llegue a la seguridad de la roca. Cuando lo lleve al refugio, el esmilodonte vino detras y se echo a nuestros pies.
A la manana, cuando llegaron siete guardias con comida, agua y vino para mi y antorchas atadas a estacas para alejar al esmilodonte, el quiliarca ya se habia recuperado, y habia comido r bebido. La consternacion de los soldados al ver que hombre y esmilodonte habian desaparecido nos divirtio; pero no fue nada comparada con sus expresiones cuando descubrieron que estaban los dos en mi refugio.
—Acercaos —les dije—. La bestia no os hara nada, y estoy seguro de que el quiliarca solo os castigara si habeis faltado a vuestro deber.
Avanzaron, aunque titubeando, oteandome con tanto miedo como al esmilodonte.
—Ya visteis lo que hicieron al quiliarca por haberme dejado guardar un arma. ?Que os haran cuando se sepa que lo habeis dejado escapar?
El pontonero me respondio: —Moriremos todos, sieur. Habra un par de postes mas, y de cada uno colgaran tres o cuatro de nosotros. —Mientras hablaba, el esmilodonte gruno de pronto y los siete retrocedieron.
El quiliarca asintio. —Tiene razon. Yo mismo daria la orden, si conservara mi cargo.
—Algunos hombres quedan destrozados cuando pierden cargos asi.
—A mi nunca me ha destrozado nada —replico el—. Tampoco me destrozara esto.
Creo que fue la primera vez que lo mire como a un ser humano. Tenia un rostro duro y frio pero lleno de inteligencia y decision.
—Es cierto —le dije—. A algunos les pasa, pero no a ti. Debes huir y llevarte a estos hombres contigo. Los pongo a tus ordenes.
De nuevo asintio. —?Puedes soltarme las manos, Conciliador?
El pontonero dijo: —Yo puedo, sieur. —Se adelanto con la llave, y el esmilodonte no protesto. Cuando las esposas cayeron a la roca donde estabamos sentados, el quiliarca las recogio y las tiro al precipicio.
—Manten las manos detras de ti —le dije—. Tapalas con la capa. Que estos hombres te conduzcan a la voladora. Todo el mundo pensara que te trasladan a otro lugar para seguir castigandote. Vosotros sabreis mejor que yo donde aterrizar a salvo.
—Nos uniremos a los rebeldes, que seguramente se alegraran. —Se puso en pie y saludo, y yo tambien me puse en pie y le devolvi el saludo, habituado como estaba desde mis tiempos de Autarca.
El pontonero pregunto: —Conciliador, ?no puedes liberar a Urth de Tifon?
—Podria, pero no lo hare a menos que sea inevitable. Matar a un gobernante es facil… muy facil. Pero es muy dificil impedir que venga uno peor.
—?Gobiernanos tu!
Menee la cabeza. —Si os digo que tengo una mision mas importante pensareis que bromeo. Y sin embargo es verdad.
Asintieron, a todas luces sin comprender.
—Os dire una cosa. Esta manana he estudiado esta montana y la rapidez con que se hacen los trabajos. Todo esto me dice que a Tifon le queda muy poco tiempo. Morira en el sofa rojo donde esta ahora; y sin una orden de el, nadie se atrevera a abrir la cortina. Todos se escabulliran uno tras otro. Las maquinas que cavan como hombres volveran a buscar nuevas instrucciones pero nadie las recibira, y a su tiempo la cortina misma se volvera polvo.
Me miraban boquiabiertos. Yo dije: —Nunca habra otro gobernante como Tifon, otro monarca de muchos mundos. Pero los gobernantes menores que lo sucedan, el mejor y mas grande de los cuales se llamara Ymar, lo imitaran hasta que cada pico de los que veis a nuestro alrededor lleve una corona. Esto es todo lo que os digo ahora, y todo lo que puedo decir. Teneis que marcharos.
El quiliarca dijo: —Si lo deseas, Conciliador, nos quedaremos aqui y moriremos contigo.
—No lo deseo —les dije—. Y no morire. —Intente revelarles las obras del Tiempo, aunque yo mismo no las entendia:— Todos los que han vivido siguen viviendo en algun ahora. Pero vosotros correis grave peligro. ?Marchaos!
Los guardias retrocedieron. El quiliarca dijo:
—?No nos daras una prenda, Conciliador, una prueba de que te hemos conocido? Se que he profanado mis manos con tu sangre, y Gaudentius tambien; pero estos hombres no te han hecho ningun dano.
La palabra prenda sugirio la prenda que recibio. Me quite la correhuela y el saquito de piel humana que Dorcas habia cosido para la Garra, y que ahora contenia la espina que yo me habia arrancado del brazo junto al infatigable Oceano, la espina sobre la que habia cerrado mis dedos en la nave de Tzadkiel.
—Esto se ha empapado en mi sangre —les dije.
Con una mano en la cabeza del esmilodonte, los mire andar por el promontorio, las sombras largas aun a la luz de la manana. Cuando alcanzaron la masa rocosa que rapidamente se iba convirtiendo en la manga de Tifon, el quiliarca escondio las munecas bajo la capa como yo habia sugerido. El pontonero saco su pistola y dos soldados apuntaron las armas a la espalda del quiliarca.
Asi dispuestos, prisionero y guardias, bajaron por la escalera de la otra punta y se perdieron en los trajinados caminos de ese lugar que yo no habia llamado aun Ciudad Maldita. Los habia despachado muy ligeramente; pero ahora que ya no estaban, supe una vez mas lo que era perder un amigo —porque tambien el quiliarca se habia vuelto amigo mio— y senti que mi corazon, aunque duro como el metal (como han dicho algunos), al fin se preparaba a agrietarse.
—Y ahora debo perderte a ti tambien —le dije al esmilodonte—. De hecho, tendria que haberte despachado cuando todavia estaba oscuro.
Dejo escapar un profundo rezongo, sin duda un ronroneo, un sonido que pocos hombres o mujeres habran oido. Desde el cielo llego un debil eco del ronroneo tronante.
A lo lejos, en el regazo de la colosal estatua, despego una voladora, elevandose despacio al principio (como suelen hacer esas naves cuando solo de penden de la repulsion de Urth), luego alejandose velozmente. Recorde la voladora que habia visto al separarme de Vodalus, tras el episodio que puse al comienzo mismo del manuscrito que arroje a los universos mutables. Y luego resolvi que si alguna vez recuperaba mi tiempo de ocio, escribiria un nuevo relato, comenzando como he hecho con el lanzamiento del viejo.
No puedo decir de donde me viene esta sed insaciable de dejar detras un errante rastro de tinta; pero una vez me referi a cierto incidente de la vida de Ymar. Ahora he hablado con el propio Ymar, pero el incidente sigue siendo tan inexplicable como el deseo. Preferiria que incidentes similares de mi vida no estuvieran envueltos en una oscuridad similar.
El trueno tan distante sono de nuevo, esta vez mas cerca, y era la voz de una columna de nubes negras como la noche, mas grande aun que el brazo de la colosal figura de Tifon. Los pretorianos habian dejado a cierta distancia de mi pequeno refugio la comida y la bebida que habian traido. (Tales servicios son el precio de una lealtad imperecedera; quienes la profesan rara vez trabajan con la misma diligencia que un sirviente comun cuya lealtad es un deber.) Sali, y el esmilodonte salio conmigo a recoger las viandas y guardarlas en el refugio. El viento ya estaba entonando su cancion de tormenta, y unas gotas heladas y grandes como ciruelas salpicaron la roca frente a nosotros.
—Tendras pocas oportunidades como esta —le dije al esmilodonte—. Estan corriendo a buscar refugio. ?Vete ahora!
Partio a la carrera, como si hubiera esperado mi consentimiento, cubriendo diez codos con cada salto. Un momento despues habia desaparecido detras del brazo de Tifon. Un momento mas y reaparecio como una veta tostada que la lluvia oscurecia, y de la cual peones y soldados huian como conejos.
Me alegro ver que las muchas armas de las bestias, por terribles que parezcan, son meros juguetes comparadas con las armas de los hombres.
Soy incapaz de decir si regreso sano y salvo a sus campos de caza, aunque confio en que si. Por mi parte, me sente un rato bajo el refugio a escuchar la tormenta y masticar pan y fruta, hasta que al fin el viento salvaje me arrebato la lona de encima de la cabeza.
Me levante; oteando entre las cortinas del aguacero, vi una partida de soldados que trepaba por el brazo.
Sorprendentemente, tambien vi lugares sin lluvia ni soldados. No quiero decir que esos lugares recien vistos se extendieran donde antes se habia extendido el vacio. El doloroso vacio persistia, y la roca se derramaba al
