oian. El muchacho levanto la mirada a la puerta del pasillo. Fue como si se hubiera olvidado de que existia el edifico. Alguien caminaba pesadamente sobre los tablones. Pero el vampiro siguio imperturbable. Desvio la mirada como si se alejara nuevamente del presente.

—Esa aldea. No te puedo decir el nombre, lo he olvidado.

No obstante, recuerdo que estaba a muchos kilometros de la costa y que habiamos viajado en un carruaje. ?Y que carruaje! Era cosa de Claudia, ese carruaje, y yo tendria que haberlo esperado. Pero, como siempre, las cosas me toman por sorpresa. Desde el primer instante en que llegamos a Varna, percibi en ella algunos cambios que, de inmediato, me hicieron tomar conciencia de que ella era tan hija de Lestat como mia. De mi, ella habia aprendido el valor del dinero, pero de Lestat habia heredado la pasion de gastarlo: y no estaba dispuesta a irse sin el vehiculo mas lujoso que pudiera conseguir, equipado con asientos de cuero que podrian haber servido a una docena de pasajeros, de sobra para un hombre y una nina que solo usaban ese compartimiento para el transporte de un arcon de roble tallado. En la parte trasera habia atados dos baules con las mejores ropas que se podian conseguir en las tiendas; y viajamos con esas enormes ruedas livianas y rayos muy finos que cargaban con facilidad el inmenso bulto sobre los caminos de la montana. Fue emocionante en ese extrano territorio: esos caballos al galope y el suave deslizamiento del carruaje.

»Era un extrano pais. Solitario, oscuro, como a menudo son oscuras las zonas rurales, con sus castillos y ruinas frecuentemente oscurecidos cuando la luna pasa detras de las nubes, de modo que senti ansiedad durante esas horas como nunca habia sentido en Nueva Orleans. Las gentes no eran un alivio. Quedabamos desnudos y al descubierto en sus pequenas aldeas. Y conscientes de que, en ese medio, nosotros estabamos en peligro grave.

»Jamas en Nueva Orleans el asesinato tuvo que ser disfrazado. Las plagas de la fiebre, el crimen; esas cosas siempre estaban en competencia con nosotros y nos superaban. Pero aqui teniamos que hacer grandes esfuerzos para que las muertes no fueran descubiertas. Porque estas simples gentes del campo, que podrian haber encontrado aterradoras las calles multitudinarias de Nueva Orleans, creian absolutamente que los muertos caminaban y que bebian la sangre de los vivos. Sabian nuestros nombres: vampiros, demonios. Y nosotros, que estabamos al acecho del menor rumor, no queriamos bajo ninguna circunstancia crear rumores en torno de nosotros.

» Viajamos solos, rapida y lujosamente entre esa gente, luchando por mantenernos a salvo dentro de nuestras ostentaciones, encontrando amenas las conversaciones acerca de vampiros ante las chimeneas de los hospedajes, donde mi hija dormia tranquila sobre mi pecho, mientras yo siempre encontraba a alguien entre los campesinos o los huespedes que hablara suficiente aleman o incluso un poco de frances, como para que consiguiera contarme las leyendas familiares.

»Pero por ultimo llegamos al pueblo que habria de ser el punto crucial de nuestro viaje. Nada saboreo de ese viaje, ni la frescura del aire ni el frescor de las noches. Aun hoy no hablo de el sin un vago temor.

»La noche anterior habiamos estado en una granja y, por tanto, nada nos habia preparado a lo que sucederia; unicamente el aspecto desolado del lugar; porque no era tarde cuando llegamos. Ni demasiado tarde como para que todas las persianas de esa angosta calle estuvieran ya cerradas, ni para que una farola mortecina colgara indolente del portal del hospedaje.

»La basura estaba en las puertas. Y habia otras senales de que algo malo habia sucedido. Una pequena caja de flores marchitas bajo un escaparate cerrado de una tienda. Un barril rodando para atras y para adelante en medio del patio del hospedaje. Parecia un pueblo sitiado por la plaga.

»Pero cuando baje a Claudia a la tierra apisonada al lado del carruaje, vi un rayo de luz bajo la puerta de la posada.

»—Subete la capa —me dijo ella rapidamente—. Ya vienen.

»Alguien estaba abriendo la puerta.

»Al principio lo unico que vimos fue la luz detras de la figura en el pequeno margen que dejaba. Luego las luces de las linternas del carruaje relumbraron en sus ojos.

»—Un cuarto para pasar la noche —dije yo en aleman—. Y mis caballos tambien necesitan descanso y cuidado.

»—La noche no es para viajar… —me dijo ella con una voz chillona y peculiar—. Y menos con una nina.

»Cuando dijo eso, me percate de la presencia de otra gente en la habitacion. Pude oir sus murmullos y ver el chisporroteo de un fuego. Por lo que pude ver, se trataba de campesinos reunidos alrededor del fuego, salvo por un hombre que estaba vestido como yo, con un traje a medida y un abrigo sobre los hombros; pero su ropa estaba descuidada y en mal estado. Su cabello pelirrojo brillaba a la luz del fuego. Era un extranjero como nosotros y era el unico que no nos miraba. Movia un poco la cabeza como si estuviera borracho.

»—Mi hija esta cansada —dije a la mujer—. No tenemos ningun lugar para pasar la noche.

»Y tome a Claudia entre mis brazos. Ella puso su cabeza contra la mia y la oi susurrar:

»—Louis, el ajo, el crucifijo encima de la puerta.

»Yo no habia visto esas cosas. Era un pequeno crucifijo con el cuerpo de Cristo en bronce fijado a la cruz, que tenia enroscada una ristra de ajos frescos. Los ojos de la mujer siguieron los mios y entonces me miro severamente y pude notar lo cansada que estaba, lo rojas que tenia las pupilas y como le temblaba la mano que tenia aferrada al manton sobre su pecho. Su pelo negro estaba completamente despeinado. Me acerque mas hasta casi el umbral y ella abrio subitamente la puerta como si acabara de decidir dejarnos entrar. Dijo una oracion cuando pase por su lado; estoy seguro de ello, aunque no pude comprender las palabras eslavas.

»El cuarto pequeno y de vigas bajas estaba lleno de gente, hombres y mujeres alrededor de las paredes rusticas, sobre los bancos, incluso en el suelo. Una criatura dormia en las rodillas de su madre sobre la escalera, tapada con mantas, con las rodillas apoyadas en un escalon y los brazos haciendo de almohada para la cabeza en el siguiente. Y en todas partes colgaba el ajo de clavos y ganchos junto a las ollas de guisar y los botellones. El fuego brindaba la unica luz y arrojaba sombras distorsionadoras en los rostros inmoviles que nos observaban.

»Nadie nos invito a tomar asiento ni nos ofrecio nada. Finalmente la mujer me dijo en aleman que yo mismo podia llevar los caballos al establo si asi lo deseaba. Me miro con sus ojos algo salvajes, enrojecidos, y entonces su cara se suavizo. Me dijo que se quedaria en la puerta para darme luz, pero que debia darme prisa y dejar alli a la nina.

»Pero algo mas me habia llamado la atencion, un olor que note por debajo de la pesada fragancia de la lena quemada y del vino. El olor a muerte. Podia sentir que Claudia apretaba su mano contra mi pecho y vi que su pequeno dedo senalaba el pie de las escaleras. El olor provenia de alli.

»La mujer tenia una copa de vino y una taza de caldo cuando regrese. Tome asiento con Claudia en mis rodillas; su cabeza, desviada del fuego, miraba a esa puerta misteriosa. Todos los ojos estaban fijos en nosotros como antes, con la excepcion del extranjero. Ahora pude ver claramente su perfil. Era mucho mas joven de lo que yo habia pensado y su aspecto desarreglado se debia a la emocion. En realidad, tenia una cara delgada y agradable; su piel clara y pecosa le hacia parecer un nino. Sus grandes ojos azules estaban fijos en el fuego como si le estuviera hablando; y sus cejas y sus parpados eran dorados a la luz, lo que le daba una expresion muy inocente y abierta. De repente, se dirigio a mi y vi que habia estado llorando.

»—?Habla ingles? —me pregunto, y su voz retumbo en el silencio.

»—Asi es —le dije. Y el miro a los demas con aire triunfal. Ellos lo miraban imperturbables.

»—?Usted habla ingles! —grito; y sus labios se estiraron formando una sonrisa; sus ojos se movieron por el techo y luego se fijaron en los mios—. ?Vayase de este pais! —dijo—. Vayase ahora mismo. ?Llevese su carruaje y sus caballos hasta que revienten, pero vayase ahora mismo.

»Entonces se le convulsionaron los hombros como si estuviera enfermo. Se llevo una mano a la boca. La mujer, que ahora estaba contra la pared con el delantal en las manos, dijo serenamente en aleman:

»—Al alba puede irse. Al alba.

»—Pero, ?que es esto? —le pregunte. Luego mire al joven. Me miraba; sus ojos estaban rojos y cristalinos. Nadie hablo.

Un leno cayo pesadamente en el fuego.

»—?Me lo dira? —le pregunte amablemente al ingles.

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