masa de rizado cabello rubio, un abrigo, un par de botas brillantes y ese horror que habia sido Lestat; y yo lo mire, desesperado.

»Durante largo rato. Claudia simplemente se quedo alli. La sangre habia empapado la alfombra, ensombreciendo las flores bordadas. Brillaba pegajosa y negra sobre los suelos. Habia manchado el vestido, los zapatos blancos, las mejillas de Claudia. Se limpio con una servilleta arrugada, trato de limpiarse las manchas del vestido y, entonces, me dijo:

»—?Louis, debes ayudarme a sacarlo de aqui!

»—No —conteste. Y le di la espalda; ella seguia con el cadaver a sus pies.

»—?Estas loco, Louis? ?No puede quedarse aqui! —me dijo—. Y los ninos. ?Debes ayudarme! El otro ha muerto del ajenjo. ?Louis!

»Yo sabia que tenia razon, que era necesario. No obstante, me parecio algo imposible.

»Tuvo que rogarme; casi me llevo de la mano. Encontramos el horno de la cocina aun repleto con los huesos de la madre y la hija que ella habia asesinado; un acto peligroso, una estupidez. Entonces ella metio los cadaveres en un saco y lo arrastro por las piedras del patio hasta el coche. Yo mismo ate el caballo, dejando dormir al sonoliento cochero, y conduje el carruaje a las afueras de la ciudad, rapidamente, en direccion al pantano St. Jean, que se extendia hasta el lago Pontchartrain. Ella se sento a mi lado, en silencio, hasta que pasamos las puertas iluminadas de las pocas casas rurales y el camino se angosto y se volvio escabroso; el pantano se extendia a ambos lados y era como un muro al parecer impenetrable de cipreses y de enredaderas. Podia oler el hedor de los vegetales podridos, oir el ronroneo de los animales.

»Claudia habia enfundado el cuerpo de Lestat en una sabana porque yo no lo quise ni tocar, y luego, para horror mio, le habia esparcido encima los crisantemos de largos tallos. Por tanto tenia un dulce aroma funerario cuando por ultimo lo meti en el carruaje. Casi no pesaba, de tan flaccido que quedo, como algo hecho de cuerdas y trapos. Y me lo puse al hombro y avance por las aguas negras, el agua que chapoteaba y llenaba mis botas; mis pies buscaban un sendero bajo esas aguas, lejos de donde habia dejado a los dos ninos. Entre cada vez mas profundo con los despojos de Lestat, aunque no sabia por que. Y, finalmente, cuando apenas podia vislumbrar el palido espacio del camino y el cielo que peligrosamente se aproximaba al alba, deje que su cuerpo se resbalara de mis brazos y cayera al agua. Me quede alli, traumatizado, mirando la forma amorfa de la sabana blanca debajo de esa superficie de lodo. El estupor que me habia abrumado desde que abandonaramos la rue Royale amenazo con desvanecerse y dejarme de repente mirando, pensando: “Esto es Lestat. Esto es todo lo que queda de la transformacion y el misterio; muerto, ido a la oscuridad eterna”. Senti de subito un empujon, como si una fuerza me rogara que descendiese junto a el, me hundiera en el agua negra y jamas regresara. Fue algo fuerte y claro, aunque, en comparacion con las voces ordinarias, solo me parecio un murmullo. Hablo sin lenguaje, diciendo: “Tu sabes lo que debes hacer. Hundete en la oscuridad. Dejate ir por completo”.

»Pero, en ese instante, oi la voz de Claudia. Me llamaba por mi nombre. Me di vuelta y por las enredaderas retorcidas, la vi pequena y distante, como una llama blanca en el camino debilmente iluminado.

»Mas tarde, a la madrugada —prosiguio—, Claudia me abrazo y puso su cabeza contra mi pecho en la intimidad del ataud; me susurro que me amaba; que ahora quedariamos libres de Lestat para siempre.

»—Te amo, Louis —me repitio una y otra vez hasta que la oscuridad cayo finalmente sobre nosotros y misericordiosamente nos borro toda conciencia.

»Cuando me desperte, ella estaba revisando las cosas de Lestat. Fue una tarea silenciosa, metodica, pero llena de una furia ciega. Saco los contenidos de los gabinetes, vacio cajones sobre las alfombras, saco una por una sus chaquetas de los roperos; reviso cada bolsillo, tirando las monedas y las entradas al teatro y los pedacitos de papel. Me quede en la puerta de su dormitorio, atonito, observandola. El ataud de Lestat estaba alli, lleno de bufandas y pedazos de tapiceria. Senti la compulsion de abrirlo. Tuve el deseo de encontrarlo alli.

»—?Nada! —exclamo finalmente ella con disgusto en la voz, y metiendo las ropas en el ataud—. ?Ni una pista de donde provenia, de quien lo habia creado! Ni una senal.

»Me miro como implorando mi simpatia. Desvie la mirada. No podia mirarla. Volvi al dormitorio, esa habitacion llena con mis libros y las cosas que habia salvado de mi hermana y de mi madre, y me sente en la cama. La pude oir en la puerta, pero no la mire.

»—?Merecia morir! —me dijo.

»—Entonces nosotros merecemos morir. De la misma manera. Cada noche de nuestras vidas —le conteste—. Alejate de mi —fue como si mis palabras fueran mis pensamientos, y mi mente unicamente fuera una amorfa confusion—. Te cuidare porque tu no cuidas de ti misma. Pero no te quiero cerca. Duerme en ese ataud que te has comprado. No te me acerques.

»—Te dije que lo iba a hacer. Te lo dije… —recordo ella. Su voz nunca habia sonado tan fragil, como el tintineo de una campanilla. La mire, perplejo pero inconmovible. Su cara no parecia su cara. Jamas nadie habia puesto tal agitacion en el rostro de una muneca.

»—?Louis, te lo dije! —dijo ella con los labios temblorosos—. Lo hice por nosotros. Para que pudieramos ser libres.

»No pude soportar su presencia. Su hermosura, su presunta inocencia y esa terrible agitacion. Pase a su lado, quizas empujandola un poco, no lo se. Y casi habia llegado a las barandillas de la escalera cuando oi un sonido extrano.

»En todos los anos de nuestra vida en comun nunca habia oido ese sonido. Nunca mas desde esa distante noche en que la habia encontrado, cuando era una nina mortal, aferrada a su madre. ?Estaba llorando!

»Me hizo retroceder contra mi voluntad. No obstante, parecia tan inconsciente, tan desesperada, como si ella no pretendiera que nadie la oyese o no le importara que la oyese el mundo entero. La encontre echada en mi cama, donde tan a menudo me sentaba a leer, con sus rodillas encogidas y todo su cuerpo temblando a fuerza de sollozos. El sonido era terrible. Era mas sentido, mas espantoso que el llanto mortal que habia tenido. Me sente lenta, suavemente, a su lado y le puse una mano sobre el hombro. Levanto la cabeza, sorprendida, con los ojos abiertos y la boca temblorosa. Tenia la cara cubierta de lagrimas, lagrimas que estaban tenidas de sangre. Sus ojos brillaban y el debil toque de rojo manchaba su pequena mano. No parecia darse cuenta de ello, no parecia verlo. Se alzo el pelo de la frente. Entonces su cuerpo se estremecio con un sollozo prolongado, sordo y necesitado.

»—Louis…, si te pierdo, no tengo nada —susurro—. Desharia lo hecho para recuperarte. No lo puedo hacer.

»Me abrazo, subiendose encima de mis rodillas, llorando contra mi corazon. Mis manos no tenian ganas de tocarla, pero entonces se movieron como si yo no pudiera detenerlas para abrazarla y acariciarle el cabello.

»—No puedo vivir sin ti… —susurro—. Preferiria morir a vivir sin ti. Moriria del mismo modo que el. No puedo soportar que me mires como lo hiciste. ?No puedo soportar que no me ames!

»Sus sollozos se hicieron mas fuertes, mas amargos, hasta que por ultimo me agache y bese su cuello y sus mejillas suaves. Ciruelas invernales. Ciruelas de un bosque encantado donde la fruta jamas cae de las ramas. Donde las flores jamas se marchitan y mueren.

»—Muy bien, querida mia… —le dije—. Muy bien, amor mio… —y al decir esto la meci suavemente, lentamente, en mis brazos hasta que se durmio, murmurando algo sobre nuestra eterna felicidad, libres para siempre de Lestat, empezando la gran aventura de nuestras vidas.

»La gran aventura de nuestras vidas —prosiguio, tras una pausa—. ?Que significa morir cuando puedes vivir hasta el fin del mundo? ?Y que es “el fin del mundo” salvo una frase?; porque ?quien sabe siquiera lo que es el mundo? Yo ya he vivido dos siglos, he visto las ilusiones de uno hechas trizas por otro, he sido eternamente joven y eternamente viejo, carente de ilusiones, viviendo de momento a momento de una manera que me hizo imaginar un reloj de plata repiqueteando en el vacio; con la superficie pintada, las manecillas delicadamente talladas sin que nadie las mirara, iluminado por una luz que no era luz, como la luz con la que Dios creo al mundo antes de que creara la luz. Latiendo, latiendo, latiendo, con la precision del reloj, en una habitacion tan vasta como el universo.

»Yo estaba caminando de nuevo por las calles; Claudia se habia ido a matar por su lado; el perfume de su pelo y de su vestido aferrado a mis dedos, a mi abrigo, y mis ojos se movian muy por delante como el rayo palido de una linterna. Me encontre en la catedral. ?Que significa morir cuando puedes vivir hasta el fin del mundo? Pensaba en la muerte de mi hermano, en el incienso y el rosario. De repente senti el deseo de estar en el cuarto

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