»—Te dejo algo —dije, y rapidamente busque mi cartera en el bolsillo. No sabia cuanto tenia, pero pense darselo a el. Eran varios centenares de dolares. Se los puse en las manos. Eran tan flacas que le pude ver las venas azules pulsando bajo la piel acuosa. Entonces se entusiasmo, y senti que el asunto era algo mas que el dinero.

»—Entonces, el hablo de mi. ?Le dijo a usted que me diera esto! —dijo, aferrado al dinero como si fuera una reliquia—. ?Le debe haber dicho algo mas!

»Me miro con sus ojos hinchados, atormentados. No le conteste de inmediato porque, en ese instante, vi las heridas en su cuello. Dos marcas rojas como rasgunos a la derecha, justo encima del cuello sucio de la camisa. El dinero temblaba en su mano; estaba ajeno al transito de la tarde, a la gente que pasaba a nuestro lado.

»—Guardalo —susurre—. El hablo de ti; dijo que era importante que continuaras con tu musica.

»Me miro como anticipando algo mas.

»—?De verdad? ?Y dijo algo mas? —me pregunto.

»No supe que decirle. Hubiera inventado algo que lo podria haber aliviado y mantenido alejado de mi. Me resulto doloroso hablar de Lestat; las palabras se me evaporaban en los labios. Y las heridas del cuello me dejaron perplejo. Al final, le dije tonterias al muchacho: que Lestat le deseaba un buen porvenir, que regresaria, que la guerra parecia inminente, que tenia negocios alli pendientes… El joven se aferraba a cada palabra mia como si no pudiera tener suficiente y me empujara a hablar para oir lo que el queria escuchar. Estaba temblando; el sudor le salia por la frente y, como pidiendo mas, subitamente se mordio el labio y me hablo:

»—Pero ?por que se fue? —pregunto, como si nada de lo dicho fuera suficiente.

»—?Que pasa? —le pregunte—. ?Que necesitabas de el? Estoy seguro de que el me habria…

»—?El era mi amigo! —me dijo de improviso, y subio el volumen de su voz con indignacion reprimida.

»—Tu no te sientes bien —le dije—. Necesitas descansar. Hay algo… —y entonces le senale, atento a cada movimiento suyo, las heridas del cuello— en tu cuello.

»Ni siquiera sabia lo que le estaba diciendo. Sus dedos encontraron el lugar, lo frotaron.

»—?Que importancia tiene? No se. Los insectos estan en todas partes —dijo, desviando la mirada—. ?Le dijo algo mas?

»Durante largo rato lo vi alejarse por la rue Royale: una figura frenetica, delgada, vestida de negro, a quien abria paso la masa que circulaba por alli.

»De inmediato le conte a Claudia de sus heridas en el cuello.

»Fue nuestra ultima noche en Nueva Orleans. Subiriamos a bordo del barco justo antes de medianoche del dia siguiente y partiriamos de madrugada. Habiamos acordado caminar juntos hasta alli. Ella se mostraba muy solicita y habia algo especialmente triste en su rostro, algo que no la habia dejado desde que llorara.

»—?Que pueden significar esas marcas? —me pregunto entonces—. ?Que se alimento del muchacho cuando este dormia? ?Que este se lo permitio? No me lo puedo imaginar…

»—Si, debe de tratarse de eso —dije, pero sin estar convencido. Entonces recorde unas palabras que Lestat le dijera a Claudia acerca de que conocia a un joven que podria ser un vampiro mucho mejor que ella. ?Habia pensado hacer eso? ?Habia pensado crear otro mas de nosotros?

»—Ahora ya no tiene importancia —me recordo ella. Teniamos que despedirnos de Nueva Orleans. Nos alejamos de las multitudes de la rue Royale. Mis sentidos estaban bien alerta, negandose a decir que esta era nuestra ultima noche.

»La vieja ciudad francesa habia sido quemada en gran parte hacia ya mucho tiempo, y la arquitectura de esos dias era como la actual, espanola, lo que significaba que a medida que caminabamos lentamente por la misma calle angosta donde un coche tenia que detenerse para dejar paso a otro, pasabamos ante paredes blanqueadas y grandes entradas que revelaban distantes patios iluminados como paraisos parecidos al nuestro, y cada uno parecia ofrecer una promesa, un misterio sensual. Grandes bananeros cubrian las galerias de los patios interiores y las masas de helechos y flores se amontonaban a la entrada. Arriba, en la oscuridad, habia figuras sentadas en los balcones, de espaldas a las puertas abiertas, y sus voces bajas y el rumor de sus abanicos eran apenas audibles por encima de la brisa del rio; y sobre los muros crecia la visteria y las enredaderas, tan espesas que nos podiamos cepillar contra ellas cuando pasabamos y nos deteniamos ocasionalmente en este o aquel lugar para recoger una rosa luminosa o un tallo de madreselva. A traves de los altos ventanales veiamos una y otra vez el juego de las luces de las lamparas contra los techos de yeso ricamente ornamentados, y a menudo la iridiscencia de un candelabro de cristal. De vez en cuando, una figura vestida de gala aparecia en las barandillas, y veiamos el brillo de las joyas en su cuello, su perfume agregaba un aroma lujurioso a las flores.

»Nosotros teniamos nuestras esquinas, jardines y calles favoritos, pero inevitablemente alcanzabamos las afueras de la ciudad vieja y veiamos el pantano. Vehiculo tras vehiculo nos pasaban viniendo del Bayou Road en direccion al teatro o la opera. Pero ahora las luces ciudadanas estaban detras y sus olores mezclados estaban ahogados por el espeso hedor de la descomposicion del pantano. La mera vision de los arboles altos, movedizos, con sus miembros ahitos de musgo, me hacia pensar en Lestat. Pensaba en el como habia pensado en el cuerpo de mi hermano. Lo veia hundirse profundamente entre las raices de los cipreses y los robles, esa horrible forma marchita envuelta en la sabana blanca. Me pregunte si las criaturas de los abismos lo rechazaban, sabiendo instintivamente lo que era aquella cosa emparchada, agrietada y virulenta; o si se arrastraban encima en el agua enlodada, pinchando su antigua carne seca de los huesos.

»Me aleje de los pantanos, volvi al corazon de la ciudad vieja, y el suave apreton de la mano de Claudia me reconforto. Ella habia hecho un ramo de lo recogido en todos los muros de los jardines, y lo tenia contra la pechera de su vestido amarillo, con su rostro enterrado en aquel perfumado recuerdo. Entonces me dijo, con un susurro tal que tuve que agacharme para oirlo:

»—Louis, estas preocupado. Tu conoces el remedio. Deja que la carne… que la carne instruya a la mente.

»Me dejo la mano y la mire alejarse, dandose vuelta una vez para susurrarme la misma orden.

»—Olvidalo. Deja que la carne instruya a la mente…

»Me hizo recordar aquel libro de poemas que yo tenia en las manos cuando ella me dijo esas palabras por primera vez, y vi el verso escrito sobre la pagina:

Sus labios eran rojos, su aspecto era libre, sus rizos eran tan amarillos como el oro, su piel era tan blanca como la lepra. Ella era la pesadilla, la-muerte-en-vida que espesa la sangre del hombre con el frio.

»Ella me sonrio desde una esquina distante, una pizca de seda amarilla visible un momento en la angosta oscuridad; luego desaparecio. Mi companera, para siempre…

»Me fui entonces a la rue Domaine y pase rapidamente ante las ventanas a oscuras. Una lampara se extinguio muy lentamente detras de una gruesa pantalla de lazo, y la sombra del diseno se expandio sobre el ladrillo, se debilito y luego termino en la oscuridad.

»Continue adelante, acercandome a la casa de Madame Le Clair, oyendo los violines chillones pero distantes de la sala de arriba y luego la aguda risa metalica de los invitados. Me quede frente a la casa, en las sombras, viendo a un punado de ellos moviendose en las habitaciones iluminadas; de ventana a ventana caminaba un huesped, con un vino en la copa palido como el limon, y su cara miraba la luna como si buscara algo desde una mejor posicion, y finalmente la encontro en la ultima ventana, con su mano sobre el oscuro cortinado.

»Delante habia una puerta abierta en el muro de ladrillos y una luz caia sobre el pasillo al que daba acceso. Me movi en silencio por la calleja angosta y me encontre con los espesos aromas de la cocina que subian por el aire mas alla de la puerta. El olor, apenas nauseabundo para un vampiro, de la comida hecha. Entre. Alguien acababa de cruzar el patio y la puerta trasera. Pero entonces vi otra figura. Estaba al lado del fuego de la cocina: una negra delgada con un panuelo brillante en la cabeza; sus facciones estaban como talladas de una manera exquisita y brillaba a la luz como una figura esculpida en diorita. Revolvio la comida en la olla. Atrape el perfume dulce de las especies y el verde frescor de la mejorana y del laurel, y luego en una oleada, vino el hedor horrible de la carne cocinada, la sangre y la carne descomponiendose en los fluidos hirvientes. Me acerque y la vi bajar su larga cuchara de hierro y se quedo con las manos sobre sus caderas generosas; la blancura de su delantal acentuaba su talle pequeno y fino. Los jugos de la olla hacian espuma y escupian sobre los carbones encendidos de abajo. El oscuro olor de la mujer me llego; su perfume picante, mas fuerte que el de la mezcla de la olla, me parecio casi prohibido cuando me apoye en las paredes de las enredaderas. Arriba los violines agudos empezaron

Вы читаете Entrevista con el vampiro
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату