El gigante la fulmino con la mirada antes de hablar de nuevo con Valeria.
—Los opuestos se unen para aparecer y desaparecer. El potencial de ambas cosas no se pierde. Este es uno de los grandes principios de las causas de las cosas. Nuestro sol tiene en el centro un agujero negro como el que os describi. Para llenarlo, durante milenios se ha acarreado una fuente blanca a traves del vacio. Al volar gira, y en su movimiento emite ondas de gravedad.
Valeria exclamo: —?Como? ?Ondas de gravedad? El quiliarca tiene razon: tu estas loco.
El gigante paso por alto la interrupcion.
—Estas ondas son demasiado leves como para marearnos. Pero Oceano las siente y crea nuevas mareas y corrientes desusadas. Como ya os dije, yo las he oido. Ellas me trajeron aqui.
El quiliarca gruno: —Y si la Autarca lo ordena, te tiraremos de nuevo.
—Del mismo modo las sienten las campanas. Igual que Oceano, tienen una masa delicadamente equilibrada. Por lo tanto repican, tal como dice esta mujer, anunciando el Sol Nuevo.
Yo estaba a punto de salir, pero adverti que Calveros no habia acabado.
—Si sabeis algo de ciencia, madame, no ignorais que el agua solo es hielo al que se ha anadido energia.
Desde mi puesto de observacion no veia la cabeza de Valeria, pero tiene que haber asentido.
—La leyenda de las montanas de fuego es mas que una leyenda. En epocas en que los hombres no eran sino bestias superiores tales montanas existieron realmente. El vomito de fuego era piedra que la energia habia vuelto incandescente, del mismo modo que el agua es hielo fluido. A nuestro mundo llegaban las llamas de un mundo inferior excesivamente cargado de energia: con los mundos ocurre lo mismo que con los universos.
Oi suspirar a Valeria. —Cuando nosotras eramos jovenes, como no teniamos nada mejor que hacer, nos pasabamos dias enteros cabeceando ante farragos de este tipo. Pero cuando nuestro Autarca vino a buscarnos y despertamos a la vida perdimos familiaridad con todo cuanto habiamos estudiado.
—Por fin ha llegado, madame. La fuerza que hizo sonar vuestras campanas ha entibiado una vez mas el corazon de Urth. Ahora repican por la muerte de los continentes.
—?Esa es la nueva que has venido a contarnos, gigante? Si los continentes mueren, ?quien vivira?
—Los que esten en naves, pienso. Sin duda aquellos cuyas naves esten en el aire o el vacio. Los que ya vivan bajo el mar, como vivo yo desde hace cincuenta anos. Pero esto no importa. Lo que…
La solemne voz de Calveros fue interrumpida por un portazo que sono a cierta distancia en el Hipogeo Amarantino y un estrepito de pies en carrera. Un oficial subalterno fue a plantarse ante el quiliarca e hizo el saludo mientras Calveros y la mujer del baston se volvian a mirar.
—Sieur… —El hombre observaba a su comandante pero no podia impedir que los ojos asustados se le desviaran hacia Valeria.
—?Que pasa?
—Sieur, otro gigante…
—?Otro gigante? —Me parecio que Valeria inclinaba la cabeza. Vi un relampago de gemas y debajo un mechon de pelo gris.
—?Una mujer, Autarca! ?Una mujer desnuda!
Aunque no le veia la cara, supe que Valeria se dirigia a Calveros cuando pregunto: — ?Y que puedes decirnos de esto? ?Es tu mujer, tal vez?
El nego con la cabeza; y yo, recordando la camara roja de su castillo, especule sobre la disposicion de su vida en cavernas talasicas que para mi eran casi inconcebibles.
—El guardian esta trayendo a la giganta para que sea interrogada— dijo el subalterno.
El quiliarca anadio: —?Quereis contemplarla, Autarca? Si no, puedo ocuparme del interrogatorio.
—Estamos cansadas. Ahora nos retiraremos. Por la manana me diras que has averiguado.
—E-ella di-dice —tartajeo entonces el joven subalterno —que ciertos cacogenos han aterrizado en una nave y han dejado aqui un hombre y una mujer.
Por un momento supuse que se referia a Burgundofara y yo; pero era improbable que Abaia y sus ondinas se equivocaran por edades enteras.
—?Y que mas? —pregunto Valeria.
—Nada mas, Autarca. ?Nada!
—Te lo veo en los ojos. Si no te baja en seguida a la lengua, lo enterraran contigo.
—Es un rumor infundado, no mas. Ningun hombre nuestro ha informado nada.
—?Sueltalo!
El subalterno parecia azorado. —Dicen que han vuelto a ver a Severian el Cojo, Autarca. En los jardines, Autarca.
Era entonces o nunca. Levante la cortina y pase por debajo, mientras todas las campanillas reian y arriba la gran campana tania tres veces.
XLIII — La marea vespertina
—Vuestra sorpresa no es mayor que la mia —les dije. Y al menos para tres de ellos era cierto.
Calveros (a quien jamas habia esperado volver a ver despues de que se hundiera en el lago, pero que en verdad yo habia visto, tal como lo recordaba, luchando a mi lado ante el Sillon de justicia de Tzadkiel) se habia vuelto demasiado grande para seguir considerandolo humano: la cara era aun mas pesada y mas deforme; la piel, blanca como la de la mujer del agua que una vez me habia salvado de ahogarme.
La chica cuyo hermano me habia pedido una moneda a la puerta de su choza se habia convertido en una mujer de sesenta anos o mas, y el gris de la edad se superponia a la delgadez y el curtido de los largos caminos. Ya antes se habia apoyado en el baston como si fuese algo mas que la insignia de su oficio. Ahora ella se alzaba con los ojos brillantes, erguida como un alamo joven.
Sobre Valeria no escribire, salvo para decir que en cualquier sitio la habria reconocido al instante. Sus ojos no habian envejecido. Seguian siendo los ojos relucientes de la muchacha envuelta en pieles que habia salido a mi encuentro en el Atrio del Tiempo; y sobre ellos el tiempo no tenia poder.
El quiliarca saludo y se arrodillo ante mi igual que el castellano de la Ciudadela, y tras una pausa embarazosamente larga, tambien se arrodillaron los otros hombres y el joven subalterno. Les indique que se levantaran, y esperando a que Valeria se recuperase (pues momentaneamente temi que se desmayara o algo peor), le pregunte al quiliarca si el habia sido oficial subalterno cuando yo ocupaba el Trono del Fenix.
—No, Autarca. Yo era solo un muchacho. —Sin embargo me recuerdas claramente.
—Mi deber es conocer la Casa Absoluta, Autarca.
En algunos lugares hay cuadros y bustos vuestros.
—No te…
La voz era tan debil que a duras penas la oi. Me volvi para cerciorarme de que realmente era Valeria quien hablaba.
—No te muestran como eras de verdad. Te muestran como yo pensaba…
Espere, curioso.
Ella agito una mano. Era el gesto de una anciana muy debil.
—Como yo pensaba que serias cuando volvieras a mi, a la torre de nuestra familia en la Ciudadela Vieja. Te muestran como eres ahora. —Rio, y se echo a llorar.
Despues de las de ella, las palabras del gigante sonaron como un clamor de ruedas de carro.
—Tiene el aspecto de siempre —dijo—. Yo no recuerdo muchas caras, Severian; pero recuerdo la suya.
—Esta diciendo que tenemos una disputa pendiente. Preferiria dejarla asi y estrecharle la mano. Calveros se levanto a tomarla, y vi que habia cobrado dos veces mi altura.
El quiliarca pregunto: —Autarca, ?le habeis dado la libertad de la Casa Absoluta?
—Si. Sin duda es una criatura maligna; pero tambien lo eres tu, y yo.
Calveros rugio: —A usted no le hare mal, Severian. No se lo he hecho nunca. Si tire lejos aquella joya fue
