aquella profundidad infinita, insondable del cristal, podian volverse locos. Sin embargo, el Archimago Gensher de Way habia ido a Roke llevando consigo la Piedra de Shelieth, porque en las manos de un mago contenia la verdad.
Pero la verdad varia, segun el hombre.
Asi pues, el Transformador, sosteniendola y escudrinando a traves de la superficie irregular y granulosa las profundidades infinitas, tenuemente coloreadas, centelleantes, decia en alta voz lo que veia: —Veo la tierra, como si estuviese en lo alto del Monte Onn en el centro del mundo y lo contemplara todo a mis pies, hasta la isla mas lejana de los mas lejanos Confines, y aun mas alla. Y todo es claro. Veo navios en las rutas de Illien, y los fuegos en los hogares de Torheven, y los tejados de la torre en que estamos ahora. Pero mas alla de Roke, nada. En el sur, ninguna tierra. En el oeste, ninguna tierra. No puedo ver Wathort donde tendria que estar, ni ninguna isla del Confin del Poniente, ni siquiera una tan cercana como Pendor. Y Osskil y Ebosskil ?donde estan? Hay una bruma sobre Enlad, una grisura que es como una telarana. Cada vez que miro, nuevas islas han desaparecido, y el mar en que se levantaban se extiende vacio como antes de la Creacion… —y la voz le tropezo en la ultima palabra como si le subiera con dificultad a los labios.
Puso otra vez la piedra en el atril de marfil, y se alejo. Parecia extenuado.
—Dime que ves tu —dijo.
El Maestro Invocador tomo el cristal entre las manos y lo hizo girar lentamente como si buscara en la superficie aspera y vidriosa una abertura para la vision. Largo rato la manipulo, con expresion concentrada. Al cabo la puso sobre el atril, y dijo: —Transformador, veo poca cosa. Fragmentos, visiones fugitivas, nada completo.
El Maestro de cabellos grises se estrujo las manos. —?No es eso extrano?
—?Como, extrano?
—?Suelen ser ciegos tus ojos? —grito el Transformador, como enfurecido—. ?No ves que hay —y tartamudeo varias veces antes de poder hablar— que hay una mano sobre tus ojos, asi como una mano sobre mi boca?
El Invocador dijo: —Estas demasiado excitado, mi senor.
—Invoca la Presencia de la Piedra —dijo el Transformador, dominandose, pero con la voz un poco ahogada.
—?Por que?
—Porque yo te lo pido.
—Vamos, Transformador, ?me desafias… como ninos delante de la guarida de un oso? ?Somos ninos acaso?
—Si. Ante lo que veo ahora en la Piedra de Shelieth, yo soy un nino… un nino aterrorizado. Invoca la Presencia de la Piedra. ?He de implorartelo, mi senor?
—No —dijo el alto Maestro, pero arrugo el entrecejo y se aparto del hombre mayor. Luego, extendiendo los brazos en el amplio ademan con que comienzan los sortilegios del arte, levanto la cabeza y pronuncio las silabas de invocacion. Mientras hablaba, una luz se encendia y crecia en el interior de la Piedra de Shelieth. Alrededor de ella la estancia se oscurecio; las sombras se congregaron. Cuando la oscuridad fue profunda y la piedra muy luminosa, el Invocador junto las manos, levanto el cristal, y escudrino aquella luz radiante.
Durante un rato permanecio en silencio, y luego hablo: —Veo las Fuentes de Shelieth —dijo en voz baja—. Los estanques y las cuencas y las cascadas, las grutas con cortinas de plata rutilante en donde los helechos crecen en bancos de musgo, las arenas onduladas, los saltos y el fluir de las aguas, los manantiales brotando de las entranas de la tierra, el misterio y la dulzura de la fuente, el manantial…
Una vez mas callo, y asi estuvo un largo rato, silencioso, el rostro palido como de plata a la luz de la piedra. De pronto, lanzo un grito sin palabras, y soltando la piedra se dejo caer de rodillas, la cara escondida entre las manos.
No habia mas sombras. El sol del verano llenaba la desordenada habitacion. La gran piedra yacia debajo de una mesa entre el polvo y los residuos, intacta.
El Invocador estiro el brazo a ciegas, agarrandose como un nino a la mano del otro hombre. Tomo aliento. Al fin se levanto, y apoyandose un poco sobre el Transformador, dijo con los labios tremulos y tratando de sonreir: —No volvere a aceptar tus desafios, mi senor.
—?Que viste, Thorion?
—Vi las fuentes. He visto como se hundian en los abismos, y los rios que se secaban, y los manantiales que se replegaban en la tierra. Y alla abajo era todo negro y seco. Tu has visto el mar antes de la Creacion, pero yo he visto la… lo que viene despues… Yo he visto la Destruccion. —Se humedecio los labios—. Desearia que el Archimago estuviese aqui —dijo.
—Y yo que nosotros estuviesemos con el.
—?Donde? No hay nadie que pueda encontrarlo ahora. —El Invocador alzo los ojos hacia las ventanas que mostraban un cielo azul, sin una nube—. Ninguna presencia que proyectasemos llegaria hasta el, ninguna invocacion podria alcanzarlo. Esta alli, donde tu viste un mar vacio. Se esta aproximando al paraje donde se secan los manantiales. Esta alli donde nuestras artes son inutiles… Sin embargo, quiza aun haya sortilegios capaces de alcanzarlo, ciertos encantamientos del Saber de Paln.
—Pero esos son sortilegios para traer a los muertos entre los vivos.
—Algunos llevan a los vivos entre los muertos.
—?No pensaras que esta muerto?
—Pienso que va hacia la muerte, que es atraido hacia la muerte. Como todos nosotros. Nuestro poder nos esta abandonando, y nuestra fuerza; y nuestra suerte y nuestra esperanza. Los manantiales se estan secando.
El Transformador lo observo un momento con inquietud. —No intentes invocarlo ahora, Thorion —dijo al cabo de un rato—. El sabia lo que buscaba mucho antes de que nosotros lo supiesemos. Para el el mundo es como esta Piedra de Shelieth: el mira, y ve lo que es y lo que ha de ser… No podemos ayudarlo. Los grandes sortilegios se han vuelto muy peligrosos, y sobre todo los del Saber que tu nombraste. Tenemos que esperar, como el lo ordeno, y velar por los muros de Roke, y porque se recuerden los Nombres.
—Si —dijo el Invocador—. Pero necesito pensarlo. —Y salio de la habitacion de la torre, con un andar un tanto rigido, aunque erguida la noble y oscura cabeza.
Por la manana el Transformador fue a buscarlo. Al entrar en el aposento, despues de haber llamado en vano, lo encontro tendido sobre el suelo de piedra, como si lo hubiesen derribado de un poderoso golpe. Estaba con los brazos extendidos como en el ademan de invocacion, pero tenia las manos frias, y los ojos abiertos no veian nada. Pese a que el Transformador se arrodillo junto a el y lo llamo con la autoridad de un mago, repitiendo tres veces su nombre, Thorion no se movio. No estaba muerto, pero el corazon le latia con lentitud, y apenas tenia aire en los pulmones. El Transformador le tomo las manos, y reteniendolas entre las suyas murmuro: —Oh Thorion, yo te obligue a escudrinar la Piedra. ?Esto es mi obra! —Salio de prisa de la habitacion y dijo en voz alta a quienes se le cruzaban, Maestros y estudiantes—: ?El enemigo ha llegado a nosotros, a Roke la fortificada, y ha herido nuestra fortaleza en pleno corazon! —Aunque era un hombre bondadoso, parecia tan obsesionado y frio que quienes lo veian le tenian miedo—. Contemplad al Maestro de Invocaciones —decia—. Mas ?quien lo llamara para hacerlo volver ahora que el mismo, el maestro, ha desaparecido?
Se encaminaron a su aposento, y todos se apartaron para dejarlo pasar.
Mandaron buscar al Maestro de Hierbas, quien hizo que acostaran a Thorion y lo arropasen; pero no preparo ninguna tisana de hierbas curativas, ni canto ninguno de los canticos que alivian los males del cuerpo o los trastornos de la mente. Uno de sus alumnos estaba con el, un muchacho joven que aun no habia sido nombrado hechicero, pero ya habil en las artes de curar, y pregunto: —Maestro, ?no hay nada que se pueda hacer?
—No de este lado del muro —dijo el Maestro Curador. Luego, comprendiendo con quien hablaba, continuo —: No esta enfermo, muchacho; pero aun cuando esto fuese una fiebre o una enfermedad del cuerpo, no se si nuestras artes servirian de mucho. De un tiempo a esta parte no hay sabor en mis hierbas; y aunque pronuncio las palabras de nuestros sortilegios, no hay virtud en esas palabras.
—Es como lo que decia ayer el Maestro de Cantos. Se detuvo en medio de una cancion que nos estaba ensenando y dijo: «Ya no se lo que significa este canto». Y salio de la sala. Algunos de los muchachos rieron, pero yo senti como si el suelo se hubiese hundido bajo mis pies.
