Ninguno de los dos lo hizo; pero al cabo de un rato vinieron Herena y Declan, trayendo con ellos al membrudo marinero que habia manejado el bichero de popa y a una mujer grasienta, de cara angosta, que me presentaron como la cocinera del barco. Los invite a sentarse, lo cual hicieron con gran reticencia y dejando muy claro que no permitirian que les pagara vino ni comida. Yo le pregunte al marinero (quien, di por sentado, tenia que haber parado alli muchas veces) si no habia minas en la region. Me dijo que cosa de un ano atras habian llevado una maquina a una colina, por aviso secreto de un jatif a los prominentes de la ciudad, y que se habian sacado a la superficie algunos objetos interesantes y valiosos.
De la calle nos llego un retumbo de botas, detenido por una orden cortante. Me acorde del kelau que habia entrado cantando desde el rio en aquella Saltus a la que yo llegara como aspirante exiliado, y me disponia a mencionarlo con la esperanza de llevar la conversacion a la guerra con Ascia, cuando de golpe se abrio la puerta y entro un oficial de uniforme ostentoso seguido de una cuadrilla de fusileros.
La sala habia sido un bullicio; se hizo un silencio mortal.
El oficial le grito al posadero:
—?Muestreme al hombre que llaman Conciliador! Burgundofara, que estaba en otra mesa con Hadelin, se puso de pie y me senalo.
XXXV — Nessus otra vez
Cuando vivia entre los torturadores vi a muchos clientes golpeados. No por nosotros, que solo infligiamos los castigos ordenados en decretos, sino por los soldados que nos los traian y se los llevaban. Los mas expertos se protegian la cabeza y la cara con los brazos, y el estomago con la barbilla; esto deja expuesta la columna, pero para proteger la columna hay poco que pueda hacerse de todos modos.
Fuera de la posada al principio intente luchar, y parece probable que los peores golpes los recibiera despues de perder la conciencia. (O, mejor dicho, de que la perdiera la marioneta que yo manipulaba desde lejos.) Cuando me recobre, aun seguian lloviendo golpes, y trate de hacer lo que hacian los desdichados clientes.
Los fusileros usaban las botas, y algo mucho mas peligroso: las cantoneras de hierro de las culatas de los fusiles. Los relampagos de dolor me parecian lejanos; sobre todo tenia conciencia de los golpes, cada uno subito, compulsivo y artificial.
Al fin se termino y el oficial me ordeno que me levantara; me tambalee y cai, me patearon, volvi a intentarlo y cai de nuevo; me metieron el cuello en un nudo de cuero crudo y con eso me alzaron. Me estrangulaba, pero tambien me ayudaba a mantener el equilibrio. Tenia la boca llena de sangre; escupi una y otra vez, preguntandome si no me habria perforado los pulmones con una costilla.
Habia cuatro fusileros en el suelo, y recorde que a uno le habia arrancado el arma pero no habia podido soltar la traba que me hubiera permitido hacer fuego: sobre pequeneces asi gira nuestra vida. Algunos camaradas los examinaron y descubrieron que tres de los cuatro estaban muertos.
—?Los mataste! —me grito el oficial.
Le escupi sangre a la cara.
No fue un acto racional, y espere una nueva tanda de golpes. Tal vez la hubiera recibido, pero alrededor habia cien o mas personas mirando a la luz que fluia de las ventanas de la posada. Murmuraban, intranquilas, y con la impresion de que algunos soldados sentian lo mismo que ellos me acorde de los guardias de la obra del doctor Talos, que buscaban proteger a Meschiane, que era Dorcas y la madre de todos nosotros.
Se improviso una litera para el fusilero herido y apremiaron a dos hombres a que la llevasen. Para los muertos basto un carro lleno de paja. A la cabeza, el oficial, los fusileros restantes y yo partimos hacia el muelle, que estaba a unos centenares de pasos.
Una vez cai y dos hombres de la multitud se lanzaron a ayudarme. Antes de estar de nuevo en pie supuse que eran Declan y el marinero, o acaso Declan y Hadelin; pero al jadear las gracias descubri que eran extranos. Al parecer el incidente enfurecio al oficial, que cuando cai de nuevo les disparo a los pies para alejarlos y me estuvo pateando hasta que volvi a levantarme ayudado por la cuerda y el fusilero que la tenia.
El Alcyone estaba en el muelle, tal como lo habiamos dejado; pero al lado habia una embarcacion de un tipo que yo no habia visto nunca, con un palo que parecia demasiado ligero para llevar una vela, y en la cubierta un canon giratorio mucho mas pequeno que el del Samru.
La vista del canon y los marineros que lo manejaban renovo el animo del oficial. Me hizo parar, dar la cara a la multitud y senalar a mis seguidores. Le dije que no tenia seguidores y no conocia a ninguna de esas gentes. Entonces me golpeo con la pistola. Cuando me levante una vez mas vi a Burgundofara lo suficientemente cerca como para tocarme. El oficial repitio la orden y ella desaparecio en la oscuridad. Quiza cuando volvi a negarme me haya golpeado otra vez, pero no lo recuerdo; yo flotaba sobre el horizonte, dirigiendo futilmente mi vitalidad a la rota figura tendida tan lejos. El vacio la neutralizaba, y entonces decide encauzar la energia de Urth. Los huesos del cuerpo se soldaron y cicatrizaron las heridas; pero note, consternado, que la mejilla desgarrada por la mira de la pistola era la misma que habia abierto la garra de hierro de Agia. Era como si la vieja lesion se hubiera reafirmado, aunque un poco atenuada.
Aun era de noche. Me sostenia una madera lisa, pero daba saltos y tumbos como si estuviera atada al lomo del destriero menos gracil que se haya visto galopar. Me sente y descubri que estaba en un barco, y que habia yacido en un charco de sangre y de vomito; tenia el tobillo encadenado a una grapa. Cerca habia un fusilero que apoyado en un puntal mantenia trabajosamente el equilibrio en esa cubierta salvaje. Le pedi agua. Como habia aprendido en la marcha por la jungla junto con Vodalus, no hace ningun mal pedir favores cuando uno esta prisionero: a menudo no nos complacen, pero en ese caso nada se pierde.
El principio se confirmo cuando (para mi sorpresa) el guardia salio bamboleandose hacia popa y regreso con un cubo de agua del rio. Me levante, me limpie lo mas escrupulosamente posible el cuerpo y la ropa y empece a interesarme por mis alrededores, que de hecho eran harto novedosos.
La tormenta habia despejado el cielo, y las estrellas brillaban en el Gyoll como si el Sol Nuevo se hubiera encendido en el empireo y fuese ahora una antorcha que dejaba un reguero de chispas. Por detras de las torres y cupulas recortadas en la orilla oeste espiaba la verde Luna.
Sin velas ni remos, avanzabamos rebotando como una piedra lanzada al agua. Falucas y carabelas con todo el velamen desplegado parecian ancladas en medio del canal; pasabamos entre ellas como una golondrina entre megalitos. A popa se alzaban dos plumas de rocio centelleante, altas como el mastil desnudo, muros de plata levantados y demolidos en un momento.
No lejos oi unos sonidos guturales, apagados, que casi habrian podido ser palabras. Era como si una bestia sufriente intentase hablar, y luego susurrar. En la cubierta habia otro hombre tendido, cerca de donde estuviera yo, y un tercero agachado junto a el. La cadena me impedia alcanzarlos; me arrodille para anadir el largo de mi pantorrilla, y asi me acerque lo suficiente y llegue a verlos todo lo que era posible en aquella oscuridad.
Los dos eran fusileros. El primero yacia de espaldas, inmovil pero retorcido de sufrimiento, la expresion una mueca horrible. Cuando noto mi presencia intento de nuevo hablar, y el otro murmuro:
—Tranquilo, Eskil. Ya no importa.
—Tu amigo tiene el cuello roto —le dije. —Nadie puede saberlo mejor que usted, senor. —Entonces se lo rompi yo. Eso pensaba.
Eskil dejo escapar un ruido estrangulado, y su camarada se inclino a escuchar.
—Quiere que lo mate —me dijo cuando volvio a enderezarse—. Hace una guardia que me lo esta pidiendo… Desde que zarpamos.
—?Piensas hacerlo?
—No lo se. —Tenia el fusil cruzado en el pecho; mientras hablaba lo dejo en la cubierta, reteniendolo con una mano. Vi que la luz destellaba en el canon aceitado.
—Hagas lo que hagas morira pronto. Te sentiras mejor despues, si dejas que muera naturalmente.
Habria seguido hablando, quiza, pero Eskil movia la mano izquierda y me calle para observarla. Como una arana tullida se arrastro hacia el fusil y al fin se cerro y lo acerco a el. Al otro fusilero no le hubiese costado nada
