesita.

—Entonces es cierto lo que dicen de ti. Sostienes que eres profeta.

—No me habia visto de ese modo. Pero si, si tu quieres. Se que moriras en ese sofa. ?Te interesa? Ese cuerpo yacera entre las correas que ya no precisaras para contener a Piaton y los instrumentos que no precisaras para obligarlo a comer. Los vientos de la montana secaran ese cuerpo robado hasta que se parezca a las hojas que hoy mueren jovenes, y edades enteras del mundo lo hollaran antes de que mi llegada vuelva a despertarte a la vida.

Tifon se rio como yo lo habia oido reirse cuando desenvaine Terminus Est.

—Me temo que eres mal profeta; pero pienso que los malos profetas son mas divertidos que los de verdad. Si hubieras dicho simplemente que iba a morir entre los panes funerarios del craneo de este monumento, en caso de que mi muerte ocurra alguna vez, de lo cual he empezado a dudar, no habrias dicho algo muy distinto que un nino cualquiera. Prefiero tus fantasias, y acaso pueda utilizarte. Se cuenta que has llevado a cabo curas asombrosas. ?Tienes verdadero poder?

—Eso has de decirlo tu.

Se sento, con un balanceo del musculoso torso que no era suyo.

—Estoy acostumbrado a que respondan a mis preguntas. Una llamada, y cien hombres de mi division particular estarian aqui para sacudirte… —Hizo una pausa y se sonrio a si mismo—… de encima de mi manga. ?Te divertiria? ?Contestame, Conciliador! ?Puedes volar?

—No se, nunca lo he intentado.

—Quiza pronto tengas la oportunidad. Lo preguntare dos veces. —Volvio a reir.— A fin de cuentas es lo adecuado en mi condicion actual. Pero no tres. ?Tienes poder? Pruebalo o muere.

Permiti que mis hombros se alzaran un dedo y cayeran otra vez. Aun tenia las manos entumecidas por los grillos; mientras hablaba me frote las munecas.

—?Concederias que tengo poder si con solo golpear esta mesa que tenemos ahi matara a cierto hombre que acaba de agraviarme?

El desdichado Piaton me miro fijamente y Tifon sonrio.

—Si, seria una demostracion satisfactoria.

—?Das tu palabra?

La sonrisa se ensancho.

—Si quieres —dijo—. ?Pruebalo!

Saque el punal y lo puse sobre la mesa.

Dudo de que en la montana hubiera previsiones para el confinamiento de prisioneros; y considerando las que se habian dispuesto para mi, se me ocurrio que mi celda en el barco que pronto seria la Torre Matachina tenia que ser tambien provisoria, y que habia sido preparada hacia mucho. Si Tifon solo hubiera deseado confinarme, le habria sido facil vaciar alguno de los solidos cobertizos y encerrarme dentro. Era obvio que deseaba algo mas: aterrorizarme y someterme, y asi ganarme para su causa.

Mi prision era un saliente de roca en la tunica de la figura gigantesca que ya mostraba la cara de Tifon. En ese lugar barrido por los vientos me prepararon un pequeno refugio de piedras y lona, y alli me llevaron carne y un vino poco comun, sacado quiza de los almacenes del propio Tifon. Mientras yo observaba, en la roca donde el espolon se apartaba de la montana clavaron un madero casi tan grueso como el palo de mesana del Alcyone, y en la base encadenaron un esmilodonte. En la punta del madero, esposado como habia estado yo, colgaba el quiliarca de un gancho que le pasaba entre las manos.

Estuve mirando esas manos hasta que se fue la luz, aunque pronto me di cuenta de que al pie de la montana bramaba una batalla. Al parecer el esmilodonte habia pasado hambre. De tanto en tanto daba un salto buscando agarrar las piernas del quiliarca. Este siempre conseguia hurtarlas un codo; y aunque las grandes zarpas del animal roturaban como escoplos la madera, no encontraban punto de apoyo. En esa sola tarde obtuve toda la venganza que habria podido desear. Cuando llego la noche le lleve comida al esmilodonte.

Una vez, durante el viaje a Thrax con Dorcas y Jolenta, yo habia liberado una bestia amarrada de modo muy parecido; no me habia atacado, quiza porque yo llevaba la gema llamada Garra del Conciliador, o quiza solo porque estaba muy debil. Ahora el esmilodonte comia de mis manos y las lamia con una lengua ancha y rugosa. Toque los curvos colmillos, parecidos al marfil de los mamuts; y le rasque las orejas como si fuera Triskele, diciendo: —Hemos forjado espadas. Somos listos, ?no?

Aunque pienso que las bestias solo comprenden las frases mas simples y familiares, senti que la enorme cabeza asentia.

La cadena estaba sujeta a un collar con dos broches anchos como mi mano. La solte; la pobre criatura quedo libre, pero permanecio junto a mi.

Liberar al quiliarca no fue igual de sencillo. Rodeandolo con las piernas, como rodeaba de chico los pinos de la necropolis, pude trepar el madero con bastante facilidad. Para entonces el horizonte ya estaba muy por debajo de mi estrella, y no me habria costado nada desenganchar al encadenado y dejarlo caer; pero no me atrevi a hacerlo por miedo a que se precipitara al abismo o lo atacara el esmilodonte. Por debil que fuera la luz para verlos, los ojos fulguraban mirandonos desde abajo.

Al fin me anude las manos de el al cuello y baje como pude, casi resbalando y a medias ahogado, pero

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