– Vosotros os quedais aqui mientras yo me acerco por el otro lado, para recuperar los bolsos -dijo y salio corriendo otra vez hacia el campo, la camisa de flores ondeando como la bandera de un pais en el que las cuatro estaciones se llamaran primavera.
Serrano y yo nos turnamos para vigilar desde la trinchera de la zanja y creo que nos quedamos dormidos al mismo tiempo. Tambien a duo despertamos sobresaltados cuando el motor de un coche acelero a fondo y crei que todo volvia a empezar. Era Nina, que nos hacia senas desde el asiento del conductor de un coche identico al negro que yacia al pie de la montana, salvo que este estaba pintado de color azul oscuro. En cuanto subimos, ella se puso en marcha con las luces apagadas y siguiendo un trayecto mas o menos paralelo a la carretera. Serrano y yo la mirabamos intrigados pero con respeto:
– ?Quereis cerrar la boca, pasmados? -ordeno ella en tono energico, pero estaba de buen humor.
Nos conto que al llegar al bus reconocio al pelado del mechon ensangrentado, que se habia acercado en ese coche con un rubio, simulando ser buenos samaritanos dispuestos a echar una mano. El pelado dijo haberse golpeado la cabeza en una frenada brusca cuando intentaron esquivar un perro en la carretera, y un vecino del pueblo se ofrecio a llevarlo para que lo curaran.
– Imagino que queria comprobar si estabais alli, porque a mi me reconocio de inmediato -siguio contando Nina-. El rubio se quedo para vigilarme, y cuando dije que no estaba dispuesta a esperar el bus de recambio y cargue mis bolsos para ir andando por la carretera, se ofrecio galantemente a llevarme. Y me llevo. A mi… y a mi amiga.
Mostraba la pistolita que yo habia visto dias antes al revisarle el bolso, y que en su mano parecia de juguete.
– ?Por que me miras asi? Una chica tiene que cuidar de si misma -protesto con inocencia fingida-. El rubio no lo sabia y por eso ahora corre desnudo por el campo.
No podia parar de hablar. Nos conto que estabamos a mas de cuatrocientos kilometros de Algeciras, y en direccion contraria a la esperada, pero que llegariamos a tiempo para tomar el ferry con destino a Ceuta.
Y no recuerdo mas, porque me quede dormido, acunado por los ronquidos de Serrano.
Cuando desperte, Nina volvia a estar enojada por algo sin nombre. El sol estaba alto y el paisaje era diferente. Serrano durmiendo en el asiento de atras. Bajamos a estirar las piernas. En menos de dos horas estariamos en Algeciras y poco despues en Marruecos, donde quizas estaba Noelia o quiza no. Pero esa proximidad de la definicion nos apagaba cualquier alegria, cualquier desesperacion. Y la vida con Nina, si es que yo iba a tener alguna vida, tenia que ser un ping-pong entre la rabia y la ternura.
Volvimos al coche y despertamos al grandote. Tardo en reconocernos. Me miro fijamente y pregunto:
– ?Le apetece un bocadillo, Sotanovsky?
– Yo que tu aceptaria, Nicolas -se burlo Nina, recordando nuestro pacto-. Es el unico «manjar» que te vas a comer en este viaje.
Serrano no entendio el doble sentido. Era un hombre de direccion obligatoria, pero a su manera, un buen tipo. Se sento a mi lado y Nina se acosto en el asiento trasero. El coche rodaba sin estruendo y disfrutamos del paisaje que se descorria mientras avanzabamos. Mire por el retrovisor. Nina dormia. Una pequena arruga le cruzaba la frente.
– ?Me lo va a decir o no? -pregunte.
– ?Que? -dijo Serrano sin conviccion.
– Lo que lo preocupa desde anoche, quienes eran esos tipos, por que nos seguian, y para que sirve un revolver enorme con una sola bala…
– Sin ninguna sirve de menos…
– Filosofia a esta hora no, Serrano.
Se revolvio incomodo y dijo en tono confidencial:
– Es una promesa, ?sabe?
No dije nada. Estaba aprendiendo que su ritmo era lento y habia que dejar que las palabras salieran. Por fin empezo:
– Elida…
– Su viuda.
– Oiga, dicho asi suena a velatorio.
– Tranquilo, Serrano, todos tenemos una viuda, ya sea una mujer, un libro o un momento al que no podremos volver…
– Eso es bonito. ?Me lo presta para escribirle una carta a Elida?
– Si, pero pongale algo suyo, si no no vale. Es como un traje prestado, Serrano: por bien que le quede, siempre va a oler a otro. Algo suyo, que le haga cosquillas en el pecho, un recuerdo feliz. Dele, pruebe…
Aparte los ojos del asfalto y lo mire un instante. Se habia ruborizado.
– Cuando estuve en el talego, por la ventana de mi celda se veia una esquina -evoco-. Cada tarde espiaba a una pareja de chavales. A la misma hora. Cada uno en su acera, en su parada del autobus. Creo que no se conocian. Se quedaban ahi, y se miraban. Al principio con disimulo, pero cuando pasaron los dias comenzaron a mirarse de frente. Yo estaba a unos cuantos metros, pero podia ver que, con los ojos, se decian mas cosas que si estuvieran hablando.
Lo mire otra vez. Estaba ausente.
– A veces -siguio-, parecia que uno de ellos iba a cruzar, y en ese momento miraban hacia otro lado pero los pies se seguian apuntando. Yo, que los espiaba desde un ventanuco de mierda y cuatro plantas mas arriba, me hacia apuestas sobre cual cruzaria primero. Ella era mas lanzada, llegaba riendo con sus amigas. Pero cuando se quedaba sola en la parada, cambiaba. El, enfrente, sacaba pecho y fumaba, caminaba en circulos, ?sabe?; y pense que al final del circulo un dia iba a enfilar hacia ella, iba a cruzar la calle y decirle algo.
– ?Quien cruzo, al final? -pregunte.
– Ella -respondio laconico-. Una tarde llego distinta, lo supe al verla. Mas arreglada y como para una fiesta. Se habia cambiado el peinado y llevaba unos zapatos de tacon. Cuando llego el, se miraron un rato largo y ella, sin dejar de mirarlo a los ojos, cruzo la calle, estiro una mano…
– ?Y? -me impaciente.
– La atropello un autobus.
Fumamos en silencio.
– ?Sabe que, Serrano? Mejor le dicto una carta en el primer bar que encontremos…
Paramos en una estacion de servicio, dejamos a Nina durmiendo y nos tomamos un cafe en el bar. Le dicte una carta para su Elida. Jamon me pidio que leyera en voz alta lo que habia escrito con su inmensa letra. Mientras lo hacia, imagine a la viuda suspirando en la cocina, o apoyada contra la puerta como las actrices de los anos cuarenta. Serrano se puso de costado para que no lo viera el encargado del bar desierto y saco el revolver. Abrio el tambor y lo cargo con una sola bala. Termine de leer y suspiro admirado:
– Para ser mudo habla usted muy bien, Sotanovsky.
– Y usted, para ser un asesino, tiene el corazon muy grande, Serrano.
Mi miro apenado y no respondio. Guardo el revolver y volvimos al coche, a despertar a Nina, por si queria un cafe.
Un todoterreno de la Guardia Civil estaba cruzado cortando el paso. Dos tipos de verde hablaban con Nina. De repente recorde que ibamos en un coche robado, que a su vez podrian haber robado antes los matones para la operacion. Retrocedimos unos pasos. Me temblo una pierna y despues la otra. Los tipos me daban la espalda. Pense en correr, pero me dio verguenza. Nina me hizo un gesto con los ojos y no lo entendi.
– La cagamos, Serrano. ?Todavia tiene la pistola o la dejo de propina?
– No ofenda, oiga.
– Perdone. Vuelva al bar y quedese ahi. Si hay problemas, sale, los encanona y los encerramos en el bano.
– Usted ha visto muchas peliculas -dijo Jamon.
– Pero usted prefiere las de Stallone. Haga lo que le digo o despidase de todo.
En cuanto el entro, Nina me llamo, levantando los brazos:
