Despues de tres dias de medio ayuno, la comida le cayo bien, le dio firmeza y tranquilidad; ya no se sentia tan perdida, insegura y atemorizada. Sabia como enfrentaria a Kossil, despues del desayuno.
Se acerco a la figura alta y corpulenta cuando salia del refectorio de la Casa Grande, y dijo en voz baja: — He acabado con el ladron… ?Que dia tan esplendido!
Bajo la capucha negra, los frios ojos grises la miraron de soslayo.
—Yo creia que la Sacerdotisa debia abstenerse de comer durante tres dias despues de un sacrificio humano…
Era verdad. Arha estaba sorprendida, lo habia olvidado.
—Todavia no esta muerto —dijo al fin, tratando de imitar la facil indiferencia de un momento antes—. Esta enterrado vivo. Bajo las Tumbas. En un ataud. Recibira un poco de aire; el ataud no es hermetico, es de madera. Sera una agonia muy lenta. Cuando sepa que ha muerto, iniciare el ayuno.
—?Como lo sabreis?
Confundida, Arha volvio a titubear. —Lo sabre. Los… Mis Amos me lo diran.
—Ya veo. ?Donde esta la fosa?
—En la Cripta. Le dije a Manan que la cavase debajo de la Piedra Lisa. —No tenia que responder con tanta precipitacion ni en aquel tono apaciguador y balbuceante. Tenia que mantenerse digna ante Kossil.
—?Vivo en un ataud de madera? Es un procedimiento arriesgado con un hechicero, mi senora. ?Tomasteis la precaucion de amordazarlo para que no pueda pronunciar sus conjuros? ?Y de atarle las manos? De nada sirve cortarle la lengua, pues le basta mover un dedo para echar maleficios.
—La hechiceria de ese hombre no es nada, puras triquinuelas —dijo la muchacha, levantando la voz—. Esta enterrado y mis Amos lo reclaman. ?Y el resto no es de tu incumbencia, sacerdotisa!
Esta vez habia ido demasiado lejos. Otros podian oirla: Penta y un par de las otras muchachas. Duby y la sacerdotisa Mebbeth estaban tambien cerca. Las muchachas eran todo oidos y Kossil lo sabia.
—Todo cuanto aqui acontece es de mi incumbencia, mi senora. Todo cuanto acontece en este reino es de la incumbencia del Dios-Rey, el Hombre Inmortal, de quien soy servidora. Hasta en los lugares subterraneos y en los corazones de los hombres penetra y escudrina la mirada del Dios-Rey, y nadie puede prohibirle entrar.
—Yo puedo. En las Tumbas nadie entra si los Sin Nombre lo prohiben. Son anteriores a tu Dios-Rey y le sobreviviran. Habla de ellos con mesura, sacerdotisa. No atraigas sobre ti su venganza. Penetraran en tus suenos, entraran en los recovecos oscuros de tu mente, y te volveras loca.
Los ojos de Arha echaban llamas. La cara de Kossil estaba escondida, embozada en la capucha negra. Penta y las demas observaban la escena, aterrorizadas y fascinadas.
—Son viejos —dijo Kossil, con un hilo de voz sibilante que broto de los abismos de la capucha—. Son viejos. Nadie les rinde culto, salvo en este lugar. Han perdido el poder. No son mas que sombras. Ya no tienen ningun poder. No pretendas asustarme, Devorada. Tu eres la Primera Sacerdotisa. ?No significara eso que eres tambien la ultima? A mi no puedes enganarme. Veo en tu corazon. La oscuridad no me oculta nada. ?Ten cuidado, Arha!
Dio media vuelta y se alejo, con pasos lentos y deliberados, aplastando bajo las sandalias los hierbajos relucientes de escarcha, hacia el edificio de columnas blancas, el Templo del Dios-Rey.
La muchacha, menuda y oscura, se quedo como petrificada en el patio delantero de la Casa Grande. Nadie ni nada se movia, solo Kossil, en el vasto panorama del patio y el Templo, la Colina, la llanura desertica y las montanas.
—?Que los Tenebrosos devoren tu alma, Kossil! —grito con una voz que sono como el graznido de un halcon; y con el brazo en alto y la mano extendida y rigida, lanzo la maldicion hacia las anchas espaldas de la sacerdotisa en el instante en que esta posaba el pie en las gradas del templo. Kossil vacilo, pero no se detuvo ni volvio la cabeza. Siguio andando y cruzo el umbral del Templo del Dios-Rey.
Arha paso el dia sentada en el escalon mas bajo del Trono Vacio. No se atrevia a entrar en el Laberinto ni deseaba la compania de las otras sacerdotisas; una languidez la agobiaba y la retuvo alli, hora tras hora, en la fria penumbra del gran salon. Miraba fijamente las hileras dobles de gruesas columnas descoloridas que se perdian en las tinieblas del lejano fondo de la sala, y los rasgados rayos de luz que se filtraban por las grietas del techo, y las espesas volutas que se elevaban del carbon de lena que ardia en el tripode de bronce junto al Trono. Hacia figuras con huesecillos de rata sobre las gradas de marmol, e inclinaba la cabeza, pensando, pero sintiendose embotada. «?Quien soy yo?», se preguntaba una y otra vez.
Manan se acerco arrastrando los pies entre la doble hilera de columnas. Ya la luz se habia retirado de las sombras del salon, y hacia mucho frio. La cara de bollo de Manan tenia una expresion muy triste. Se detuvo a unos pocos metros, con las manazas colgando a los costados; el ruedo desgarrado de la capa le rozaba los talones.
—Pequena…
—?Que hay, Manan? —Arha lo miro con afecto, fatigada.
—Pequena, dejame que haga lo que dijiste… lo que dijiste que estaba hecho. El hombre tiene que morir, pequena. Te ha embrujado. Y ella se vengara. Porque es vieja y cruel, y tu eres demasiado joven. No tienes bastante fuerza.
—Ella no puede hacerme dano.
—Si te mata, aunque lo haga delante de todos, a la luz del dia, nadie en todo el Imperio se atrevera a castigarla. Es la Suma Sacerdotisa del Dios-Rey, y el Dios-Rey esta por encima de todo. Pero no te matara a la luz del dia. Lo hara a escondidas, con veneno, por la noche.
—En ese caso, volvere a nacer.
Manan se estrujaba las manazas. —Tal vez no te mate —murmuro.
—?Que quieres decir?
—Podria encerrarte en alguna camara del… abajo… Como tu has hecho con el hombre. Y quiza vivirias anos y anos. Anos… Y no naceria ninguna nueva Sacerdotisa, porque tu no habrias muerto. Ya no habria Sacerdotisa de las Tumbas, ni danzas de la oscuridad de la luna, ni se celebrarian sacrificios, ni se derramaria sangre, y el culto de los Tenebrosos caeria para siempre en el olvido. A ella y a su Senor les gustaria que fuese asi.
—Ellos me liberarian, Manan.
—No mientras esten enojados contigo, pequena —murmuro Manan.
—?Enojados?
—Por el hombre… Por el sacrilegio no expiado. ?Ay pequena, pequena! ?Ellos no perdonan!
Arha estaba sentada en el polvo del escalon mas bajo, con la cabeza inclinada hacia adelante. Miraba una cosa diminuta que tenia en la palma de la mano, el craneo de una rata. Los buhos de las vigas sobre el Trono se revolvieron un momento; empezaba a caer la noche.
—No bajes hoy al Laberinto —dijo Manan en voz muy queda—. Ve a tu casa y duerme. Por la manana ve a ver a Kossil y dile que retiras la maldicion. Eso bastara. Y no tendras que preocuparte. Yo le ensenare la prueba.
—?La prueba?
—De que el hechicero ha muerto. Ella callaba, inmovil. Cerro lentamente la mano el fragil craneo crujio y se rompio. Cuando abrio mano, no quedaban mas que esquirlas de hueso y polvo.
—No —dijo. Se sacudio el polvo de la mano.
—Tiene que morir. Te ha echado un maleficio. ?Estas perdida, Arha!
—No me ha echado ningun maleficio. Eres un viejo cobarde, Manan. Las mujeres viejas te dan miedo. ?Como piensas llegar hasta el y conseguir tu «prueba»? ?Conoces el camino del Gran Tesoro, que anoche recorriste a oscuras? ?Podras contar los recodos y llegar a la escalera, y de alli al pozo, y luego a la puerta? ?Sabras abrir esa puerta?… ?Manan, pobre Manan, has perdido el seso! Kossil te ha atemorizado. Vete a la Casa Pequena, ahora, y duerme y olvida todas estas cosas. No me molestes mas hablandome de la muerte… Yo ire mas tarde. Ve, ve, viejo tonto, pedazo de alcornoque. —Se habia levantado y apoyaba la mano en el ancho pecho de Manan, palmeandolo y empujandolo para que se fuera.— Buenas noches. ?Buenas noches!
De mala gana, agobiado por sombrios presentimientos, pero obediente, Manan dio media vuelta y se alejo entre las columnas y bajo el techo ruinoso del gran salon. Ella lo siguio con la mirada.
Arha espero a que Manan se alejara y luego dio media vuelta, bordeo el estrado del Trono, y desaparecio en la oscuridad de detras.
