ramas de los helechos, sobre las dulces flores blancas que se inclinaban, se agachaban y por ultimo quebraban sus tallos. Una alfombra de flores llenaba el pequeno balcon, con los petalos suavemente golpeados por la lluvia. Entonces me senti debil y completamente solo. Lo que esa noche habia pasado entre nosotros dos no tenia ya remedio. Y lo que yo le habia hecho a Claudia no podia deshacerse jamas.
»Pero, para mi propia sorpresa, estaba vacio de todo remordimiento. Quiza fue la noche, el cielo sin estrellas, las lamparas congeladas en la bruma lo que me daba un bienestar que no habia solicitado y que, en ese vacio y en esa soledad, no sabia como recibir. “Estoy solo —pensaba—. Estoy solo.” Parecia justo, perfecto y, en consecuencia, tenia una forma agradable e inevitable. Me imagine solo para siempre, como si al ganar esa fortaleza de vampiro la noche de mi muerte, hubiera abandonado a Lestat y jamas hubiera vuelto la mirada buscandolo, mas alla de la necesidad de tenerlo a el o a cualquier otro a mi lado. Era como si la noche me hubiera dicho: “Tu eres la noche y unicamente la noche te comprende y te cubre con sus brazos”. Uno con las sombras. Sin pesadillas. Una paz inexplicable.
»No obstante, pude sentir el fin de esa paz con la misma seguridad con que sintiera mi breve entrega. Y la paz se rompia como los negros nubarrones. El dolor urgente de la perdida de Claudia me presionaba, desde atras, como la forma salida de los rincones de esa habitacion extranamente ajena y atestada. Pero, afuera, aun cuando la noche parecia disolverse en el fuerte viento, presenti que algo me llamaba, algo inanimado que yo jamas habia conocido. Y un poder en mi interior parecio contestar a ese otro poder, no con resistencia sino con una fuerza inescrutable, estremecedora.
»Pase en silencio por las habitaciones, abriendo con cuidado las puertas hasta que vi, en la luz mortecina que echaban las lamparas detras de mi, a esa mujer dormida en las sombras del sofa, con la muneca rigida sobre sus pechos. Poco antes de arrodillarme a su lado, vi que tenia los ojos abiertos y pude sentir en la oscuridad esos otros ojos que me vigilaban, esa pequena cara impasible que esperaba.
»—?Te ocuparas de ella, Madeleine?
»Vi sus manos cerrarse sobre la muneca y volvio el rostro contra su pecho. Y mi propia mano se extendio y la agarro, aunque no supe por que, ni siquiera cuando ella me contestaba:
»—?Es esto lo que tu crees que es ella? ?Una muneca? —le pregunte, y mi mano se cerro en la cabeza de la muneca solo para ver que ella me la arrebataba, con sus dientes cerrados y echandome una mirada furibunda.
»—?Una nina que no puede morir! Eso es lo que es —dijo ella como si estuviera pronunciando una terrible maldicion.
»—Aaah… —susurre.
»—He terminado con las munecas —dijo ella, y la arrojo sobre los cojines del sofa. Buscaba algo en su pecho, algo que queria mostrarme y ocultarme al mismo tiempo, abriendo y cerrando sus dedos por encima. Yo sabia lo que era; me habia dado cuenta antes. Un relicario atado con un alfiler de oro. Ojala pudiera describir la pasion que llenaba sus facciones redondas; como se distorsiono su suave boca infantil.
»—?Y la nina que murio? —pregunte, adivinando, observandola. Me imaginaba una tienda de munecas, todas las munecas con la misma cara. Ella sacudio la cabeza; su mano tiro fuerte del relicario y el alfiler rasgo el tafetan. Entonces vi miedo en ella, un miedo consumidor. Y le sangro la mano cuando lo abrio con el alfiler roto. Le quite el relicario de los dedos.
»—Mi hija —murmuro, y le temblaron los labios.
»Era un rostro de muneca sobre el pequeno fragmento de porcelana, la cara de Claudia, una cara de nina, una burla dulzona que el artista habia pintado, una nina con el pelo despeinado como la muneca. Y la madre, aterrada, contemplaba la oscuridad delante de ella.
»—He terminado con el dolor —me interrumpio, y entrecerro los ojos para mirarme—. Si tu supieras cuanto deseo tu poder; estoy lista, ansio tenerlo —y se volvio a mi, respirando pesadamente, de modo que sus pechos parecieron hincharse bajo el vestido.
»Entonces una frustracion violenta le cruzo la cara. Desvio la mirada, sacudiendo la cabeza y los rizos.
»—Si fueras un ser humano, hombre y
»Ese momento fue extrano; extrano porque yo jamas podria haber predicho la sensacion que incitaron en mi sus palabras, el modo en que entonces la vi con su pequena cintura atractiva, con la curva redonda y amplia de sus pechos y con esos labios delicados y como haciendo pucheros. Jamas se imagino lo que era en mi el hombre mortal, lo atormentado que estaba por la sangre que acababa de beber. La desee mas de lo que supo porque no comprendia la naturaleza de la muerte. Y, con el orgullo de un hombre, quise probarselo, humillarla por lo que me habia dicho, por la vanidad de su provocacion y por los ojos que ahora se alejaban disgustados de mi. Pero eso era una locura. No eran razones valederas para justificar una vida eterna.
»Y con crueldad, con seguridad, le dije:
»—?Amabas a esa nina?
»Jamas olvidare su cara entonces, la violencia, el odio absoluto.
»—Si. ?Como te atreves?
»Estiro la mano pidiendo el relicario que yo aun tenia en las mias. La consumia la culpabilidad, no el amor. Era la culpabilidad, esa tienda de munecas que Claudia me habia descrito, de estantes y estantes con la efigie de la nina difunta. Pero era una culpabilidad que ignoraba completamente la finalidad de la muerte. En ella habia algo duro como el mal en mi mismo, algo igual de poderoso. Extendio una mano en mi direccion. Toco mi abrigo y alli abrio los dedos apretandolos contra mi pecho. Me puse de rodillas, acercandome a ella, con su pelo tocandome la cara.
»—Agarrate de mi cuando te beba —le dije, y vi que abria los ojos, la boca—. Y cuando el delirio alcance el paroxismo, escucha con todas tus fuerzas los latidos de mi corazon. Aferrate y di una y otra vez: “Vivire”.
»—Si, si —dijo, y el corazon le latia, excitado.
»Sus manos me ardieron en el cuello, con los dedos abriendose paso por la camisa.
»—Mira por encima de mi aquella luz distante; no apartes tus ojos de ella, ni un segundo, y repite y repite: “Vivire”.
»Gimio cuando le abri la carne y entro en mi esa corriente calida, con sus pechos aplastados contra mi, su cuerpo arqueado, indefenso, en el sofa. Y pude ver sus ojos incluso cuando cerre los mios, ver su boca provocativa, anhelante. La abrace con fuerza, levantandola, y senti que se debilitaba, que las manos se le caian a los costados.
»Se le detenia el corazon y su cabeza cayo sobre el terciopelo, con sus ojos opacos al borde de la muerte. Por un momento me parecio que no podia moverme; no obstante, supe que debia hacerlo, que alguien me llevaba la muneca a la boca mientras la habitacion giraba y giraba; que yo me concentraba en la luz tal como le habia ordenado a ella, que saboreaba mi propia sangre en mi muneca y que luego se la ponia en la boca.
»—Bebela, bebe —le dije. Pero ella quedo echada como muerta. La acerque aun mas a mi y la sangre mano sobre sus labios. Entonces abrio los ojos. Senti la presion suave de su boca, y sus manos apretaron mi brazo cuando empezo a beber.
Yo la mecia, le hablaba, tratando con desesperacion de romper mi delirio, y entonces senti su empuje poderoso. Cada vaso de mi sangre lo sintio. Estaba atrapado por su impetu, con mi mano aferrada al sofa y su corazon latiendo tremebundo contra el mio. Sus dedos se hundieron en mi brazo y en mi palma extendida. Me cortaba, me quemaba y casi grite mientras esto seguia y seguia. Trate de alejarme de ella, pero me la llevaba conmigo. Mi vida pasaba por mi brazo; su respiracion, con sus gemidos, seguia el ritmo de sus ansias. Y esas cuerdas que eran mis venas, esos alambres chamuscados, tiraban de mi propio corazon con fuerza hasta que, sin voluntad ni direccion, me libere de ella y cai al suelo, aferrado con una mano a mi sangrante muneca.
»Ella, me miraba, con la boca abierta, manchada de sangre. Parecio que pasaba una eternidad mientras lo
