– La viuda…
– Aha. Le hemos echado el ojo a un estanco que se traspasa en el barrio. Ella tiene sus ahorros, pero no llega. Y tampoco la dejaria. Yo soy el hombre…
– ?En que le ha dicho que trabaja?
– Viajante de comercio -contesto y me miro a los ojos-. Pero no me ha creido mas que yo a usted el cuento de que Nina es su hermanita…
– Yo…
– No diga nada. Fue un detalle, para protegerla, ?no? Eso me gusto. Me estare ablandando… Elida me dejo llevar una pipa, porque le dije que era para defenderme, pero me hizo prometer que solo cargaria una bala…
– Alcanza y sobra -dije-. Segun para que. O para quien…
Cambio de tema.
– Cuando esto se termine, El Muerto me va a dar mi parte y se acabo la pelea para mi: me conformo con perder a los puntos…
– ?Y usted le creyo?
Se revolvio furioso. A los dos se nos habia pasado la borrachera.
– ?Por que no se mete en sus problemas, Sotanovsky? Que tiene bastantes. Los tipos del coche negro, alli en el campo, ?se acuerda? A los mandados los conocia de vista. Mala gente: de coca, matar por matar y faltarle a las mujeres…
– No, si pinta de monaguillos no tenian…
– Al principio crei que El Muerto me la habia jugado, pero despues vi al jefe. A ese tambien lo conocia, pero de otro lado…
Dejo las palabras en el aire y no pregunte. Sospechaba la respuesta y no me gustaba. De todas maneras, iba a decirlo:
– Era un pasma, Sotanovsky. Un policia.
Senti una sacudida.
Habiamos llegado al puerto.
34
Nina llevaba el volante del todoterreno con pericia por las empinadas calles de Ceuta, buscando algo. Hablaba sin parar desde que habiamos desembarcado. Nos conto de la geografia particular de la ciudad, de sus veinte kilometros cuadrados y de sus playas banadas por el Mediterraneo a un lado y por el Atlantico al otro. Era una experta hablando sobre ese lugar y pense que habria vivido ahi alguna historia memorable o tal vez no, y por eso. El caso es que contagiaba y, pese a la noche, adivine en las siluetas acaloradas de Ceuta el perfil del monte de la Mujer Dormida, que en tiempos de
Lo comente en voz alta y Serrano se limito a decir que el tio se habria marchado
Nina, en cambio, me dijo que Ulises volvio a su miserable Itaca porque era un gilipollas.
– ?Entonces, por que tardo tanto en decidirse? -pregunte.
– Habia una reina en la isla, ?recuerdas? Y se lo montarian de miedo…
Serrano seguia insistiendo en que la culpa la tendrian los moros y, en plena discusion que hubiera alucinado a Homero, ella freno el coche en seco. Habia encontrado lo que buscaba. Un negocio abierto las 24 horas y lleno de la misma gente desalentada que habia cruzado el Estrecho con nosotros. Nina salto del coche enojada y corto la discusion:
– Ademas de gilipollas, Ulises era un cagon. Ni siquiera se atrevio con las sirenas -sentencio-. Igual era gay…
Entro en la tienda y nos dejo en el todoterreno, rodeados de calor y de sombras.
– Tampoco es como para poner a su amigo de maricon -me defendio Serrano-. Que cuando uno oye llegar a la pasma, las sirenas acojonan a cualquiera…
Le dije que tenia razon y le pregunte por las instrucciones que le habia dado El Muerto. Se ofendio: el no necesitaba instrucciones, sabia su oficio. Me decidi:
– Es que esto se complica Serrano. Y si el tipo aquel era un policia, no venia en mision oficial. Tampoco me fio de que El Muerto cumpla su palabra con ninguno de nosotros, y no se ofenda.
– El no se atreveria a enganarme -dijo sin conviccion.
– ?Le pido un favor? O mejor: le propongo un trato. Yo le escribo cuatro cartas mas para su viuda y usted me promete dejar a Nina al margen de cualquier orden de El Muerto…
Lo penso un rato.
– No se… Sobre ella no me ha dicho nada, pero hace bien en preocuparse. El Muerto es un mal bicho con las mujeres. Ademas -me miro a los ojos-, usted sabe que yo poco puedo hacer. Estoy acabado, Nicolas. Soy un viejo boxeador que no puede ganarle ni a su sombra…
Le palmee la espalda.
– ?De eso nada! Si esta hecho un pibe. ?«Trompazo Atomico» Serrano no se rinde! Como se le ocurra volver al ring, mas de uno se pone a temblar, seguro.
– ?Usted cree? -indago agradecido.
– Seguro. Mire, el trato es este: si antes de que volvamos a Madrid El Muerto le ordena liquidarme, usted mismo. Pero si sus ordenes incluyen a Nina en la matanza, la deja escapar y todos en paz…
– ?Cuantas cartas dijo?
– Cuatro.
– Mejor seis, asi me duran mas tiempo.
– Hecho: seis cartas de amor tranquilo y otonal, de afecto limpio y sincero, algo sobrio, delicado…
– Tampoco exagere, Sotanovsky. A ver si Elida se cree que he salido maricon como su amigo Ulises. Y…, ya puestos, que una de las cartas sea un pelin verde, usted ya me entiende…
– ?Algo sensual?
– ?Eso! -se alegro Jamon-. Es que Elida es toda una senora y yo no tengo costumbre, no se como…
– Usted no se preocupe, Serrano: despues de leer la carta que le voy a dictar, la viuda se le va a tirar encima nada mas verlo. ?Trato hecho?
Nos dimos la mano, o mejor dicho el destrozo la mia. Estaba euforico imaginando ya el revolcon con la viuda. Nina volvio cargada de botellas y cartones de tabaco.
– En Marruecos la comida es barata, pero el alcohol, carisimo -dijo, separando una botella de bourbon que acune en mis brazos como a un bebe anorado. Me llamaron la atencion tres botellas de algo que ya asustaba desde la etiqueta: un whisky pesimo y barato.
– Para la frontera -aclaro ella-. Con todos estos haciendo cola, nos puede dar la manana antes de cruzar. Unas botellas de lo que sea al policia, y pasamos en un rato. Tambien cambie dinero marroqui.
– ?Eso es ilegal! -proteste-. Sobornar a alguien con esta porqueria deberia estar penado.
Pero funciono. Al llegar a la frontera marroqui, Nina dejo el coche a un costado y nada mas tocar tierra, ya tenia al lado a un guardia sudoroso. Hablaron rapido en un frances apretado, y una botella de veneno amarillento cambio de manos. Serrano me dio mi pasaporte argentino, que elevo el precio, y alla se fue otra botella y dos billetes manoseados. En cuanto me lo sello, se lo devolvi a Jamon, que lo recibio con incomodidad pero lo guardo en su bolso.
Ya otra vez en el coche y a punto de cruzar, un guardia con la sed pintada en la cara cobriza dijo algo vacio de palabras: era el gesto lo que contaba. Volo la tercera botella y nosotros entramos en Marruecos.
