porque usted creia en ella. Era danina, o eso me parecio entonces.

—Y benefica, pero todo esto ha quedado atras. Olvidemoslo, si podemos.

La profetisa dijo: —Tambien ha hecho dano diciendo que traeriais la destruccion. Yo le he dicho a esta gente la verdad, que traeriais un renacimiento, pero no quisieron creerme.

—Ha dicho la verdad tanto como tu —dije yo—. Para que nazca lo nuevo hay que hacer a un lado lo viejo. Quien va a plantar trigo mata la hierba. Los dos sois profetas, aunque de clases diferentes; s cada cual profetiza lo que el Increado le transmitio.

Entonces se abrieron de par en par las puertas de plata y lapislazuli del otro extremo del Hipogeo Amaran tino, puertas que en mi reinado solo se usaban para procesiones solemnes y presentaciones ceremoniales de embajadores; y esta vez no irrumpio un oficial solitario sino dos docenas de soldados de caballeria, armados de fusiles o lanzas de fuego. Todos sin excepcion daban la espalda al Trono del Fenix.

Por un momento me absorbieron tan completamente que olvide cuantos anos habian pasado desde la ultima vez que Valeria me viese; para mi no habia sido un lapso de anos, sino de acaso menos de cien dias en total. Asi que hablando de costado, a la vieja manera que tanto habia usado cuando presenciabamos juntos algun largo ritual, la disimulada manera que habia aprendido de muchacho para hablar a espaldas del maestro Malrubius, murmure:

—Esto valdra la pena verlo.

Al oirla jadear la mire, y vi las mejillas manchadas de llanto y todo el dano que el tiempo habia causado. Amamos mas cuando comprendemos que el objeto de nuestro amor no tiene ninguna otra cosa; y creo que yo nunca ame a Valeria como en ese momento.

Le puse una mano en el hombro, y aunque no eran lugar ni momento para escenas intimas, siempre me he alegrado de haberlo hecho porque no hubo tiempo para nada mas. La giganta cruzo el umbral a gatas, primero una mano, como una bestia de cinco patas, luego el brazo. Era mas grande que los troncos de muchos arboles que se consideran viejos y blanca como la espuma del mar; pero la deformaba una quemadura que se abria y sangraba en el momento mismo en que aparecia.

Hubo un jadeo, y no solo de Valeria sino de todos, crei oir, salvo de Calveros. Junto con la otra mano asomo el rostro de la ondina, y tambien la brillante masa de pelo verde, tan enorme que parecia colmar el vano de la puerta. Mas de una vez he oido decir hiperbolicamente que alguien tiene los ojos como platos; de los ojos de la giganta era cierto; lloraban lagrimas de sangre, y mas sangre le goteaba de la nariz.

Comprendi que habia remontado el Gyoll desde el mar, y desde el Gyoll habia recorrido el afluente que vagaba por los jardines y en cuyas aguas yo habia flotado con Jolenta. Exclame:

—?Como te han arrebatado de tu elemento?

Tal vez porque era mujer no tenia una voz tan profunda como yo habia esperado, aunque si mas profunda que la de Calveros. Pero habia en esa voz una cierta ligereza, como si esa criatura que se debatia por cruzar el umbral mientras hablaba, tan claramente moribunda, sintiera, con todo, una vasta dicha que no debia nada a su propia vida ni a la del sol.

—Porque iba a salvaros… —dijo.

Con estas palabras se le lleno la boca de sangre; la escupio, y fue como si hubieran abierto algun desague en un matadero.

—?De las tormentas e incendios que el Sol Nuevo traera a Urth? —le pregunte—. Te lo agradecemos, pero ya nos han prevenido. ?No eres una criatura de Abaia?

—Aun asi. —Se habia arrastrado a traves del umbral hasta la cintura. Ahora la carne parecia tan enorme que su propio peso la desprenderia de los huesos. Los pechos colgaban como esos almiares que un nino ve alzarse por encima de el. Comprendi que nunca podriamos devolverla al agua: que moriria en el Hipogeo Amarantino y harian falta cien hombres para desmembrar el cadaver y cien mas para enterrarlo.

El quiliarca pregunto: —Entonces ?por que no te matariamos? Eres una enemiga de la Comunidad.

—Porque vine a preveniros. —Habia dejado caer la cabeza en la terraza, donde yacia en un angulo tan antinatural que parecia tener el cuello roto; y sin embargo aun hablaba.

—Puedo darte una razon mas convincente, quiliarca —dije—. Porque yo lo prohibo. Una vez ella me salvo, en mi ninez, y recuerdo su cara como recuerdo todo. Si pudiera, la salvaria ahora mismo. —Mirandole el rostro, un rostro de belleza sobrenatural y a la vez una masa horrible, pregunte:— ?Te acuerdas?

—No. Todavia no ha ocurrido. Ocurrira, porque tu lo dices.

—?Como te llamas? Nunca lo supe.

—Juturna. Quiero salvarte… antes no. Salvaros a todos.

Valeria siseo: —?Cuando ha buscado Abaia nuestro bien?

—Siempre. Habria podido destruiros…

Por un lapso de seis alientos fue incapaz de continuar, pero yo indique a Valeria y los demas que guardaran silencio.

—Preguntale a tu marido. En un dia o pocos. En cambio ha procurado domaros. Frenar a Catodon… proscribirlo. ?Para que? Abaia nos hubiera convertido en un gran pueblo.

Entonces recorde lo que me habia preguntado Famulimus en nuestro primer encuentro: «?Es todo el mundo una guerra de buenos y malos? ?Nunca ha pensado que tal vez sea algo mas?» Y me senti en las fronteras de un mundo mas noble, donde sabria lo que ese mundo debia ser. El maestro Malrubius me habia transportado desde las junglas del norte de Oceano hablando del yunque y el martillo, y aqui me parecia percibir un yunque. Aquel maestro Malrubius habia sido un acuastor, como los que lucharian por mi en Yesod, creado por mi mente; por eso creia, como yo, que la ondina me habia salvado porque iba a ser torturador y Autarca. Era posible que ni el ni la ondina estuvieran del todo errados.

Mientras yo vacilaba perdido en esos pensamientos, Valeria, la profetisa y el quiliarca intercambiaban susurros; pero pronto la ondina volvio a hablar.

—Vuestro dia se apaga. Un Sol Nuevo… y vosotros sois sombras.

—?Si! —La profetisa parecia dispuesta a saltar de alegria.— Somos las sombras que la llegada del Sol Nuevo proyecta sobre Urth. ?Que otra cosa podemos ser?

—Se acerca otro —dije yo, pues creia oir un golpeteo de pies apremiados. Hasta la ondina alzo la cabeza para escuchar.

El ruido, fuera lo que fuese, crecio mas y mas. Un viento extrano silbo por la larga camara, agitando las antiguas colgaduras y derramando perlas y polvo en el suelo. Bramando como un trueno cerro las puertas que la cintura de la ondina habia mantenido abiertas, y transporto ese perfume —agreste y salino, fetido y fecundo como el de la entrepierna de las mujeres— que una vez conocido no se olvida nunca; de modo que en aquel instante no me habria sorprendido oir un clamor de olas o un chillido de gaviotas.

—?Es el mar! —grite a los demas. Luego, intentando ajustar la mente a lo que sin duda habia ocurrido, dije—: Nessus debe estar bajo el agua.

Valeria se sofocaba: —Nessus se inundo hace dos dias.

Mientras ella hablaba la alce; su fragil cuerpo parecia mas ligero que el de un nino.

Entonces llegaron las olas, los innumerables destrieros de Oceano, con sus bridas blancas, y cubrieron de espuma los hombros de la ondina, de modo que por un momento la vi como si viera dos mundos juntos, a la vez mujer y roca. Ella las recibio levantando la pesada cabeza y lanzo un grito triunfal y desesperado. Era el aullido de una tormenta que azota el mar, un aullido que espero no volver a oir nunca.

Los pretorianos subian ruidosamente al estrado para escapar del agua; el joven subalterno que tan amedrentado y debil parecia agarro la mano de la hermana de Jader (que ya no era profetisa, pues no tenia nada mas que profetizar) y la arrastro arriba con el.

—Yo no me ahogare —rugio Calveros— y los demas no importan. Salvese usted si puede.

Asenti sin pensar y con el brazo libre abri la cortina. Los pretorianos se abalanzaron apinados, con lo cual las campanas que habian sonado tres veces por mi repicaron enloquecidas, y rompiendo las ajadas cuerdas resecas, cayeron clamorosamente.

No con un susurro sino con un grito, porque la palabra no volveria a servir nunca, di la orden a la puerta sellada por donde habia entrado. Se abrio, y entonces entro el asesino, mudo aun, medio inconsciente, aturdido por el recuerdo de las cenicientas llanuras de la muerte. Le grite que se detuviera, pero el ya habia visto la corona y, debajo, el estragado rostro de la pobre Valeria.

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