—Entra. Vamos, colega, sube al taxi. Date prisa.
No tenia ni idea de por que era tan importante, pero subi y el taxi nos condujo hasta el hotel, giro a la derecha antes de la puerta principal y entro en el aparcamiento pegado a un ala del edificio.
—No puedes pasearte por delante de la fachada —me amonesto—. Si el tipo te ve, todo se ira a la mierda.
—Oh —concedi, y me senti algo estupido. Tenia razon, por supuesto, pero Dexter estaba tan poco acostumbrado a acechar de dia que ni se me habia ocurrido.
—Vamos —dijo, y bajo del coche sosteniendo un maletin nuevo. Pago al conductor y yo le segui a traves de una puerta lateral que daba a unas cuantas tiendas y, a la derecha, a los ascensores. Subimos directamente a la habitacion sin nada mas que decir, hasta que entramos. Chutsky tiro el maletin sobre la cama y se sento en una silla—. Muy bien, tenemos algun tiempo libre, y lo mejor es aprovecharlo en la habitacion. —Me miro como si yo fuera un chico algo retrasado—. Para que el tipo no sepa que estamos aqui —anadio.
Me miro un momento para ver si le habia entendido, y despues, quizas imaginando que lo habia pillado, saco un cuadernillo manoseado y un lapiz, abrio el primero y empezo a hacer un sudoku.
—?Que llevas en el maletin? —pregunte, sobre todo porque estaba un poco irritado.
Chutsky sonrio, acerco el maletin con su gancho de acero y lo abrio. Estaba lleno de instrumentos de percusion baratos, la mayoria con la palabra Cuba estampada.
—?Por que? —pregunte.
Continuo sonriendo.
—Nunca sabes que puede pasar —contesto, y devolvio su atencion al, sin duda, fascinante sudoku. Abandonado a mi suerte, coloque la otra silla delante de la television, la encendi y me puse a ver comedias cubanas.
Estuvimos asi hasta casi llegado el ocaso. Entonces, Chutsky echo un vistazo al reloj.
—De acuerdo, colega, vamonos.
—?Adonde?
Me guino el ojo.
—A ver a un amigo.
No anadio nada mas. Cogio su maletin nuevo y salimos. Aunque era un poco inquietante que me guinaran el ojo, no tuve otro remedio que seguirle con docilidad hasta un taxi que esperaba.
Las calles de La Habana estaban todavia mas bulliciosas a la luz desfalleciente. Baje la ventanilla para ver, oir y oler la ciudad, y fui recompensado con una oleada de musica cambiante pero incesante, que al parecer salia de todas las puertas y ventanas ante las que pasabamos, asi como de muchos grupos de musicos congregados en la calle. Su cancion se elevo, decayo y muto a medida que atravesabamos la ciudad, pero daba la impresion de que siempre volvia al estribillo de «Guantanamera».
El taxi siguio un sendero tortuoso por calles adoquinadas, siempre a traves de multitudes de gente que cantaba, vendia objetos y, cosa extrana, jugaba a beisbol. Perdi todo sentido de la orientacion enseguida, y cuando el taxi se detuvo ante una barrera de grandes globos de hierro en mitad de la calle, no tenia ni idea de cual era la direccion que habiamos tomado. De modo que segui a Chutsky por una calle lateral, cruce una plaza y llegue a un cruce frente al cual habia algo similar a un hotel. Era de un color rosa anaranjado intenso a la luz del sol poniente, y Chutsky entro primero, dejando atras un piano bar y varias mesas con reproducciones de Ernest Hemingway que parecian pintadas por ninos de parvulos.
Al otro lado, al final del vestibulo, habia un montacargas pasado de moda, nos acercamos y el toco el timbre. Mientras esperabamos, pasee la vista a mi alrededor. A un lado habia una fila de estanterias que contenian mercancias de algun tipo, y me acerque a echar un vistazo. Eran ceniceros, tazones y otros objetos, todos con la imagen de Ernest Hemingway, en este caso ejecutada por alguien un poco mas experto que los artistas de primaria.
Llego el montacargas y entre. Una enorme puerta de hierro gris se deslizo a un lado y revelo el interior, donde un hombre de aspecto sombrio manipulaba los controles. Entramos los dos. Algunas personas mas nos acompanaron antes de que el operario cerrara la puerta y elevara la palanca. El montacargas se puso en funcionamiento con una sacudida y empezo a subir poco a poco, hasta que llegamos al quinto piso. Entonces, el operario tiro de la palanca y nos detuvimos.
—La habitacion de Hemingway —anuncio.
Abrio la puerta y las demas personas de a bordo salieron. Mire a Chutsky, pero nego con la cabeza y senalo hacia arriba, de modo que espere hasta que la puerta se cerro y subimos dos tramos de escaleras mas, hasta detenernos con un estremecimiento. El hombre abrio la puerta y salimos agradecidos a un pequeno habitaculo, poco mas que un techo sobre el montacargas y la parte superior de un tramo de escaleras. Oi musica cerca, y Chutsky, con un movimiento de la mano, me guio hasta el tejado en direccion a la musica.
Un trio estaba interpretando una cancion acerca de unos
Chutsky se encamino hacia una mesa baja rodeada de poltronas, y dejo el maletin debajo de la mesa cuando nos sentamos.
—Una vista preciosa, ?eh? —comento.
—Muy bonita —conteste—. ?Piemos venido por eso?
—No, ya te lo dije. Vamos a ver a un amigo.
Tanto si me estaba tomando el pelo como si no, dio la impresion de que no iba a abundar mas en el tema. En cualquier caso, el camarero aparecio ante nuestra mesa en aquel momento.
—Dos mojitos —ordeno Chutsky.
—La verdad, creo que prefiero una cerveza —comente, cuando recorde mi siesta inducida por los mojitos.
Chutsky se encogio de hombros.
—Como quieras. Prueba la Cristal, es muy buena.
Asenti con la cabeza en direccion al camarero. Si en algo podia confiar en Chutsky, era en su eleccion de cervezas. El camarero me devolvio el cabeceo y fue a la barra a buscar nuestras bebidas, mientras el trio atacaba «Guantanamera».
Apenas nos quedaba un sorbo en nuestras bebidas, cuando vi que un hombre se acercaba a nuestra mesa. Era muy bajo y vestia pantalones marrones y una guayabera verde lima, cargado con un maletin que se parecia mucho al de Chutsky.
Este se puso en pie de un brinco y extendio la mano.
—?I-ban! —chillo, y tarde un momento en comprender que Chutsky no estaba padeciendo un repentino ataque de sindrome de Tourette, sino que era la pronunciacion cubana del nombre del recien llegado, Ivan. I-ban extendio la mano y lo abrazo calurosamente.
—?Cam-bell! —exclamo I-ban, y de nuevo tarde un momento en reaccionar, esta vez porque no me acordaba de que Chutsky era el reverendo Campbell Freeney. Cuando todos los engranajes estuvieron en su sitio, Ivan se volvio hacia mi y enarco una ceja.
—Ah, si —tercio Chutsky—. Te presento a David Marcey. David, Ivan Echeverria.
—
—Es un placer —repuse en ingles, pues no estaba seguro de que «David» hablara espanol.
—Bien, sentemonos —dijo Chutsky.
Llamo al camarero mientras Ivan se sentaba. El camarero corrio hasta nuestra mesa, tomo nota del mojito que queria Ivan, y cuando llego, Chutsky e Ivan bebieron y hablaron alegremente en espanol cubano. Es probable que hubiera podido seguirles si me hubiera esforzado, pero se me antojo un trabajo muy arduo para enterarme de lo que parecia una conversacion privada, compuesta en su mayor parte de recuerdos sentimentales. La verdad es que, aunque hubieran estado hablando de algo mucho mas interesante que Que Paso Entonces, habria declinado el honor. Porque ya habia anochecido, y sobre el borde del tejado se estaba alzando una enorme luna amarilla rojiza, una luna hinchada, descarada, sedienta de sangre, y nada mas verla se me puso la piel de gallina, todo el vello de mi espalda y brazos se erizo y aullo, y por todos los pasillos del Castillo Dexter corria un pequeno y oscuro lacayo, encargado de comunicar la orden de Vamos A Por Ello a todos los Caballeros de la Noche.
