– Uf, por fin -se alivio Jamon-. ?Eh, aqui, estamos aqui!
– ?Usted es boludo o se hace? -le grite.
Dos de los tipos habian saltado el alambre y se acercaban. Los otros buscaban un lugar para cruzar con el coche.
– ?Esta usted loco! -se enojo Serrano-. Encima que nos vienen a buscar…
Antes de que pudiera detenerlo, se asomo y llamo a los tipos, haciendo gestos con las manos. Los otros respondieron aliviados y repitieron los gestos al del coche, que habia conseguido cruzar la zanja por una entrada. Una linterna rajo la oscuridad en dos y recorto a Serrano.
– ?Ve que buena gente? -dijo hablando hacia los arboles, donde Nina y yo seguiamos acurrucados-. Hasta nos iluminan el camino…
Se oyo un ruidito seco y una bala pico junto a los pies de Serrano. Otra pego un metro mas alla.
– ?Cagonlaputaaaaa! -grito el grandote y volo hacia nosotros.
– Buena gente, ?no?
No dijo nada. Otra bala pico en un arbol y nos tiramos al suelo. El motor del coche sono a nuestra izquierda. Habian apagado las luces. Jamon busco algo en los bolsillos y pense que como me ofreciera un bocata iba a ponerme a gritar.
– Me imagino que habra traido el trabuco, Serrano -pregunte.
– ?Eh?
– El bufoso. ?Que si trajo el revolver, carajo! -me impaciente.
– Desde luego -contesto muy digno-. Soy un profesional de los de antes, no un aficionado.
– ?Y que espera para cagarlos a tiros, Serrano?
Se revolvio incomodo.
– Es que… Se me cayo al cruzar la alambrada.
No tuve tiempo de enojarme, porque uno de los tipos aparecio a nuestras espaldas. Era calvo pero se cubria la bola de la cabeza con un largo mechon que le salia del costado. Nos apunto con una pistola enorme y negra que tenia un cano ancho en la punta. Seria el silenciador, pense.
– Quietos -susurro-. Los dos quietecitos.
Nina no estaba y eso me alivio. Se habria escondido cuando empezaron los balazos. El tipo hizo senas para que no hablaramos y nos llevo campo adentro, en direccion contraria a la de sus companeros.
– ?Por que no me dijo que era mudo? -pregunto Serrano, recordando de repente.
– Creia que usted era sordo y no me iba a escuchar -respondi.
– ?A callar, cono! -ordeno el pelado en un murmullo helado.
Estaba haciendo que dieramos una vuelta muy amplia para alejamos del coche y los otros, que seguian buscando sin ruido. Algo no encajaba. Por fin aparecimos en la carretera, unos mil metros antes del lugar en el que el autobus seguia recostado en la zanja, como dormido. Nos hizo quedar a un costado y se asomo a la curva, manteniendonos a tiro todo el tiempo. Esperaba algo.
Una luz se insinuo detras de la curva y el tipo suspiro. Se acerco a nosotros, apunto a Jamon con la pistola y dijo:
– Lo siento, Serrano. Nada personal, ?sabe?
De pronto cayo redondo en la zanja, como herido por un rayo. Una piedra de gran tamano le habia dado en la cabeza, e hizo flamear el mechon como una bandera. A unos treinta metros, donde acababa la curva, se asomo triunfal el conductor del autobus.
– ?Le he dado a la jodia vaca, le he dado!
– ?Petiso viejo y peludo! -lo felicite.
Y empece a correr por el campo, hacia las luces del pueblo lejano. Serrano me seguia sin aliento, y el conductor gritaba que no tuvieramos miedo, que la vaca no iba a volver. Yo corria desesperado. Habia que buscar ayuda para Nina. Me acorde del revolver de Jamon, en la zanja, pero ya estabamos muy lejos. El conductor se habia rezagado y no nos siguio mas. Sin dejar de correr, rodeamos una loma y cruzamos un barranco. Las luces seguian lejos. Tomamos un sendero de tierra que bordeaba una montanita. Paramos para recuperar el aliento y, al mirar hacia atras, la carretera me parecio ridiculamente cercana. Llevariamos una hora o mas corriendo y tropezando por el campo desde que descubri que nos seguian.
– ?Lo conocia? -pregunte.
– No. Si. De vista.
– ?Trabaja para El Muerto?
– No creo -dijo Serrano sin confianza-. No creo.
Llegamos al pie de la montanita, rodeada por un camino polvoriento. Seguimos corriendo bajo la noche y al coronar una curva, nos topamos con la parte de atras del coche negro.
30
Los tipos se sorprendieron tanto como nosotros. Eran tres, el que nos habia apuntado antes tenia la cabeza vendada de mala manera, con un trapo. Salto del coche en marcha y se arrepintio nada mas tocar el suelo. Habia sido una buena pedrada. Nos apunto con rencor. Nos acercamos, mientras otro bajaba tambien con una pistola en la mano. El tercero se quedo en el asiento de atras, oculto por la noche.
El de la cabeza vendada nos deslumbro con la linterna. El que estaba en el coche le dijo idiota y ordeno que la apagara. Nos cachearon. Se encendieron las luces cortas del coche.
– Sin trucos -dijo el de la cabeza vendada. Nos hizo sentar sobre el capo. Reconoci el trapo y me senti enfermo.
– ?De donde sacaste esa tela, la concha de tu madre? -pregunte con rabia. Era un trozo del vestido de Nina. Estaba seguro. El calvo empezo a reirse pero le doleria la cabeza, porque lo dejo.
– ?Que, te gusta el modelito? -dijo, sin dejar de apuntarnos mientras sacaba del coche el resto del vestido-. Lo encontramos cerca de los arboles. Y no te preocupes por tu amiga: mi socio se ocupo de ella. Tiene una suerte, el cabron…
Imagine a Nina rota y desnuda en ese campo sin nombre. Y la rabia pudo mas que el miedo. Le pegue un golpe seco en la cabeza, sin preocuparme de la pistola. Se doblo y cayo. El otro grito algo, pero Serrano le dio un sopapo sin mirar, casi una caricia. El tipo volo hacia el capo del coche. Sono un taponazo, ruido de vidrios rotos, y el tipo se sacudio. Me agache sobre el de la cabeza vendada y le pegue otra vez, desoyendo a Serrano que me llamaba. Le arranque la tela de la cabeza, como si arrancara a Nina de su suerte. El mechon, pegoteado de sangre, cayo hacia atras como una cosa viva. Serrano habia desaparecido y me tire sobre la pistola que estaba en el suelo. No llegue. El tercer tipo habia bajado del coche y me apuntaba a la cabeza.
– No haga el gilipollas, Sotanovsky. Que usted no es ningun gaucho salvaje -dijo, sobrador. Pero tenia razon.
Levante las manos. El de la pedrada se recupero y me miro con odio. El otro, sobre el capo, no se movia. Habia recibido el balazo de su jefe.
– Salga -dijo el jefe a la oscuridad.
– ?No salga, Serrano, que lo van a hacer boleta! -adverti olvidando que no me entenderia-. Si sale, lo matan, es a mi al que necesitan.
– Salga, Serrano -repitio el otro como si yo no hubiera hablado-. Salga o mato a su amigo.
Jamon se asomo con las manos en alto, cara de excusa y me dijo:
– Tengo que seguirlo adonde vaya.
Pense que no iriamos muy lejos.
Nos hicieron tirar al muerto en un barranco, pero antes rescataron una navaja y otra pistola que llevaba en el bolsillo. El cuarto no llegaba y el de la cabeza rota me mortificaba detallando lo que le estaria haciendo a Nina. Yo estaba demasiado cansado hasta para la rabia. Nos hicieron limpiar los vidrios rotos del asiento del conductor y
