mientras lo contemplaba en sus dichas y quebrantos, se me ocurrio que yo era muy parecido a el, aunque mucho mas pequeno; y que acaso asi se considere una hierba respecto al gran roble, o una de las innumerables gotas de agua en el Oceano.
Cayo la noche y salieron todas las estrellas, tanto mas brillantes por haberse escondido a la mirada del Sol Nuevo como ninos asustados. Las recorri, buscando no mi propia estrella —que como bien sabia, nunca volveria a ver— sino el Final del Universo. No lo encontre, ni esa ni ninguna noche desde entonces; y sin embargo seguro que esta alli, perdido entre la miriada de constelaciones.
Un resplandor virescente asomo detras de mi hombro como un fantasma, y recordando las facetadas linternas de color del Samru, pense que habiamos enarbolado una luz similar; me gire a mirar y era el resplandeciente rostro de Luna, del que habia caido el horizonte oriental, como un velo. Ningun hombre la habia visto tan brillante como yo esa noche. ?Que extrano pensar que era la misma cosa tenue y endeble que apenas la noche anterior yo habia visto junto al cenotafio! Supe entonces que el viejo mundo de Urth habia muerto, como el doctor Talos ya habia predicho, y que nuestro barco flotaba, no alli, sino en las aguas de la Urth del Sol Nuevo, que es llamada Ushas.
XLVI — El fugitivo
Estuve largo rato en la proa, escudrinando los centinelas de la noche a medida que el rapido movimiento de Ushas los revelaba. Nuestra antigua Comunidad se habia hundido; pero la luz de estrellas que me tocaba los ojos era mas antigua aun; lo habia sido cuando la primera mujer amamanto al primer nino. Me pregunte si las estrellas llorarian al enterarse de la muerte de nuestra Comunidad, cuando Ushas fuera vieja.
Lo cierto es que yo, que habia sido una estrella semejante, en ese momento llore.
Me saco de esto alguien que me tocaba el codo. Era el viejo marino, el capitan del barco; reservado como pareciera hasta ese momento, ahora estaba conmigo hombro con hombro, mirando las aguas como yo. Me di cuenta de que no sabia como se llamaba.
Iba a preguntarselo cuando dijo: —?Crees que no te conozco?
—Es posible —le dije—. Pero en ese caso, tienes una cierta ventaja sobre mi.
—Los cacogenos son capaces de descubrir el pensamiento de un hombre y mostrarselo. Lo se bien.
—Crees que soy un eidolon. Los he conocido, pero no soy uno de ellos. Soy un hombre como tu.
Fue como si no me hubiera oido.
—Me he pasado todo el dia observandote. Y desde que nos acostamos te he observado en vez de dormir. Dicen que no lloran pero no es cierto, y cuando te vi llorar a ti me acorde de lo que dicen y de que estan equivocados. Entonces pense como puede ser. Pero tenerlos en el barco da mala suerte, y tambien da mala suerte pensar demasiado.
—Seguro que es cierto. Pero los que piensan demasiado no pueden evitarlo.
El asintio.
—No, supongo.
Las lenguas de los hombres son mas viejas que nuestra tierra hundida; y resulta extrano que en un tiempo tan largo no se hayan encontrado palabras para las pausas de la conversacion, cada una de las cuales tiene su propia calidad y cierta longitud. Nuestro silencio se prolongo mientras cien olas golpeaban el casco; contenia el bamboleo del barco, el susurro del viento nocturno en las jarcias y una expectativa meditabunda.
—Queria decirte que nada de lo que le hagas me va a lastimar. Lo mandes a pique o hagas que encalle, no me importa.
Le conteste que podia hacer las dos cosas, suponia, pero no iba a hacerlas deliberadamente.
—Cuando eras real nunca me hiciste mucho dano —dijo el marino despues de otra larga pausa—. Si no hubiera sido por ti no habria conocido a Maxellindis… Tal vez fue malo. Tal vez no. Vivimos algunos anos buenos, Maxellindis y yo.
Miraba ciegamente las olas incansables; lo examine por el rabillo del ojo y me di cuenta de que se habia partido la nariz, quiza mas de una vez. La repare mentalmente y llene las mejillas angulosas.
—Hubo una vez que me golpeaste. ?Te acuerdas, Severian? Acababan de hacerte capitan. Cuando me llego el turno le hice lo mismo a Timon.
—?Eata! —Sin darme cuenta de lo que hacia, lo abrace y lo alce como cuando eramos aprendices.?Eata, pedazo de mocoso, pense que no iba a verte nunca mas! —Habia hablado tan fuerte que Odilo gimio y se movio en suenos.
Eata parecia atonito. Llevo la mano al cuchillo del cinto; luego la retiro.
Hice que se sentara. —Cuando reforme el gremio tu no habias desaparecido. Dijeron que te habias escapado.
—Es verdad. —Intento tragar saliva, o quiza solo recobrar el aliento.— Me alegro de oirte, Severian, aunque seas una pesadilla. ?Como dijiste que se llamaban?
—Eidolones.
—Un eidolon. Si los cacogenos querian mostrarme a alguien salido de mi cabeza, me habria podido encontrar en peor compania.
—Eata, ?recuerdas la vez que nos quedamos fuera de la necropolis?
Asintio. —Y Drotte queria que yo me colara entre los barrotes, pero no pude. Luego, cuando los voluntarios abrieron la puerta, escape y os deje a ti, a el y a Roche a los cuervos. Ninguno de vosotros parecia tenerle mucho miedo al maestro Gurloes, pero en aquel entonces yo le temia.
—Nosotros tambien, pero no ibamos a mostrarlo delante de ti.
—Supongo. —Estaba sonriendo; a la luz verde de la luna se le veia el destello de los dientes y la muesca negra donde uno de ellos habia sido arrancado. Como dijo el piloto cuando nos mostro a su hija, los ninos son asi.
Loca y pasajeramente se me ocurrio que si Eata no hubiera huido, quiza el habria salvado a Vodalus y habria hecho y visto todas las cosas que yo hice y vi. Podia ser que en otra esfera hubiese ocurrido de ese modo. Apartando la idea, pregunte: —?Pero que has hecho todo este tiempo? Cuentame.
—No hay mucho que contar. Cuando era capitan de aprendices era muy facil escabullirme y ver a Maxellindis cada vez que su tio amarraba el bote en el Barrio Algedonico. Yo habia hablado con los marineros y aprendido un poco a navegar; asi que cuando llegaba la epoca de las fiestas no podia soportarlo, no podia andar de fuligeno.
—Yo solo lo soporte —dije— porque no me imaginaba viviendo en otro lugar que la Torre Matachina.
—Pero yo si, ?comprendes? Me habia pasado todo ese ano pensando vivir en el bote y ayudar a Maxellindis y su tio. El hombre envejecia, y necesitaban a alguien agil y mas fuerte que ella. No espere a que los maestros me llamaran a elegir. Simplemente escape.
—?Y despues?
—Me olvide de los torturadores lo mas rapido posible. Solo hace poco empece a tratar de acordarme como vivia en la Torre Matachina cuando era joven. No querras creerme, Severian, pero durante anos no pude mirar la colina de la Ciudadela cuando pasabamos por ese tramo. Miraba para otro lado.
—Te creo —le dije.
—El tio de Maxellindis murio. El hombre solia ir a una taberna que estaba en el sur del delta, en un lugar llamado Liti. Seguro que nunca lo has oido nombrar. Una noche fuimos a buscarlo y estaba sentado con su botella y su vaso, con un brazo en la mesa y la cabeza apoyada en el brazo; pero cuando intente sacudirle el hombro, se cayo de la silla, y ya estaba frio.
—Hombres que el vino habia matado tiempo atras yacian junto a fuentes de vino y seguian bebiendo, demasiado embotados para comprender que se les habia acabado la vida.
—?Yeso que es? —pregunto Eata.
—Un viejo cuento, nada mas —dije—. No me hagas caso. Sigue.
—Despues de eso trabajamos en la barca ella y yo solos. Nos las arreglabamos tan bien como los tres antes. En realidad nunca nos casamos. Por alguna razon, cuando los dos queriamos nunca habia dinero. Y cuando
