– Si, eso -repuso Toribio-, porque los cuatro comimos lo mismo en el camino. Recordad que compartimos el mismo trozo de cecina, el mismo queso y el mismo pan. ?Si hasta yo bebi agua de su pellejo!
– Si, reconozco que ese es un punto debil en mi teoria… ?Bebio algo al llegar?
– No -contesto Toribio-. Y no me separe de el ni un instante.
– Sigo pensando que fue envenenado -dijo Arriaga.
– Lo mato esa cosa horrible -repitio su sirviente.
– Si -apostillo Tomas.
– Debemos averiguar lo que contenia ese saco -dijo Rodrigo pensando en voz alta-. Me da la sensacion de que este juego se complica.
Al rato, tras dejar unas monedas en la mesa, los tres se levantaron para abandonar la taberna. Fue en aquel momento cuando penso en el cura del pueblo. Ahora que empezaba a sospechar que habia algo raro en los manejos del Temple, necesitaria toda la informacion posible, y aquel sacerdote se habia manifestado muy en contra de la encomienda de Chevreuse.
Seguro que se hacia eco de todos los rumores que circularan sobre la orden, por descabellados que fueran. Volvio sobre sus pasos y pregunto a Beatrice, que ya recogia la mesa que habian ocupado.
– Perdonad, el cura… ?tiene casa en la sacristia o vive en…?
– El cura murio anteayer -repuso ella.
– ??Que decis?! -exclamo Rodrigo mirando a sus amigos.
– Si, se partio el cuello junto al rio. Debio de resbalar y choco con una roca. Le gustaba pescar.
No podia creerlo. Jean habia manifestado estar harto de aquel cura apenas unos dias antes y ahora estaba muerto. Algo comenzaba a oler mal en torno a aquella historia. ?Habrian sido capaces sus confreres de eliminar a aquel hombre? ?Y Giovanno? Tenia que hacer algo.
– Beatrice -pregunto Arriaga-, ?recordais a aquel hombre que vino a verme? ?Aquel con el que me reuni arriba, en uno de vuestros cuartos?
– Claro.
– Me dijo que se hospedaria cerca de aqui. ?Os dijo como podria localizarle?
– Si.
– ?Como?
La joven no parecia muy comunicativa al respecto. Sin duda, el de Agrigento le habia pagado bien, pero era evidente que ella se sentia en deuda con el templario. Se sorprendio mirandola a los ojos y pidiendoselo por favor. Era hermosa.
– Puedo hacerle llegar una nota -contesto ella esbozando una sonrisa.
– De acuerdo -contesto el.
– Adelante -dijo Silvio de Agrigento.
Una figura embozada entro en el cuarto y se quito la capa. La luz de una vela iluminaba de manera muy tenue la habitacion de la posada en la que se entrevistaran mas de dos meses atras. Comenzaba a refrescar, pues corrian los primeros dias de septiembre.
– ?Como habeis salido de la encomienda?
– Por el mismo lugar por el que solia hacerlo Toribio en sus correrias nocturnas. Hay una pequena puerta en el primer sotano, junto al almacen, que da a la cara norte. Tengo que volver antes de maitines, asi que no dispongo de demasiado tiempo -respondio Arriaga mientras se sentaba.
– ?Quereis un trago de vino? -pregunto el de Agrigento, recordando de nuevo su primera entrevista con Arriaga, cuando de pocas lo mato.
– Si, vendra bien.
El cura sirvio un buen vaso y el otro bebio a pequenos sorbos.
– ?Y bien? -pregunto el secretario del cardenal Garesi.
– Giovanno murio hace diez dias.
– Lo se, lei vuestra nota. He venido lo antes posible.
– Murio en extranas circunstancias. Yo creo que fue envenenado, pero Tomas y Toribio piensan que fue por la contemplacion de un objeto que trajimos de Paris.
– ?Que objeto?
– No lo sabemos ni lo hemos podido averiguar. Creo que se llama algo asi como
– Lo se.
– ?Que?
– Si, Giovanno me mantenia al tanto. Me conto lo del joven Saint Claire, lo de su traslado a Paris… se lo de la reunion de esos cinco en la cripta.
– Pero si yo no se lo dije…
– Toribio se lo conto y el bueno de Giovanno me hizo un informe.
– Vaya, ese bocazas no cambiara. Supongo que Tomas tambien os mantiene al dia.
– No, Rodrigo, no. Tomas es un crio, un sirviente.
– Esta asustado.
– Me imagino. Este es un negocio dificil, os lo dije. ?Comenzais a creer en mi version? -pregunto Silvio de Agrigento.
– Al menos creo que he visto demasiadas cosas raras. ?Que mas sabeis?
– Giovanno me conto lo de vuestra entrevista con Moises Ben Gurion. Sabemos lo de la desaparicion de los siete sabios.
– ?Vaya!
– ?Y aun negareis que el Temple no es trigo limpio?
– No lo se domine, no lo se. Confieso que me habia encontrado bien por primera vez en muchos anos, que me importaba un bledo este negocio. Creia que vos y vuestro amo estabais un tanto obsesionados con vuestras intrigas palaciegas y habiais perdido el sentido, pero no se, ?como queda ahora nuestro trato? Os he fallado.
– No temais, Silvio de Agrigento cumple su palabra. Mirad, si creeis que el Temple esta limpio, proseguid con vuestra vida de monje guerrero; pero si os queda un atisbo de duda, solo uno, debereis cumplir la mision, se lo debeis a Giovanno.
– ?Y Aurora?
– Cuando recibi vuestra nota curse la orden. Ya ha sido exhumada y se le han dado los ultimos sacramentos. Se bautizo a la criatura. Bueno, a los restos que quedaban en el feretro. Esta enterrada en las posesiones de su padre, en el cementerio familiar. Descansa en paz, Rodrigo.
Arriaga se sintio en paz consigo mismo y se arrodillo para besar las manos de Silvio de Agrigento. No esperaba aquello, la verdad. Una gran sensacion de serenidad lo invadio de pronto. Toda la pena, toda la culpa que habia sentido y que le oprimia el corazon durante aquellos anos fue liberada. Sintio una enorme tristeza por su amada, pues estaba muerta, pero algun dia se reuniria con ella. Habia ido al cielo. Ya no penaria mas por estar enterrada en suelo no consagrado.
– ?Gracias, gracias! -dijo entre sollozos.
– Levantaos, hombre de Dios. Fue una orden de mi amo, dadle las gracias a el.
Un largo silencio se establecio entre los dos. Rodrigo Arriaga parecia confundido, entre triste y alegre. Sollozaba y reia a ratos.
– Bien -dijo el cura-. Ahora sois libre. Aunque no habeis cumplido la mision nosotros os hemos pagado como si lo hubierais hecho. ?Que vais a hacer?
Rodrigo permanecio callado por un momento. Miraba con aire hipnotico al brasero que caldeaba la habitacion.
– Pues cumplir con la tarea que me encomendasteis. Os lo debo. A vos y a Giovanno.
– Lo sabia. Nunca me equivoco al elegir a un colaborador -contesto el diacono con cara de satisfaccion. Era obvio que su senor, Lucca Garesi, habia acertado exhumando a la joven. Ahora Arriaga se sentia en deuda con ellos.
