elevar un modelo de lealtad al nivel de apotegma por la sola razon de que la lealtad (en ultimo analisis) es eleccion.

Y sin embargo, que extrano que Gunnie tuviera que navegar los vacios mares del tiempo para volver a ser Burgundofara. Un poeta cantaria que buscaba el amor, supongo; pero para mi buscaba la ilusion de que el amor es mas de lo que es, aunque me gustaria creer que iba detras de un amor mas alto que no tiene nombre.

Pronto llego otro visitante, pero no era ningun visitante, ya que yo no le veia la cara. Un murmullo que parecia proceder del pasillo pregunto: —?Usted es el teurgo?

—Si usted lo dice —respondi—. ?Pero quien es usted, y donde esta?

—Soy Canog, el estudiante. Estoy en la celda de al lado. Lo oi hablar con el muchacho, y con la mujer y el capitan hace un momento.

—?Cuanto hace que esta aqui, Canog —pregunte con la esperanza de que me aconsejara en ciertas cuestiones.

—Casi tres meses. Me han sentenciado a muerte, pero no creo que me ejecuten. Ha pasado demasiado tiempo. Probablemente el viejo frontisterio haya intercedido por su hijo extraviado, ?eh? Al menos eso espero.

En mi epoca yo habia oido muchas veces hablar asi; era raro descubrir que las cosas no habian cambiado.

A estas alturas ha de conocer las costumbres del lugar.

—Oh, es como le dijo el chico; quiero decir, no tan malo si uno tiene un poco de dinero. Yo consegui que me dieran papel y tinta, asi que ahora escribo cartas para los guardias. Ademas, un amigo me compro algunos libros; si me tienen aqui lo suficiente, me volvere un erudito famoso.

Como siempre habia hecho en mis recorridos por las mazmorras y calabozos de la Comunidad, le pregunte por que lo habian encarcelado.

Por un rato guardo silencio. Yo habia abierto de nuevo la lumbrera, pero aun con el soplo de viento percibia el vaho del orinal que estaba bajo el catre y el hedor general del calabozo. Enancado en la brisa llego un graznido de cuervos; por los barrotes de la puerta entraba un interminable martilleo de botas sobre metal.

Por fin el hombre dijo: —Aqui no hurgamos en esos asuntos.

—Siento haberlo ofendido, pero usted me hizo la misma pregunta. Me pregunto si era teurgo, y es como teurgo que me han encarcelado.

Otra larga pausa.

—Mate a un tendero que era un imbecil. Estaba durmiendo detras del mostrador cuando yo tire al suelo un candelabro de laton, y el hombre se incorporo rugiendo, con la espada que tenia bajo la almohada. ?Que otra cosa iba a hacer? Uno tiene derecho a salvar la vida, ?no?

—No en todas las circunstancias —le dije. No supe que ese pensamiento estaba en mi hasta que lo exprese.

Esa noche el chico me trajo la comida, y con ella a Herena, Declan, el piloto y la cocinera que yo habia visto brevemente en la posada de Saltus.

—Los tengo dentro, sieur —dijo el chico. Se echo atras el salvaje pelo negro con un gesto propio de cualquier cortesano—. El guardia me debe algunos favores.

Herena estaba llorando, y saque la mano por entre los barrotes para acariciarle el hombro.

—Estais todos en peligro —dije—. Os pueden detener por culpa mia. No os quedeis mucho tiempo.

El piloto dijo: —Que vengan a mi con sus soldaditos de culo blando. Les aseguro que no se toparan con una virgen.

Declan asintio y se aclaro la garganta, y con cierto asombro me di cuenta de que era el jefe.

—Sieur —empezo con su voz honda y lenta—, el que esta en peligro es usted. En este lugar matan a la gente como en mi pueblo a los cerdos.

—Peor —intervino el chico.

—Tenemos la intencion de hablarle al magistrado en favor de usted. Esta tarde esperamos alli, pero no nos admitieron. Dicen que la gente pobre espera dias enteros para llegar a hablar con el; pero nosotros esperaremos todo lo que haga falta. Mientras, pensamos hacer lo que podamos.

La cocinera del Alcyone le echo una mirada significativa que yo no comprendi.

Herena dijo: —Pero ahora queremos que nos hable de la llegada del Sol Nuevo. Yo he oido mas que los otros y he intentado contarles lo que me conto usted, pero era muy poco. ?Nos lo dira todo ahora?

—No se si os lo puedo explicar de modo que lo entendais —dije—. No se si lo entiendo yo mismo.

—Por favor —imploro la cocinera.

Fueron las unicas palabras que ella dijo.

—Muy bien, pues. Ya sabeis lo que le ha pasado al Sol Viejo: se esta muriendo. No quiero decir que vaya a apagarse como una lampara a medianoche. Eso tardaria mucho. El pabilo, si podeis concebirlo asi, ha bajado al ancho de un pelo y en los campos se ha podrido el maiz. Vosotros no sabeis, pero en el sur ya se esta renovando la fuerza del hielo. Al de diez quiliadas se sumara el del invierno que ya tenemos casi encima, y los dos hielos se abrazaran como hermanos e iniciaran la marcha al norte, hacia estas tierras. Pronto el gran Erebus, que ha establecido alli su reinado, tendra que enfrentarlos con sus fieros y palidos guerreros. Unira fuerzas con Abaia, cuyo reino esta en las aguas calidas. Junto con otros inferiores en poder pero iguales en astucia, prometeran lealtad a los gobernantes de las tierras situadas mas alla de la cintura de Urth, que vosotros llamais Ascia; y una vez que se hayan unido con ellos intentaran devorarlos.

Pero cada palabra es una palabra, y lo que les dije es demasiado largo para escribirlo aqui. Les conte todo lo que sabia de la muerte del Sol Viejo, y que le pasaria a Urth, y les prometi que al fin alguien traeria un Sol Nuevo.

Entonces Herena pregunto: —?No es usted el Sol Nuevo, sieur? Eso dijo la mujer que estaba con usted cuando llego a nuestra aldea.

Le conteste que de eso no iba a hablar, temiendo que si lo sabian —y me veian encarcelado— se desesperarian.

Declan quiso saber que le pasaria a Urth cuando llegase el Sol Nuevo; y como entendia poco mas que el, recurri a la obra del doctor Talos, aunque nunca habia pensado que en un tiempo futuro la obra del doctor Talos saldria de mis palabras.

Cuando al fin se marcharon, me di cuenta de que no habia tocado la comida que me habia traido el chico. Tenia mucha hambre; pero cuando fui a levantar el tazon mis dedos rozaron algo oculto en las sombras: un largo y angosto hato de trapos.

Entre los barrotes floto la voz de mi vecino: —Estupendo cuento. Tome notas lo mas rapido que pude, y cuando me liberen podrian convertirse en un librito importante.

Yo estaba desenvolviendo los trapos y apenas lo oi. Era un cuchillo: la larga daga que habia llevado el piloto a bordo del Alcyone.

XXXVIII — Hacia la tumba del monarca

Hasta el momento de dormirme estuve contemplando el cuchillo. No directamente, por supuesto; lo habia envuelto de nuevo en los trapos y lo habia escondido debajo del colchon. Pero echado en el catre, mirando el techo de metal tan parecido al que conociera de muchacho en el dormitorio de los aprendices, sentia el cuchillo bajo las rodillas.

Mas tarde empezo a girar ante mis ojos cerrados, luminoso en la oscuridad y nitido desde el mango de hueso hasta la punta aguzada. Cuando por fin me dormi, tambien lo encontre en mis suenos.

Tal vez por eso dormi mal. Una y otra vez me despertaba, parpadeaba bajo la destellante luz de la celda, me ponia en pie y me estiraba e iba hasta la lumbrera a buscar la estrella blanca que era otra identidad. Entonces habria rendido de buen grado mi cuerpo prisionero a la muerte, de haberlo podido hacer con honor, y habria huido, surcando el cielo de medianoche, a unirme conmigo mismo. En esos momentos conocia mi poder, capaz de atraer mundos enteros y cremarlos como quema un artista sus tierras para obtener pigmentos. En el hoy perdido

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