mis hombros a la perfeccion. Y el color ya habia comenzado con manchones y pinceladas: el verde de mis ojos, la blancura de mis mejillas. Pero, ?que horror el contemplar mi propia expresion! Porque el la habia captado perfectamente y alli no habia nada de horror. Esos ojos verdes me miraban desde esa forma apenas bocetada con una inocencia simple, con la sorpresa inexpresiva de ese deseo todopoderoso que el no habia comprendido. El Louis de hacia cien anos, perdido y escuchando el sermon del sacerdote en la misa, con los labios abiertos e inmoviles, el cabello despeinado y una mano cerrada sobre las rodillas. Un Louis mortal. Creo que me rei y me lleve las manos a la cara, y me rei casi hasta el punto de tener los ojos llenos de lagrimas; y cuando baje los ojos, alli estaba la mancha de las lagrimas mezcladas con la sangre humana. Ya habia comenzado en mi el impulso del monstruo que habia matado y que volveria a matar, que ahora recogia la pintura y se aprestaba a irse con ella de la pequena casa, cuando, subitamente, el hombre se levanto del suelo con un grunido animal y se aferro a mis botas, con sus manos resbalando por el cuero. Con un espiritu colosal que me desafiaba, alcanzo la pintura y la agarro con fuerza con sus manos blancuzcas.
»—?Devuelvemela! —me gruno—. ?Devuelvemela!
»Nos la disputamos. Mientras, yo lo miraba y miraba tambien mis propias manos, que retenian con tanta facilidad lo que el queria arrancarme con tanta desesperacion, como si quisiera llevarsela al cielo o al infierno; yo, el monstruo que su sangre no podia transformar en humano, y el, el hombre que mi mal no habia derrotado. Y entonces, como si no hubiera sido yo, le arranque la pintura de las manos y levantandolo hasta mis labios con un solo brazo, le abri la garganta, enfurecido.
»Al entrar en las habitaciones del Hotel Saint-Gabriel —prosiguio el vampiro—, puse el cuadro sobre la chimenea y lo contemple largo rato. Claudia estaba en alguna de las habitaciones. Habia otra presencia intrusa, como si en uno de los balcones superiores, un hombre o una mujer estuviera proximo, despidiendo un inconfundible perfume personal. Yo no sabia por que me habia llevado el cuadro, por que habia luchado por el de un modo que ahora me avergonzaba mas que el asesinato. Ni por que lo tenia encima de la chimenea, viendolo con mi cabeza gacha, mis manos temblando visiblemente. Y entonces, lentamente, volvi la cabeza. Quise que las habitaciones tomasen forma a mi alrededor. Quise las flores, el terciopelo, los candelabros, todo en su sitio. Ser mortal y trivial y seguro. Y entonces, como surgiendo de entre brumas, vi alli a una mujer.
»Estaba sentada con calma en la mesa lujosa de tocador donde Claudia se peinaba; y estaba sentada tan inmovil, tan absolutamente sin miedo, con sus grandes mangas de tafetan verde reflejadas en los espejos inclinados, que parecia que no era una mujer inmovil sino una reunion de mujeres. Su cabello pelirrojo oscuro estaba peinado con la raya al medio, pero no caia todo a los lados, ya que una docena de pequenos rizos se escapaban para formar un marco alrededor de su rostro palido. Me miraba con ojos serenos y violetas, y su boca de nina parecia obstinadamente suave, obstinadamente nina y sin mancha de pintura. La boca sonrio y dijo mientras los ojos parecian encenderse:
»—Si, el es como tu dijiste, y ya lo quiero. Es como dijiste.
»Se puso de pie levantando con cuidado la abundancia del tafetan oscuro y los tres pequenos espejos se vaciaron al mismo tiempo.
«Absolutamente atonito y casi sin poder pronunciar palabra, me di vuelta para ver a Claudia, que estaba al otro lado de la gran cama, y vi su pequena cara rigidamente calma, aunque se aferraba a la cortina de seda con un puno.
»—Madeleine —dijo casi sin aliento—. Louis es timido.
»Y miro con sus ojos frios a Madeleine, que solo sonrio cuando Claudia dijo eso y, acercandose a mi, se llevo las manos al cuello de seda, de modo que alli pude ver las dos marcas pequenas. Entonces la sonrisa murio en sus labios y, de improviso, estos se volvieron henchidos y sensuales mientras entrecerraba los ojos, y ella musito, la palabra:
»—Bebe.
»Me aleje de ella y mi puno se levanto con tal consternacion que no pude encontrar las palabras. Pero entonces Claudia se aferro a mi puno, y me miro fijamente:
»—Hazlo, Louis —me ordeno—. Porque yo no puedo hacerlo.
»Su voz fue dolorosamente serena, y toda la emocion quedo debajo de ese tono duro, maduro.
»—?Yo no tengo el tamano! ?No tengo las fuerzas! ?Tu te ocupaste de eso cuando me creaste! ?Hazlo!
»Me separe de ella agarrandome la muneca como si me la hubiera quemado. Pude ver la puerta y lo mas sabio me parecio irme de inmediato. Podia sentir las fuerzas de Claudia, su voluntad, y los ojos de la mujer parecian encendidos con la misma fortaleza. Pero Claudia me mantuvo alli, y no con un ruego amable o una suplica miserable, que hubiera disipado su poder haciendome sentir lastima mientras yo recuperaba mis fuerzas. Me mantuvo alli con la emocion que expresaban sus ojos, a pesar de su frialdad y del modo en que entonces se alejo de mi, casi como si hubiese sido derrotada instantaneamente. No comprendi la manera en que volvio a echarse en la cama, con la cabeza gacha, los labios moviendose febrilmente, los ojos levantandose solo para revisar las paredes. Quise tocarla y decirle que lo que me pedia era un imposible; quise apagar el fuego que parecia consumirla por dentro.
»La mujer, suave y humana, se habia sentado en una de las sillas de pana junto al fuego, con el roce y la iridiscencia de su vestido de tafetan rodeandola como parte de su misterio, de sus ojos desapasionados con que ahora nos observaba, de sus palidas facciones. Recuerdo haberme dirigido a ella atraido unicamente por aquella boca infantil y como enfadada que contrastaba con su rostro fragil. El beso del vampiro no habia dejado mas huella visible que la herida; no habia nada inalterable en la palida piel, rosada.
»—?Que te parecemos? —pregunte, mientras veia como clavaba ella los ojos en Claudia. La mujer parecia excitada por la belleza diminuta de Claudia; una espantosa pasion femenina anudada en esas pequenas manos pecosas—. Te pregunte que te parecemos. ?Piensas que somos hermosos, magicos, con nuestras pieles blancas, nuestros ojos duros? —Oh, recuerdo perfectamente lo que era la vision humana, su debilidad. Y como la belleza del vampiro traspaso ese velo; esa belleza tan poderosamente atractiva, tan completamente enganosa—. “?Bebe!”, me dices. ?No tienes la mas minima idea de lo que pides!
»Pero Claudia se levanto de la cama y vino hacia mi.
»—?Como te atreves? —murmuro—. ?Como te atreves a tomar esta decision por los dos? ?Sabes lo que te detesto! ?Sabes que te detesto con una pasion que me devora como un cancer! —Temblo su pequena figura y las manos gesticularon por encima de su vestido amarillo—. ?No desvies la mirada! ?Estoy harta de que mires para otra parte con tu sufrimiento! No entiendes nada. Tu mal es que no puedes ejercitar el mal y debes sufrir por eso. ?Y yo te digo que no sufrire mas!
»Sus dedos se clavaron en mi muneca; me retorci y di un paso atras alejandome de ella, ante el rostro del odio y la furia que anidaba en ella como una bestia dormida, mirando a traves de sus ojos.
»—?Arrancarme a mi de manos humanas como dos monstruos asquerosos en un cuento de hadas de pesadillas! ?Padres ciegos! ?Padres! —escupio la palabra—. Que haya lagrimas en tus ojos. No tienes lagrimas suficientes para lo que me hiciste. ?Seis anos mortales mas, siete, ocho…, y yo podria haber tenido esa figura! — su dedo senalo a Madeleine, cuyas manos subieron hasta su rostro, con los ojos, humedos; gimio casi el nombre de Claudia, pero esta no la oyo—. Si, esas formas. Podria haber sabido lo que es caminar a tu lado. ?Monstruos!
?Darme la inmortalidad con este disfraz desesperado, con esta forma inutil!
»Habia lagrimas en sus ojos. Las palabras desaparecieron, se escondieron en su pecho.
»Y echandose hacia atras el cabello, se llevo ambas manos a los oidos como para tapar el sonido de sus propias palabras; tenia el aliento entrecortado y las lagrimas parecian quemarle las mejillas.
»Yo habia caido de rodillas a su lado y estire los brazos como para cubrirla. Sin embargo, no me anime a tocarla, ni siquiera a pronunciar su nombre, por miedo a que mi propio dolor escapara de mi con la primera silaba en un chorro monstruoso de gritos desesperadamente inarticulados.
»—?Oooh…!
»Ella sacudio la cabeza; le rodaban las lagrimas por las mejillas; tenia los dientes apretados.
»—Aun te quiero; ese es mi tormento. Jamas quise a Lestat. ?Pero a ti…! La medida de mi odio es ese
