hacia. En mi vision nublada, ella se duplicaba y triplicaba y luego se borro en una forma temblorosa. Se llevo una mano a la boca; sus ojos no se movieron, pero se agrandaron mientras miraba. Y entonces se levanto lentamente, no como por sus propias fuerzas sino como levantada del sofa corporalmente por una fuerza invisible que ahora la tenia en sus manos, y ella miraba y daba vueltas y vueltas, con su falda moviendose rigida como si fuera de una sola pieza, girando como un gran ornamento tallado en una caja de musica que se repite, incesante. Y, de repente, ella miro el tafetan de su vestido, lo tomo entre sus dedos hasta que crujio y lo dejo caer; se cubrio rapidamente los oidos, mantuvo los ojos cerrados y luego los abrio. Entonces parecio ver la lampara, la lampara distante y baja de la otra habitacion, que proyectaba una luz fragil a traves de las puertas dobles. Corrio hacia ella y se puso a su lado mirandola como si estuviera con vida.

»—No la toques —le dijo Claudia, y la alejo suavemente de su lado. Pero Madeleine habia visto las flores del balcon y se acerco a ellas, con sus manos estiradas acariciando los petalos y luego llevando las gotas de agua hasta su cara.

»Yo me movia a los costados de la habitacion, mirando cada movimiento suyo; como cogia las flores y las estrujaba en sus manos y dejaba caer los petalos a su alrededor, y como tocaba el espejo con las yemas de los dedos y se miraba a los ojos. Habia cesado mi dolor, habia atado un panuelo a mi muneca y esperaba, aguardaba, viendo que Claudia no tenia idea de lo que entonces iba a suceder. Bailaban juntas mientras la piel de Madeleine palidecia en la inestable luz dorada. Abrazo a Claudia y esta se movio en circulos con ella, con su rostro pequeno alerta y preocupado detras de la superficial sonrisa.

»Y, entonces, Madeleine se debilito. Dio un paso atras y parecio perder el equilibrio. Pero rapidamente se enderezo y dejo a Claudia en el suelo. En puntillas, Claudia la abrazo.

»—Louis. —Me hizo una senal con la respiracion entrecortada—. Louis…

»Le hice un gesto para que se alejara. Madeleine, al parecer sin ni siquiera vernos, la miraba con las manos extendidas. Tenia el rostro blancuzco y desencajado y, de improviso, se rasco los labios y se miro las manchas oscuras en sus dedos.

»—?No! ?No! —le avise en voz baja, y tome a Claudia de la mano y la traje a mi lado. Un gemido prolongado escapo de los labios de Madeleine.

»—Louis… —me susurro Claudia con esa voz sobrenatural que Madeleine parecia no escuchar.

»—Se esta muriendo, algo que tu no puedes recordar. Tu no pasaste por eso, no te dejo ninguna marca — le dije en voz baja, quitandole el pelo de encima de la oreja sin que mis ojos dejaran a Madeleine ni por un instante; esta pasaba de espejo en espejo, derramando sus lagrimas, mientras su cuerpo dejaba la vida.

»—Pero, Louis, si ella se muere… —exclamo Claudia.

»—No. —Me arrodille al ver la preocupacion en su rostro—. La sangre tuvo fuerza suficiente; vivira. Pero tendra miedo, muchisimo miedo.

»Y, con suavidad, pero con firmeza, aprete la mano de Claudia y la bese en la mejilla. Me miro entonces con una mezcla de sorpresa y miedo. Y me siguio mirando con esa misma expresion cuando me acerque a Madeleine, atraido por sus gritos. Ella dio una vuelta, con las manos extendidas, y la agarre y la atraje hacia mi. Sus ojos, ya quemados por una luz anormal, mostraban un fuego violeta que se reflejaba en sus lagrimas.

»—Es la muerte natural; unicamente la muerte humana —le dije con suavidad—. ?Ves el cielo? Ahora debemos dejarlo, y tu debes quedarte a mi lado, echarte a mi lado. Un sueno tan pesado como la muerte invadira tus miembros y no podre tranquilizarte. Tu te echaras alli y lucharas contra ese sueno.

Pero aferrate a mi en la oscuridad, ?me oyes? Te cogeras de mis manos, y yo cogere las tuyas mientas pueda sentirlas.

»Ella parecio un momento perdida en mi mirada y presenti la incognita que la rodeaba, como la luminosidad de mis ojos era la luminosidad de todos los colores y como todos esos colores estaban para ella reflejados en mis ojos. La empuje dulcemente hasta el ataud, diciendole una y otra vez que no tuviera miedo.

»—Cuando te despiertes, seras inmortal —dije—. Ninguna causa natural de la muerte te podra tocar. Ven, echate.

»Pude sentir su miedo, la vi tratando de evitar esa caja angosta cuyo raso no le dio ningun consuelo. Su piel ya habia empezado a brillar, a poseer esa luminosidad que compartiamos Claudia y yo. Me di cuenta de que no se entregaria hasta que yo no estuviese echado a su lado.

»La tome en mis brazos y mire a traves de la habitacion hacia donde estaba Claudia, con ese extrano ataud, mirandome. Tenia los ojos quietos pero oscurecidos con una sospecha indefinible, una fria desconfianza. Puse a Madeleine al lado de su lecho y me acerque a esos ojos. Y entonces, arrodillandome con calma a su lado, tome a Claudia en mis brazos.

»—?No me reconoces? —le pregunte—. ?No sabes quien soy?

»Ella me miro.

»—No —dijo.

»Sonrei. Asenti con la cabeza.

»—No me guardes rencor. Estamos a mano —dije.

»Movio la cabeza a un costado y me estudio con meticulosidad; entonces parecio sonreir pese a si misma, y empezo a mover la cabeza, asintiendo.

»—Porque, ?ves? —le dije, con esa misma voz tranquila—, lo que aqui murio en esta habitacion no fue esa mujer. Tardara varias noches en morir, quizas anos. Lo que esta noche ha muerto en esta habitacion es el ultimo vestigio en mi de lo que era humano.

»Una sombra cayo sobre su cara como si la serenidad se hubiera desgarrado como un velo. Abrio los ojos solo para aspirar un poco de aire. Luego dijo:

»—Pues entonces tienes razon: sin duda, estamos a mano.

»—?Quiero incendiar la tienda de munecas!

»Madeleine nos lo dijo. Tiraba a la chimenea los vestidos doblados de esa hija muerta, los lazos blancos y las telas grises, los zapatos arrugados, los sombreros que olian a alcanfor y perfumes.

»—Esto no significa nada, para mi, nada. —Se quedo contemplando las llamas y luego miro a Claudia con ojos triunfantes, feroces.

»Yo no le crei. A pesar de que noche tras noche la tenia que alejar de hombres y mujeres a quienes ya no podia sacarles mas sangre, estaba tan saciada con la sangre de sus muertes anteriores, a menudo levantando a sus victimas del suelo con la impetuosidad de su pasion, rompiendoles la garganta con sus dedos de marfil al mismo tiempo que les chupaba la sangre, que estaba seguro de que, tarde o temprano, esa intensidad demencial debia ceder. Ella se haria cargo de los elementos de esa pesadilla, de su propia piel luminosa, de las habitaciones lujosas del Hotel Saint-Gabriel, y clamaria para que la despertasen, para que la liberasen. No comprendia que no se trataba de un experimento; mostraba sus dientes aterradores a los espejos de marco plateado; estaba loca.

»Pero yo aun no me percataba de todo lo loca que estaba y de cuan acostumbrada al ensueno. No clamaria por la realidad; mas bien sentiria la realidad en sus suenos; una arana demoniaca alimentaba su rueca con las telas del mundo y ella podia hacer su propio mundo de telaranas.

»Yo estaba empezando a comprender su avaricia, su magia.

»Tenia el oficio de hacer munecas. Y con su antiguo amante habia hecho, de forma interminable, replicas de su hija muerta. Fue algo que yo comprendi, cuando, en la visita que hicimos a la tienda, vi los estantes llenos. Ademas tenia la habilidad del vampiro y la intensidad del vampiro; por tanto, en el espacio de una noche, cuando yo la habia alejado de la matanza, ella, con una sed insaciable, creo que con unos pocos palos, su cuchillo y su formon, hizo una mecedora tan perfecta y proporcionada para Claudia que esta, sentada al lado del fuego, parecio una mujer.

»A eso se le sumo, a medida que pasaban las noches, una mesa en la misma escala. Y, de una jugueteria, trajo una pequena lampara, un plato y una taza de porcelana. Y del bolso de una mujer, un pequeno cuaderno de anotaciones que en las manos de Claudia era un gran volumen. El mundo se deshizo y dejo de existir en los limites de ese pequeno espacio que pronto ocupo toda la superficie del tocador de Claudia: una cama cuyo dosel alcanzaba la altura de mi pecho; pequenos espejos que solo reflejaban las piernas de un pesado gigante cuando me encontraba perdido entre ellos; unos cuadritos colgaban de las paredes a la altura de los ojos de Claudia, y, por ultimo, encima de su mesa de tocador, guantes negros y largos para dedos diminutos, un vestido de gala de terciopelo, una tiara de alhajas. Claudia, la joya coronada, una reina de las hadas con desnudos hombros blancos, caminaba con sus ropajes lujosos entre las ricas posesiones de ese mundo enano mientras yo la espiaba desde la

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