entre los cojines suaves de terciopelo, totalmente abandonados al sueno como hacen los ninos, con las bocas sonrojadas abiertas, sus caras redondas y pequenas, suaves. Tenian la piel humeda, radiante; los rizos del mas moreno caian sobre su frente, humedos y pegados a la piel. De inmediato vi, por su ropa identica y pobre, que se trataba de huerfanos. Y se habian devorado lo que les habian servido con nuestra mejor vajilla. El mantel estaba salpicado de vino y una pequena botella estaba en medio de los platos y los cubiertos grasientos. Pero en la habitacion habia un aroma que no me gusto. Me acerque, para ver mejor a los dos pequenos dormidos, y pude ver que tenian los cuellos desnudos pero que nadie los habia tocado. Lestat se habia agachado al lado del mas moreno; era, de lejos, el mas hermoso. Podria haber sido elevado a la cupula pintada de una catedral. No tenia mas de siete anos, pero poseia una belleza perfecta que es asexual y angelical. Lestat le paso suavemente la mano por el cuello palido y luego rozo los labios sedosos. Dejo escapar un suspiro que tenia una anticipacion deseosa, dulce, dolorosa.
»—Oh…, Claudia… —suspiro—. Te has lucido. ?Donde los encontraste?
»Ella no dijo nada. Se habia vuelto a un sillon oscuro y estaba sentada entre dos grandes cojines, con sus piernas estiradas, los tobillos cayendo de modo que no se podian ver las plantas de sus hermosos zapatos sino los costados curvos, sus ornamentos delicados.
»Miraba a Lestat.
»El se quedo encantado con el piropo. La miro, estiro una mano y la tomo del fino tobillo.
»—?Tontita! —susurro, y se rio; pero entonces se callo como no queriendo despertar a los ninos condenados. Le hizo a ella un gesto intimo, seductor—. Ven a sentarte a su lado. Tu coges este y yo el otro. Ven.
»La abrazo cuando ella paso a su lado y la puso al lado del otro nino. Acaricio el pelo humedo del nino, le paso los dedos por los parpados redondos y por el borde de las cejas. Y luego puso toda su mano suave sobre la cara del nino y le acaricio las sienes, las mejillas y el menton, masajeando la piel joven. Se habia olvidado de que estabamos alli, pero retiro la mano y se quedo inmovil un instante, como si su deseo lo marease. Miro al techo y luego puso manos a la obra. Doblo lentamente la cabeza del nino sobre el sofa y los parpados del nino se pusieron tensos un segundo y un gemido escapo de sus labios.
»Los ojos de Claudia estaban fijos en Lestat, aunque levanto la mano izquierda y lentamente desabrocho los botones del nino que estaba a su lado y metio la mano bajo la misera camisa y sintio la piel desnuda. Lestat hizo otro tanto; pero subitamente, su mano cobro vida propia, se deslizo bajo la camisa y rodeo el cuerpo del nino en un calido abrazo, acercandoselo de modo que su cara quedo hundida en el cuello del nino. Movio los labios por el cuello y el pecho y los diminutos pezones. Entonces, paso su otro brazo por la camisa abierta, de modo que el nino quedo indefenso, lo apreto aun mas entre sus brazos y le hundio los dientes en la garganta. La cabeza del nino cayo hacia atras, se le soltaron los rizos, y nuevamente dejo escapar un leve gemido y movio los parpados, pero no los abrio. Y Lestat se arrodillo, con el nino apretado contra el, chupando, con su propia espalda arqueada y rigida. Su cuerpo se movia hacia atras y hacia adelante, transportando al nino, y sus gemidos prolongados subian y bajaban siguiendo el ritmo de su lenta oscilacion, hasta que, de repente, todo su cuerpo se puso tenso y sus manos parecieron buscar algun medio para alejarse del nino, como si este fuese una carga inutil que colgara de el; y por ultimo abrazo al nino nuevamente y, lentamente, lo recosto en los mullidos cojines, chupando menos, ahora casi de forma inaudible.
»Se aparto. Sus manos presionaron al nino. Se arrodillo con la cabeza hacia atras, y sus largos cabellos rubios cayeron despeinados. Y entonces, lentamente, se echo en el suelo, doblandose, la espalda contra la pata del sillon.
»—Ah…, Dios —susurro con la cabeza hacia atras y los parpados semicerrados. Pude ver que el color le subia por las mejillas, le llegaba a las manos. Una mano se apoyo en su rodilla, temblorosa y luego cayo inmovil.
»Claudia no se habia movido. Permanecia como un angel de Botticelli al lado del nino ileso. El cuerpo del otro nino ya se habia encogido, el cuello como un tallo fracturado, la cabeza pesada cayendo ahora en un angulo torpe, el angulo de la muerte, sobre el almohadon.
»Pero algo estaba mal. Lestat miraba al techo. Pude ver su lengua entre los dientes. Estaba demasiado inmovil, como si intentase decir algo, pasar la barrera de los dientes y tocarse los labios. Parecio temblar de forma convulsiva… Entonces se relajo pesadamente; no obstante, no se movio. Un velo habia caido sobre sus claros ojos grises. Miraba al techo. Y un sonido partio de su garganta. Sali de las sombras del corredor, pero Claudia dijo con tono decidido:
»—?Vuelve atras!
»—… Louis… —dijo el, por fin lo pude oir—, Louis…, Louis…
»—?No te gusta, Lestat? —le pregunto ella.
»—Algo esta mal —murmuro el, y abrio los ojos como si hablara con un esfuerzo colosal; no se podia mover, no se podia mover para nada—. ?Claudia! —Aspiro aire nuevamente y sus ojos rodaron en direccion a ella.
»—?No te gusta la sangre de los ninos?… —pregunto ella en voz baja.
»—Louis… —susurro el, levantando por ultimo la cabeza por un instante: volvio a caer en el sofa—. Louis, es…, es… ajenjo. Demasiado ajenjo. Me ha envenenado. Louis… —trato de levantar una mano. Me acerque mas y solo la mesa nos separo.
»—?Atras! —repitio ella; y entonces salto del sofa y se acerco a el, mirandolo a la cara como el habia mirado a los ninos—. Ajenjo, padre —dijo ella—. ?Y laudano!
»—?Demonio! —le dijo el—. Louis…, ponme en mi ataud. —Trato de levantarse—. ?Ponme en mi ataud!
»Su voz fue ronca, apenas audible. La mano temblo, se levanto y cayo.
»—Yo te pondre en tu ataud, padre —dijo ella como si lo estuviera calmando—. Te pondre alli para siempre.
»Y entonces, de abajo de los almohadones del sofa, saco un cuchillo de cocina.
»—?Claudia! ?No hagas eso! —le dije yo. Pero ella me miro con una virulencia como nunca le habia visto en su expresion. Y, mientras yo me quedaba paralizado, ella le abrio la garganta y el dejo escapar un grito agudo y sofocado.
»—?Dios mio! —grito—. ?Dios!
»La sangre mano sobre su camisa, por el abrigo. Mano como jamas podria haberlo hecho de un ser humano; toda la sangre con que se habia alimentado antes del nino y la del nino; y movia la cabeza haciendo un sonido burbujeante. Ella le hundio el cuchillo en el pecho y el se agacho hacia adelante, con la boca abierta, sus colmillos al descubierto, las dos manos tratando, convulsivas, de asir el cuchillo, revoloteando alrededor del mango. Levanto la vista hasta mi, con el pelo sobre los ojos.
»—?Louis! ?Louis!
»Dejo escapar un gran gemido y cayo de costado en la alfombra. Ella se quedo mirandolo. La sangre corria por todos lados como agua. El grunia, tratando de levantarse, con un brazo encogido debajo de su pecho y el otro moviendose por el suelo. Y, entonces, de repente, ella se arrojo sobre el y, aferrandose de su cuello con ambas manos, le hundio los dientes mientras el se defendia.
»—?Louis! ?Louis! —gimio una vez mas, luchando, intentando desesperadamente alejarla; pero ella quedo encima de el, y su cuerpo, levantado por el hombro de Lestat, se sacudio y cayo nuevamente hasta que se separo; y, cuando encontro el suelo, se alejo rapidamente de el, con sus manos en los labios. Mi cuerpo estaba convulso por lo que acababa de presenciar, y me sentia incapaz de seguir mirando.
»—Louis —dijo ella, pero yo solo sacudi la cabeza; por un instante, toda la casa parecio oscilar; pero ella insistia—. Louis, mira lo que le pasa.
»Habia dejado de moverse. Estaba echado de espaldas. Y todo el cuerpo le temblaba, se le secaba; la piel estaba gruesa y arrugada y tan blanca que se le veian todas las pequenas venas. Quede perplejo, pero no pude apartar la vista, ni siquiera cuando la forma de los huesos empezo a asomar, sus labios retrocedieron hasta los dientes, la piel de la nariz se seco y mostro dos grandes agujeros. Pero sus ojos siguieron iguales, mirando enloquecidos al techo, con el iris bailoteando de una punta a la otra, mientras la carne se hundia hasta los huesos y se convertia en un pergamino que tapaba al esqueleto. Por ultimo, puso los ojos en blanco y asi quedo, solo una
